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01/06/2005

Lo que se vió

thumb_cb_spike0000.jpegCowboys Bebop, the movie.

Un planeta Marte metido en la estética del Lejano Oeste futurista ya visto en otras series, cazadores de recompensa, esos seres que se mueven por los intersticios de la ley, ni dentro ni fuera de ella, ágiles peleas, persecuciones adrenalíticas, personajes con profundidades abismales bien delineadas, esa limpieza de trazo que a mí personalmente me gusta del animé oriental, acompañado de una banda sonora algo ecléctica pero efectiva...

Garage Days, dirigida por Alex Proyas.
Soy poco amigo de comedias, aunque debo reconocer que hubo algunas partes que me hicieron reír, pero queda la incertidumbre de si era la intención del director que sus personajes rozaran el rídiculo, por tratarse de una comedia, o esa es la impresión que a mí me dá.
Si accedemos a los tópicos, cabe preguntarse, ¿la generación x es tan estúpida?, ¿mira el mundo en yuxtaposición de imágenes como en el video clip, o esto sólo es para darle más efecticismo a la película?
De todas maneras se entretiene uno mirando películas como esta...
01/06/2005 13:04 Enlace permanente. Tema: ojos de video-tape No hay comentarios. Comentar.

las muñecas de Bellmer

Bellmer_56_220w.jpegEl fotografo alemán Hans Bellmer en la decáda de 1930, realizó una serie de fotografías sobre maniquíes articulados que él mismo construía, recreando el erotismo de la sumisión y la desarticulación, aunque según leí en un principio sus muñecas mostraban más una tendencia política en contra del fascismo que un apego al surrealismo.
01/06/2005 14:36 Enlace permanente. Tema: cadaver exquisito No hay comentarios. Comentar.

05/06/2005

apuntes, fragmentos, delirios...

foto04.jpgtal parece que en este mundo incluso si eres un perdedor, debes serlo con gracia. No puedes ir por ahì con una cara triste, sin llevar puesta una camiseta llamativa...
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la criada en casa del maestro taxidermista en "Alfanhuì", "no tenìa nombre porque era sordomuda".
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mediodìa de un dìa festivo.
Toda la mañana escuchàndo la radio. La burbuja sonora que me recubre como un saco uterino se ha tornado en muralla de bronce.
Abducido.
Ajeno a lo que no sean melodìas antisèpticas envasadas al vacìo, leyendo novelas de aventura para ejercitar la nostalgia de la evasiòn...
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¿En què adictivo narcòtico se puede convertir el dolor? ¿què nos induce a permanecer en la sombra, rumiando la soledad hasta la mèdula, què placer hallamos en seguir en la lona, sangrando espesamente? Hay algo de atrayente en tocar fondo, como realizar un rito herètico o entregarse a la autodestrucciòn, servir a ese demonio de la perversidad de Poe: el orgullo de querer ir en contra de la vida...
¿Por què no borrar el dolor, por què no barrerlo de nuestra alma, sino dejarlo allì como un sustrato sobre el que reposan los ammonites de las horas idas?...
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soy una piedra a la que puedes patear o clavar en un muro, moler o arrojar en el agua.
Continuarè aquì entero o deshecho, en apatìa y soledad y sin un peso en los bolsillos...
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la depresiòn es la noche...
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tal vez la vida no te da todo lo que deseas...
no puedes simplemente sentarte frente a la pantalla y esperar...
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Icaro emponzoñado

No eres lo que soñè.
Te imaginè aposentado en tus sueños,
no erizado de insomnio,
tañedor de vivificantes melodìas
y no ululador de vientos gèlidos entre las rocas desnudas...

Y ahora sòlo puedes llorar entre tus muertos, lamentarte a la luna impertèrrita, aullarle a la noche inmune...

Tanto soñar con embriagarte,
y cuando tuviste todos los vinos las dudas te asaltaron.
Tanto soñar con tesoros encontrados
y cuando tuviste las piedras en tus manos
tu indecisiòn les impidiò brillar,
soñaste con marcharte y recorrer todos los caminos
pero no tuviste el coraje de abandonar el laberinto,
ni siquiera fuiste capaz de tenderle una mano
a tu padre,
que intentò escapar y acabò estrellandose contras las piedras de la orilla...
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no pienso dejarle demasiado que comer a los gusanos. Serè devorado por mis propios demonios, me mutilarè y cercenarè en un arrebato de ira o en una borrachera...
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tratando de tentar a la suerte, voy probando caramelos envenenados, deslizo mi vista por tu escote, husmeo por toda la casa en busca de un cigarrillo...
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la noche me ciñe y me desvela
me esclaviza,
me eriza con las agujas del insomnio...
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que se torne el potro del tormento en centauro bufador, que sea el dolor un agujòn para despertarme...
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i lost myself
en la llovizna...
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05/06/2005 13:18 Enlace permanente. Tema: palabras que sangran No hay comentarios. Comentar.

shoji ueda

popup_shojiueda_2.jpgfotogràfo japonès deudor del surrealismo, naciò en 1913 y muriò en el año 2000.
Interesado al principìo por la pintura, se dedicò a la fotografìa a partir de 1928; cercano al surrealismo, Ueda sin embargo no deslimita el cuerpo humano ni el paisaje sino que los reconstruye desde una perspectiva espacial, con una profundidad de fondo que le otorga a la imagen una carga onirìca sin necesidad de montajes excesivos...
05/06/2005 16:02 Enlace permanente. Tema: cadaver exquisito No hay comentarios. Comentar.

Berenice

DESNUDO-18_galeria.jpguna vez màs en la matriz del directorio de Google.
de www.televicio.com/scripts fusilo sin remordimientos este cuentazo de Edgar Allan Poe.
Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,
curas meas aliquantulum fore levatas.

(Ebn Zaiat)

La desdicha es muy variada. La desgracia cunde multiforme en la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste, a la vez tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Igual que en la ética el mal es consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la tristeza. O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.

Mi nombre de pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin embargo, no hay en este país torres más venerables que las de mi sombría y lúgubre mansión. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y en muchos sorprendentes detalles, en el carácter de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los tapices de las alcobas, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero sobre todo en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca, y, por último, en la naturaleza muy peculiar de los libros, hay elementos suficientes para justificar esta creencia.

Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con esta mansión y con sus libros, de los que ya no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es inútil decir que no había vivido antes, que el alma no conoce una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo de formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales y tristes, un recuerdo que no puedo marginar; una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante; y como una sombra también por la imposibilidad de librarme de ella mientras brille la luz de mi razón.

En esa mansión nací yo. Al despertar de repente de la larga noche de lo que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y de la erudición monásticos, no es extraño que mirase a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi niñez entre libros y disipara mi juventud en ensueños; pero sí es extraño que pasaran los años y el apogeo de la madurez me encontrara viviendo aun en la mansión de mis antepasados; es asombrosa la parálisis que cayó sobre las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión completa en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades del mundo terrestre me afectaron como visiones, sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños, por el contrario, se tornaron no en materia de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi cínica y total existencia.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros antepasados. Pero crecimos de modo distinto: yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras. ¡Berenice! —Invoco su nombre—, ¡Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos recuerdos de las grises ruinas. ¡Ah, acude vívida su imagen a mí, como en sus primeros días de alegría y de dicha! ¡Oh encantadora y fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces..., entonces todo es misterio y terror, y una historia que no se debe contar. La enfermedad —una enfermedad mortal— cayó sobre ella como el simún, y, mientras yo la contemplaba, el espíritu del cambio la arrasó, penetrando en su mente, en sus costumbres y en su carácter, y de la forma más sutil y terrible llegó a alterar incluso su identidad. ¡Ay! La fuerza destructora iba y venía, y la víctima..., ¿dónde estaba? Yo no la conocía, o, al menos, ya no la reconocía como Berenice.

Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por aquella primera y fatal, que desencadenó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, hay que mencionar como la más angustiosa y obstinada una clase de epilepsia que con frecuencia terminaba en catalepsia, estado muy parecido a la extinción de la vida, del cual, en la mayoría de los casos, se despertaba de forma brusca y repentina. Mientras tanto, mi propia enfermedad —pues me han dicho que no debería darle otro nombre—, mi propia enfermedad, digo, crecía con extrema rapidez, asumiendo un carácter monomaníaco de una especie nueva y extraordinaria, que se hacía más fuerte cada hora que pasaba y, por fin, tuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así tengo que llamarla, consistía en una morbosa irritabilidad de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no me explique; pero temo, en realidad, que no haya forma posible de trasmitir a la inteligencia del lector corriente una idea de esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no hablar en términos técnicos) actuaban y se concentraban en la contemplación de los objetos más comunes del universo.

Reflexionar largas, infatigables horas con la atención fija en alguna nota trivial, en los márgenes de un libro o en su tipografía; estar absorto durante buena parte de un día de verano en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme toda una noche observando la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente una palabra común hasta que el sonido, gracias a la continua repetición, dejaba de suscitar en mi mente alguna idea; perder todo sentido del movimiento o de la existencia física, mediante una absoluta y obstinada quietud del cuerpo, mucho tiempo mantenida: éstas eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, en realidad no único, pero capaz de desafiar cualquier tipo de análisis o explicación.

Pero no se me entienda mal. La excesiva, intensa y morbosa atención, excitada así por objetos triviales en sí, no tiene que confundirse con la tendencia a la meditación, común en todos los hombres, y a la que se entregan de forma particular las personas de una imaginación inquieta. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, una situación grave ni la exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado por un objeto normalmente no trivial, lo pierde poco a poco de vista en un bosque de deducciones y sugerencias que surgen de él, hasta que, al final de una ensoñación llena muchas veces de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece completamente y queda olvidado. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque adquiría, mediante mi visión perturbada, una importancia refleja e irreal. Pocas deducciones, si había alguna, surgían, y esas pocas volvían pertinazmente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran agradables, y al final de la ensoñación, la primera causa, lejos de perderse de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo primordial de la enfermedad. En una palabra, las facultades que más ejercía la mente en mi caso eran, como ya he dicho, las de la atención; mientras que en el caso del soñador son las de la especulación.

Mis libros, en esa época, si no servían realmente para aumentar el trastorno, compartían en gran medida, como se verá, por su carácter imaginativo e inconexo, las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio, De amplitudine beati regni Dei [La grandeza del reino santo de Dios]; la gran obra de San Agustín, De civitate Dei [La ciudad de Dios], y la de Tertuliano, De carne Christi [La carne de Cristo], cuya sentencia paradójica: Mortuus est Dei filius: credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit: certum est quia impossibile est, ocupó durante muchas semanas de inútil y laboriosa investigación todo mi tiempo.

Así se verá que, arrancada, de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón se parecía a ese peñasco marino del que nos habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de las aguas y de los vientos, pero temblaba a simple contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador desapercibido pudiera parecer fuera de toda duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desgraciada enfermedad me habría proporcionado muchos temas para el ejercicio de esa meditación intensa y anormal, cuya naturaleza me ha costado bastante explicar, sin embargo no era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de Berenice me daba lástima, y, profundamente conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos mecanismos por los que había llegado a producirse una revolución tan repentina y extraña. Pero estas reflexiones no compartían la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran como las que se hubieran presentado, en circunstancias semejantes, al común de los mortales. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se recreaba en los cambios de menor importancia, pero más llamativos, producidos en la constitución física de Berenice, en la extraña y espantosa deformación de su identidad personal.

En los días más brillantes de su belleza incomparable no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, mis sentimientos nunca venían del corazón, y mis pasiones siempre venían de la mente. En los brumosos amaneceres, en las sombras entrelazadas del bosque al mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche ella había flotado ante mis ojos, y yo la había visto, no como la Berenice viva y palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, sino como su abstracción; no como algo para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como tema de la más abstrusa aunque inconexa especulación. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado mucho tiempo, y que, en un momento aciago, le hablé de matrimonio.

Y cuando, por fin, se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, una tarde de invierno, en uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y brumosos, que constituyen la nodriza de la bella Alcíone estaba yo sentado (y creía encontrarme solo) en el gabinete interior de la biblioteca y, al levantar los ojos, vi a Berenice ante mí.

¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la incierta luz crepuscular del aposento, los vestidos grises que envolvían su figura los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. Ella no dijo una palabra, y yo por nada del mundo hubiera podido pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado cruzó mi cuerpo; me oprimió una sensación de insufrible ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma, y, reclinándome en la silla, me quedé un rato sin aliento, inmóvil, con mis ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era extrema, y ni la menor huella de su ser anterior se mostraba en una sola línea del contorno. Mi ardiente mirada cayó por fin sobre su rostro.

La frente era alta, muy pálida, y extrañamente serena; lo que en un tiempo fuera cabello negro azabache caía parcialmente sobre la frente y sombreaba las sienes hundidas con innumerables rizos de un color rubio reluciente, que contrastaban discordantes, por su matiz fantástico, con la melancolía de su rostro. Sus ojos no tenían brillo y parecían sin pupilas; y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar sus labios, finos y contraídos. Se entreabrieron; y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto o que, después de verlos, hubiera muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo, y, al levantar la vista, descubrí que mi prima había salido del aposento. Pero de los desordenados aposentos de mi cerebro, ¡ay!, no había salido ni se podía apartar el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni una mota en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una mella en sus bordes había en los dientes de esa sonrisa fugaz que no se grabara en mi memoria. Ahora los veía con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y allí, y en todas partes, visibles y palpables ante mí, largos, finos y excesivamente blancos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el mismo instante en que habían empezado a crecer. Entonces llegó toda la furia de mi monomanía, y yo luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los muchos objetos del mundo externo sólo pensaba en los dientes. Los anhelaba con un deseo frenético. Todos las demás preocupaciones y los demás intereses quedaron supeditados a esa contemplación. Ellos, ellos eran los únicos que estaban presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los examiné bajo todos los aspectos. Los vi desde todas las perspectivas. Analicé sus características. Estudié sus peculiaridades. Me fijé en su conformación. Pensé en los cambios de su naturaleza. Me estremecí al atribuirles, en la imaginación, un poder sensible y consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. De mademoiselle Sallé se ha dicho con razón que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía seriamente que toutes ses dents étaient des ídées. Des idées! ¡Ah, este absurdo pensamiento me destruyó! Des idées!¡Ah, por eso los codiciaba tan desesperadamente! Sentí que sólo su posesión me podría devolver la paz, devolviéndome la razón.

Y la tarde cayó sobre mí; y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon alrededor, y yo seguía inmóvil, sentado, en aquella habitación solitaria; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible dominio, como si, con una claridad viva y horrible, flotara entre las cambiantes luces y sombras de la habitación. Al fin irrumpió en mis sueños un grito de horror y consternación; y después, tras una pausa, el ruido de voces preocupadas, mezcladas con apagados gemidos de dolor y de pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo las puertas de la biblioteca, vi en la antesala a una criada, deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había sufrido un ataque de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, ya estaba preparada la tumba para recibir a su ocupante, y terminados los preparativos del entierro.

Me encontré sentado en la biblioteca, y de nuevo solo. Parecía que había despertado de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero no tenía una idea exacta, o por los menos definida, de ese melancólico período intermedio. Sin embargo, el recuerdo de ese intervalo estaba lleno de horror, horror más horrible por ser vago, terror más terrible por ser ambiguo. Era una página espantosa en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos siniestros, horrorosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero fue en vano; mientras tanto, como el espíritu de un sonido lejano, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. Pero, ¿qué era? Me hice la pregunta en voz alta y los susurrantes ecos de la habitación me contestaron: ¿Qué era?

En la mesa, a mi lado, brillaba una lámpara y cerca de ella había una pequeña caja. No tenía un aspecto llamativo, y yo la había visto antes, pues pertenecía al médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa y por qué me estremecí al fijarme en ella? No merecía la pena tener en cuenta estas cosas, y por fin mis ojos cayeron sobre las páginas abiertas de un libro y sobre una frase subrayada. Eran las extrañas pero sencillas palabras del poeta Ebn Zaiat: «Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas». ¿Por qué, al leerlas, se me pusieron los pelos de punta y se me heló la sangre en las venas?

Sonó un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido como habitante de una tumba, un criado entró de puntillas. Había en sus ojos un espantoso terror y me habló con una voz quebrada, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Oí unas frases entrecortadas. Hablaba de un grito salvaje que había turbado el silencio de la noche, y de la servidumbre reunida para averiguar de dónde procedía, y su voz recobró un tono espeluznante, claro, cuando me habló, susurrando, de una tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que aún respiraba, aún palpitaba, ¡aún vivía!

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro y de sangre. No contesté nada; me tomó suavemente la mano: tenía huellas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había en la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un grito corrí hacia la mesa y agarré la caja. Pero no pude abrirla, y por mi temblor se me escapó de las manos, y se cayó al suelo, y se rompió en pedazos; y entre éstos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos, de marfil, que se desparramaron por el suelo.
05/06/2005 16:35 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

Poemas de Jhon Berger

popup_shojiueda_4.jpgPalabras
I
gargantas abajo
se precipitaban
la gente y la sangre

en los helechos
inalcanzable
aullaba un perro

una cabeza entre labios
abriò
la boca del mundo

sus pechos
como palomas
se le posan en las costillas

su hijo mama el largo
hilo blanco
de las palabras que vendràn

II
la lengua
es la primera hoja de la columna vertebral
bosques de lenguaje la rodean
como un topo
la lengua
abre madrigueras en la tierra del habla

como un pajaro
la lengua
vuela en arcos
de palabra escrita.

La lengua està amordazada y sola en la boca.
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Pàginas

describo palabra por palabra
tù aceptas cada hecho
y te preguntas
¿què quiere decir?

Cuartilla tras cuartilla de cielo
cielo salado
cielo de la làgrima plàcida
impreso del otro cielo
horadado de estrellas.
Pàginas puestas a secar.

Pàjaros como letras alzan el vuelo
-ea, alcemos el vuelo-
se ciernen en cìrculos y se posan en el agua
junto a la fortaleza de lo ilegible.
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Doce tesis sobre la economìa de los muertos(Fragmento)

1. Los muertos rodean a los vivos. Los vivos son el centro de los muertos. En este centro se encuentran las dimensiones de espacio y tiempo. Lo que lo rodea es intemporal.
2. Entre el centro y lo que lo circunda se producen intercambios que, por lo general, no son del todo claros. Todas las religiones han tratado de aclararlos. La credibilidad de una religiòn depende de la claridad y de la frecuencia de estos intercambios. Los engaños o los misterios de las religiones son el resultado de intentar producir sistèmaticamente intercambios.
3. La escazes de intercambios claros se debe a que no abunda lo que puede cruzar intacto la frontera entre la intemporalidad y el tiempo.
4. Ver a los muertos en tèrminos de las personas concretas que existieron tiende a oscurecer su naturaleza. Intentemos considerar a los vivos como podrìamos suponer que lo hacen los muertos: colectivamente. L a colectividad no sòlo se reunirìa en el espacio, sino tambièn en el tiempo. Incluirìa a todods los que han vivido. Y asì estariamos tambièn pensando en los muertos. Los vivos pensamos en los muertos como en aquellos que han vivido; pero los muertos incluyen a los vivos en su propia colectividad
5. Los muertos habitan un momento intemporal de construcciòn incesantemente recomenzada. La construcciòn es el estado del universo en un instante concreto.
6. Conforme a su recuerdo de la vida, los muertos saben que el momento de construcciòn es asimismo el momento del derrumbamiento. Porque han vivido nunca pueden quedarse inertes.

Tomado de Pàginas de la herida. Jhon Berger. Visor libros. 2· ediciòn, 2003.
05/06/2005 16:37 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

12/06/2005

angelitos empantanados

caicandr.jpgLo que era viernes, las ùltimas 2 horas de la tarde( geografìa e historia) me la pasaba pensando en el puesto de revistas. Era uno situado en la primera ceiba a la derecha del Paseo Bolìvar, al que me habìa llegado buscando los cuentos de Santo El Enmascarado de Plata( que en mi casa me los tenìan prohibidos, junto a los de Edgar Allan Poe, porque eran cuentos de la plebe), y terminè fue descubriendo las revistas de mujeres; cuando ya llevaba mis tiempos de ser cliente me las mostrò con disimulo el dueño del puesto ( un cucuteño hosco, de fabulosa mota, con el que me enemistè despuès porque le pedì rebaja y èl no quiso darmela, y yo me puse altanero y èl me diò de pata, y yo me le fuì corriendo pero mentàndole la madre, no en voz alta sino vocalizàndole bien el insulto sin que ningùn sonido saliera de mi boca, pero tan claro era que a las dos cuadras el hombre aùn se sentìa aludido y quiso salir a perseguirme pero no encontrò nadie que se le quedara cuidando las revistas) cuando ya no habìa un solo cuento de Santo que yo no hubiera visto, incluso los tomos, entonces me dijo:
-Venì acercate te muestro una cosa.
Yo me le acerquè con cuidado. Debajo de muchos "Domingos Alegres" me dejò ver la primera revista
-¿No querès ver mejor una revista de estas?- me dijo, y como que se reìa.
-¿Cuànto vale?
-A treinta, barato-me contestò.
Yo le paguè los 30 ( pero no era barato) y me sentè en la banca de siempre: ya habìan tumbado el viejo teatro Bolìvar y en su lugar no habìa quedado màs que el lote lleno de maleza, y la calle entre el parque y el lote no estaba aùn pavimentada. Digo que siempre me sentaba en la banca frente al lote. Abrì la revista, voltiè ràpido la primera pàgina y mirè para todos lados: en las otras bancas se hacìan, igual que hoy, viejitos conversadores de saco y corbata, bastòn y sombrero, y alrededor emboladores negros. Yo me cambiè de banca. Me hice en una bien al fondo, al lado de la fuente, y me sentì inquieto mirando el batallòn Pichincha, edificio gòtico que hoy no existe; en aquella època ya habìan trasladado a los soldados a Melèndez y en el edificio funcionaba el colegio Politècnico, donde estudiaron Jorge Herrera , Carlos Bernal...
Habìa quedado màs còmodo en aquella banca del fondo, hasta escuchando el sonar del agua de la fuente, viendo una mujer acostada sobre una alfombra verde: le habìan sacado la foto en picado y miraba a la càmara sacando la lengua, con los pochekes desparramados. Entonces el dueño me gritò desde su banquito y todo el mundo oyò, y yo estaba sabroso y por eso sentì verguenza.
-No se me haga tan lejos,pollo, que me gusta tener los clientes a la vista.
Yo pasè la pàgina de la mujer en la alfombra ràpido, como para que vieran que no me interesaba mucho, y fui y me hice en mi banca frente al lote, la ùnica desocupada. Nadie me habìa visto. Nadie me viò que vì la revista 3 veces, hasta que vino el dueño y me dijo:
-Ya estuvo-, y me arrebatò la revista-. Si quiere verla màs a ver los otros treinta. Yo no le dije nada, flojito como estaba. Me quedè allì un rato mirando el lote, los carros, agarrè mis libros y me fuì caminando Sexta abajo. ¿Còmo serìa poner toda la mano encima, le sacarìan a uno la lengua? Cuando lleguè a mi casa me abriò mi hermana mayor, y yo no fuì capaz de subir los ojos para que no viera que ya habìa conocido a la mujer.

Andrès Caicedo.
Angelitos Empantanados.
Editorial Norma , abril de 2000.
12/06/2005 12:13 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

Canciòn para Tania

Para tì, Tania, canto. Quisiera cantar mejor, màs melodiosamente, pero entonces quizà no hubieses accedido a escucharme. Has oìdo cantar a los otros y te han dejado frìa. Su canciòn era demasiado bella o no lo bastante bella.
Es el veintitantos de octubre. Ya no llevo la cuenta de los dìas. ¿Dirpias: mi sueño del 14 de noviembre pasado? Hay intervalos, pero intercalados entre sueños, y no queda conciencia de ellos. El mundo que me rodea està desintegràndose, y deja aquì y allà lunares de tiempo. El mundo es un càncer que se devora a sì mismo...Pienso en que, cuando el gran silencio descienda sobre todo y por doquier la mùsica triunfarà por fin. Cuando todo vuelva a retirarse a la matriz del tiempo, reinarà el caos de nuevo, y el caos es la partitura en la que està escrita la realidad. Tù, Tania, eres mi caos. Por eso canto. Ni siquiera soy yo, es el mundo agonizante que se quita la piel del tiempo. Todavìa estoy vivo, dando patadas dentro de tu matriz, que es una realidad sobre la que escribir.
Henry Miller.
Tròpico de Càncer.
Cìrculo de Lectores, 1977
12/06/2005 12:29 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

desesperaciòn

kafka.gifEs totalmente cierto que escribo esto porque estoy desesperado a causa de mi cuerpo y del futuro con este cuerpo.
Cuando la desesperaciòn resulta tan definida, tan vinculada a su objeto, tan contenida como la de un soldado que cubre la retirada y se deja despedazar por ello, entonces no es la verdadera desesperaciòn. L averdadera desesperaciòn ha ido, siempre e inmediatamente, màs allà de su meta, (al poner esta coma, se ha demostrado que sòlo la primera frase era cierta).
¿Estàs desesperado?
¿Sì? ¿Estàs desesperado?
¿Escapas? ¿Quieres esconderte?

Los escritores hablan hediondez.

15 de noviembre, (de 1910), las diez de la noche. No dejarè que me domine el cansancio. Me lanzarè de un salto a mi narraciòn corta, aunque me despedaze la cara.
(...)
18 de diciembre. (...)Noche, las once y media. El hecho de que, en tanto no me haya liberado de mi oficina, estoy sencillamente perdido, me resulta de lo màs claro; de ahì que se trate tan sòlo, mientras ello sea posible, de mantener la cabeza lo bastante alta para no ahogarme. Hasta què punto serà dìficil, què fuerzas habrà que extraer de mì, son cosas que se demuestran por el simple hecho de que hoy no he podido llenar las nuevas horas de escr, de ocho a once de la nocheitorio; de que incluso no considero ahora esta circunstancia comouna desgracia tan grande y de que he escrito sòlo estas pocas lìneas precipitadamente, antes de acostarme.
(...)
21 de diciembre. (...) Visitado a Baum; oìdo cosas muy bonitas. Yo, decaìdo como antes y como siempre. La sensaciòn de estar atado, y al mismo tiempo la otra, la de que, si me desatara, serìa peor aùn.

Franz Kafka
Diarios. Bruguera, Libro Amigo, 1984
12/06/2005 12:51 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

13/06/2005

angelitos

s1-juici.jpeg--aló,aló- me dijo, dándome pataditas-.Cómo vamos de abismo.
Me voltié y lo miré.
-Todavía no toco fondo-le dije.(...)
-Puede que no haya fondo- dijo Danielito.

(...)

-Un día, cuando me preguntaste, te dije que no sabía lo que era el amor. Ahora lo sé. Mi amado dice que son un montón de mariposas cabalgando adentro.
-¿Ah, sí? Pues tampoco me parece muy brillante la definición.
-No es una definición. En todo caso es lo que yo siento.
13/06/2005 13:37 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

16/06/2005

carta del suicida

20070226154411-m-ray.jpgJURO que esta mujer me ha partido los sesos,
porque ella sale y entra como una bala loca,
y abre mis parietales, y nunca cicatriza,
así sople el verano o el invierno,
así viva feliz sentado sobre el triunfo
y el estómago lleno, como un cóndor saciado,
así padezca el látigo del hambre, así me acueste
o me levante, y me hunda de cabeza en el día
como una piedra bajo la corriente cambiante,
así toque mi cítara para engañarme, así
se abra una puerta y entren diez mujeres desnudas,
marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen
unas sobre otras hasta consumirse,
juro que ella perdura, porque ella sale y entra
como una bala loca,
me sigue adonde voy y me sirve de hada,
me besa con lujuria
tratando de escaparse de la muerte.
y, cuando caigo al sueño, se hospeda en mi columna
vertebral, y me grita pidiéndome socorro,
me arrebata a los cielos, como un cóndor sin madre
empollado en la muerte.

Gonzalo Rojas.
Tomado de www.las2001noches.com
16/06/2005 14:00 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

19/06/2005

dos poemas de Héctor Rojas Herazo

Atònito suspenso

La pluma inunda el ave.
la rosa se concentra
y pètalo por pètalo
refugia su perfume en sus espinas.
El àrbol ,regresando por la savia
busca el lodo y el hueso
y acurruca su verde en la semilla.
El honbre se repliega en sus facciones,
toca su llaga viva, e introduce su imagen en su sangre.
Todo colmillo monda en su blancura,
toda forma dibuja su contorno,
todo espesor defiende su volumen.
Es el santo y la seña,
es el repliegue,
la norma concentrada,
el ruido que se oye y se vigila.
El ojo abierto,
la pezuña en vilo,
el camino sin nadie,
la palabra seca,
el mar que roza a Dios,
traga su espuma
y detiene sus olas esperando.

Nocturno resplandor

De repente
en lo màs profundo y desasido del sueño
un relàmpago me ilumina y me divide,
me ciega totalmente con su harina temible.
Estupefacto miro en mi derredor,
me llamo, me busco deslumbrado.
No estoy. Me siento sobre el lecho.
Unas alas apagan mis valles de alegrìa.

Tomados de Agresión de las formas contra el ángel
19/06/2005 13:50 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

20/06/2005

La noche de Jacob

van053q.jpgI
Tienes aquì el potente oleaje del mineral,
de la palabra, de la distancia y de la noche.
Sobre nosotros, temblando como un vasto filo,
el vidrio y la espuma de tus alas,
tu resplandor màs agudo y sonoro que la muerte.
Estàs entre el hombre y Dios
y las formas estallan, se retuercen,
te revelan fronteras que rechazan tu vuelo.
¡Oh, tù, mimado por el delirio y el lujo de la luz, vaporoso y flotante,
feliz entre la mùsica que difunde tu enigma!
Tù, la màs leve criatura de un abril
cuyo aroma no ha descendido aùn
sobre los gajos y el fragor de la tierra.
Contra tì la distancia, el terròn,
el torvo ceño de la casa, del peltre, de la madera y de la hoja.
Porque las normas en derrota
son creadoras de tu soplo inaudible,
porque divides,
porque en un fino sitio
tu voz rema en un aire donde Dios nos olvida.
Tener dientes, aquì, velados por el humo,
mordiendo secamente la paloma y la espada,
el hierro con los ojos, con las manos la llama.
Tenerte -¡oh, àngel!- despojar tu sonrisa,
nutrirnos de una dicha que fue nuestra,
que un enero del tiempo robaste a nuestra sangre.
¡Ay, nosotros respondemos por tu vuelo!
Ahora es el colibrì sobre las cañas,
ahora es el alba,
ahora es la mujer que requiere a su hijo
entre miles de hijos que la miran llorando.
Ahora es la alcoba
y el retrato
y la pared para el retrato.
Ahora es el nosotros,
lo que muere, respira,
se sacude y recuerda,
el nosotros que anulas con tu fuego invisible.

Hèctor Rojas Herazo
20/06/2005 20:21 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

Angelita

20070226154304-man-ray.jpgYo no quiero ni recordar mi fiesta de 15. Porque se quedò en que iba a bailar el vals con mi papà, ¿què tiene que ya no se use si yo quiero? Y era capaz de encerrarme, asì le dije a mi mamà, de encerrarme desde por la mañana en mi cuarto y no bajar a la fiesta. Hubiera sido mejor. Ji,ji,¿què tal una fiesta de 15 donde la que cumple los 15 no aparece por ninguna parte?
El vals con mi papà. Allì es cuando me coge esta cosa mala que no quiero sentir, ni pensarla, que lloro, que no me veo linda cuando lloro, que no me gusta.
Mi papà ni se hablaba con mi mamà casi, y se tomaba sus tragos. Se los tomaba seguro porque ella le gritaba tanto, porque ya no dormìan juntos, por eso era que tomaba pues el ajì siempre se ha vendido bien, por eso no era.¿Pero por què tenìa que estar borracho en mi fiesta de 15? ¿Por què no se esperò y comenzò a tomar despuès de bailar mi vals? O antecitos incluso, cuando se acaban de tomar el primero o el segundo y se ponen contentos, rosados, se ven hasta de lo màs bien.Pero no cuando ya estàn borrachos, cuando llevan bebiendo cuànto y no hacen otra cosa que hablar, no pueden parar nunca, y diga bestialidades.¿Por què tenìa que estar asì justamente antes de bailar mi vals?Sobre todo que se hubiera dado cuenta ya, de por sì, era un riesgo, que nadie sabìa que iba a decir la gente.

Me acuerdo que esta casa estaba taquiada de gente, que no cabìa un alma, que cuando bajè las escaleras todo el mundo me esperaba para felicitarme, para darme un beso, tan linda Angelita bajando las escaleras con ese vestido blanco, que la gente decìa mìrenla ya es toda una mujercita,no me faltaba sino una rosa roja en las manos para ser la doble de Kim Novak, claro que màs niñita. Y mi papà aplaudiendo y haciendo bulla desde allà del fondo. Allì he debido saber lo que iba a pasar, què bruta,, còmo no pensarlo siquiera. Sobre todo que el vals fue la primera cosa importante de mi fiesta. Que cuando sonò El Danubio Azul todo el mundo se abriò, los mùsicos pararon. Era un disco, claro, a dònde se iba a conseguir en Cali un conjunto que tocara El Danubio Azul. Y yo salì al centro de la pista toda vestida de blanco, y mi papà me recogiò allì en todo el centro, me acuerdo que me agarrò de la cintura y me sonriò a la cara con la boca abierta. Allì fue cuando me dì cuenta que su boca no olìa a manzana.
Bueno, de una.La gente no se reìa, la gente estaba calladìsima, ¿serìa por pena? ¿Pena de què, de ver borracho al Rey del Ajì? ¿Pena por pobrecita Angelita, tan sabida y tan linda, pero bailando, la pobre, el vals con su papà en sus 15? Si mi papà despuès de agarrame por la cintura me hubiera hecho dar vueltas y vueltas, no una sino muchas vueltas, ver las caras como en el cine cuando el cine da vueltas, o no ver a nadie, mirarlo sòlo a mi papà radiante de la felicidad, y a ver quièn dice algo, quien dice tan rìdicula Angelita, de dònde habrà sacado esto, dònde lo habrà visto, quien se va a atrever a decir nada si Angelita està dando vueltas, si no fue sino dar la primera vuelta y mi papà se doblò, paf, me enterrò la frente, la boca, la cumbamba, el nudo de la corbata aquì en mis senos, en mi barriguita, y allì fue donde màs tirò ese jugo que le venìa saliendo de la boca. Desuès vino el sorbete de paedacitos de coco, de papaya, aceitunas, queso, lechuga molida.
Andrès Caicedo.
20/06/2005 21:09 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

26/06/2005

Angelita, again

35violencia.jpgEn una de esas fiestas, en la de Raquel Pineda, fue que conocì a Raimundo, un muchacho que vivìa cerca de mi casa y yo nunca me habìa llegado a dar cuenta, que le dije que no le cogìa el paso cuando me sacò a bailar un bolero, y èl que pena, se puso rojìsimo y me pidiò disculpas y allì mismito se fue de la fiesta. Yo lo vì salir sin despedirse de nadie, todo rojo todavìa, yo le dije que no le cogìa el paso seguro por hacerlo poner asì de rojo, pero pobrecito. Entonces le dije a Lulita que me acompañara afuera, ¿ a dònde? A la esquina a alcanzar a un muchacho que saliò corriendo. Siquiera que cuando a Lulita le hablan de muchachos se arrebata toda, pues saliò conmigo, fue de una. Corrimos hasta la esquina y alcanzamos a ver a Raimundo que caminaba por toda la mitad de la calle. Yo le dije a Lulita que me esperara pero ella dijo que no, que iba, y yo què, ¿me iba a poner a discutir? Fuimos las dos. Cuando èl nos viò abriò los ojos y se puso otra vez rojo. Yo le dije a Raimundo, discùlpeme Raimundo, usted no baila mal, camine , venga. Y èl no decìa nada , hasta que tràquete, yo no sè còmo hizo pero se me lanzò y me diò un beso en la boca delante de Lulita, y ella se riò, ¿en què estarìa pensando? Yo me la conozco. Me separè de Raimundo y lo mirè a los ojos pero no le dije nada. Èl me cogiò la mano y me le diò un apretoncito. Yo por mi parte sentì una cosa rica, que la boquita tan linda de èl se le frunciò cuando me apretò la mano. Yo hubiera sido para siempre feliz a donde tenga oportunidad de verlo màs, (¿pero Miguel Angel?). Si no lo hubieran matado en esa misma esquina unos del Sur por robarle un reloj de oro que tenìa. Lo ùltimo que hizo en este mundo fue apretarme la mano. Seguro estaba pensando en mì cuando lo mataron.

Angelitos Empantanados.
Andrès Caicedo.
26/06/2005 11:47 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

we don't need no education

20070226154158-k..jpgDomingo, 19 de julio de 1910, dormir, despertar, dormir, despertar, perra vida.

Si me pongo a pensarlo, tengo que decir que en muchos sentidos, mi educaciòn me ha perjudicado mucho. No obstante, no me eduquè en ningùn lugar apartado, en alguna ruina en las montañas; no podrìa encontrar una sola palabra de reproche contra esta posibilidad. Aùn a riesgo de que todos mis maestros pasados no puedan comprenderlo, me hubiese gustado y habrìa preferido ser ese pequeño habitante de unas ruinas, tostado por el sol, el cual entre los escombros, sobre la hiedra tibia, ne habrìa iluminado poe rodas partes, aunque al principio me habrìasentido dèbil bajo el peso de mis buenas cualidades, unas cualidades que habrpian crecido en mì con la fuerza con que crecen las malas hierbas

Diario.
Franz Kafka
26/06/2005 13:20 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

Jacob lucha contra el àngel

39mesa_golgota.jpgLa sed bajo la espada.

Es hora- ¡al fin!- de agredir tu sonrisa,
de romper, en tu vuelo,
un sosiego y un orden que lastiman el mundo.
A tus alas pongo el racimo, la làgrima y el hueso.
A tu candor, el espesor de un deseo.
A ti, levitado,
un vientre con la carga de un hijo
y dos bocas urdiendo su contacto en un beso.
A tu tiempo sin birdes, la muerte
-la mìa, la de todos-
A tu ser transparente
la certeza y el bulto de todo lo que existe.
Esto es sudor y vida que discurre,
es duraciòn con fechas,
con mìmite,
con su exacta memoria para cada suspiro.
Es el tù, el otro, el martes a las cinco,
la niña casadera desvistiendo un retrato.
Es mi sueño en el agua y el agua que nos sueña.
Es tu hiriente derrota confirmada en nosotros.
Es tu pulso sin nadie, tu cuerpo sin sonido,
puesto a beber la brisa sin saber de la sangre.

A la incorporeidad del àngel, Rojas Herazo impone la tangibilidad- casi que escatòlogica- del hombre.

¡Oh mugre, narices en lo negro,
oh vientre y ojos en la baba,
oh gusanos que buscàis
el podrido sendero para subir a nuestro labio!
Testificad nuestra batalla,
hablad aquì de lo mudable,
de la alegrìa cortada de raìz,
del suplicio de habitar unos ojos
mientras gira la tierra y el aire se levanta
y el amor nos habita sin saber nuestro nombre.
Venid, obscuros, lìquenes olvidados,
las falanges del òxido,
los mìos, los de atràs,
los que hicieron al hombre, los que afianzaron el corcel en el casco
y la casa en la piedra,
los que sostuvieron en vilo la humedad de la noche
y confundieron, en el alba,
el rocìo con el ojo, la yerba con la sangre,
el aire con el cuerpo y el lodo con la rosa.
Os llamo, os invoco,
a vosotros recurro en la hora de mi nariz prisionera del sexo.
A vosotros, la màs ardiente y rescatada anterioridad,
recurro con mi duelo.
A vosotros en la convicciòn de la espada y el vino.
A vosotros que ahora flotàis en el polen
a vosotros en el tenblor que lastima el muñòn de mis alas.

No ser àngel nunca màs, pero permanecer en el dolor de la perdida. Ese muñòn de alas cercenadas que recuerda que alguna vez tuvimos alas.
Pero el cuerpo nos coloca en la doble condiciòn de habitantes del espacio, pero tambièn del tiempo, insoslayable:

(...)
¡Oh eternidad, oh lujo desdichado!
tu esplendor es apenas la fatiga del àngel.
Màs acà te negamos,
màs acà , entre nosotros,
en la brasa que muerde tus fronteras azules.
Aquì termina el àngel y comienzan los huesos.
Somos el duro reino que te opone la muerte.

Pero a vece parece que se cansara de ser cuerpo -podredumbre, consumiciòn- y exclama:

Apuntes en la libreta de Medusa

(...)
Toda presencia deja una grasa eterna sobre nosotros.
Es mugre.
Toda presencia es odio.

Hèctor Rojas Herazo.
Agresiòn de las formas contra el àngel.
26/06/2005 12:38 Enlace permanente. Tema: Para leer en la silla elèctrica No hay comentarios. Comentar.

Do the evolution

20070226153930-evolucion.jpgLa humanidad NO supone una evoluciòn hacia un tipo mejor, màs fuerte o màs elevado, en la forma como se lo cree hoy en dìa. El "progreso" no es màs que una nociòn moderna, vale decir, una nociòn errònea. El europeo de ahora es muy inferiro al europeo del Renacimiento; la evoluciòn no significa en modo alguno y necesariamente acrecentamiento, elevaciòn, potenciaciòn.
En un sentido distinto cuajan constantemente en los màs diversos puntos del globo y en el seno de las màs diversas culturas, casos particulares en los que se manifiesta en efecto un tipo superior: un ser que en comparaciòn con la humanidad en su conjunto viene a ser algo asì como un superhombre. Tales casos excepcionales siempre han sido posibles y acaso lo seràn siempre. Y linajes, pueblos enteros pueden encarnar eventualmente tal golpe de fortuna.

El anticristo.
Frederich Nietzsche.

En alguna parte leì que Ernest Junger hablaba del superhombre en decadencia como un ser que atesora energìa-tanta energìa que consumimos, atòmica, eòlica, lo que se quiera-, que al final lo destruirìa.
Yo pienso que màs que energìa lo que devoramos es informaciòn, nos bombardean constantemente con informaciòn, con nuevas tecnologìas que transforman nuestro cuerpo hasta reducirnos a ese homùnculo pan mediàtico que alguna vez encarnò Marylin Manson en su Omega and the mechanical animals, el Post-human.


26/06/2005 13:12 Enlace permanente. Tema: filosofìa barata y zapatos de goma No hay comentarios. Comentar.

Coup de grâce

20070226153803-ray.jpgDurante cien años o màs el mundo, nuestro mundo, ha estado muriendo.Y en estos cien ùltimos años aproximadamente, ningùn hombre ha sido lo bastante loco como para meter una bomba por el ojo del culo a la creaciòn y hacerla saltar por los aires. El mundo està pudriendose, muriendo poco a poco. Pero necesita el coup de grâce, necesita saltar en pedazos. Ninguno de nosotros està intacto y, sin embargo, tenemos en nuestro interior todos los continentes y los mares que separan los continentes y las aves del aire. Vamos a consignar la evoluciòn de este mundo que ha muerto, pero que no ha recibido sepultura. Estamos nadando en la superficie del tiempo y todo lo demàs ha naufragado, està naufragando, và a naufragar.

Tròpico de Càncer.
Henry Miller.


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