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Marejada

Marejada

La brisa barría la fina arena en medias lunas cortantes que barrían la avenida como fantasmas huidizos, hiriendo los ojos, taponando hasta los últimos resquicios con una sordidez plomiza.

El viajero hizo pantalla con las manos para evitar que los minúsculos granos de cristal molido hicieran presa de sus ojos. Sin embargo, no pudo evitar sentir el sabor salado del mar rechazado en su boca. Un vértigo-acometida le asaltó el estomago. Frente a él, que atisbaba desde la avenida desierta, una extensa playa de arenas sucias extendía sus manos. Al fondo, a lo lejos, un mar gris palpitaba impaciente.

-Efectivamente...-empezó  a decir uno de los ingenieros detrás de él. El viajero sonrió al escucharlo escupir una bocanada de arena. "Estúpido", pensó, "hablar de cara al viento con esta arena..."-El mar ha retrocedido...-confirmó el ingeniero, como si no fuera evidente que el mar se había replegado sobre sí mismo, dejando al descubierto una inmensa playa como una calavera pelada.

El viajero asintió con la cabeza, más confirmando sus propios pensamientos que las revelaciones fútiles de los acompañantes que la burocracia local le había asignado.

-Podríamos aprovechar esta coyuntura para realizar mejoras en la avenida que bordea la playa...- afirmó otro de los ingenieros.

-Reforzar los malecones que  protegen la obra contra los embates destructores de las olas- contribuyó otro.

-Realizar un paseo peatonal y zonas verdes para mayor atracción turística...-aventuró el último, el más joven.

El viajero se sintíó invadido por una extraña nostalgia. Esa extensión de arena salvaje abierta ante él le recordó las playas libres de su infancia, cuando no existían avenidas ni malecones ni paseos peatonales, sino sólo el mar y la brisa y la arena y una inefable sensación de libertad, pero también de frágilidad como quien se sienta ante un ser humano que ha muerto o está a punto de descubrir un gran secreto o darse cuenta de que está inexorablemente solo... Todo esto lo volvió a sentir el viajero de una manera simultánea y confusa...

El viajero dejó atrás a los ingenieros y se adentró en la playa. Entre las arenas secas yacían botellas rotas, bolsas y vasos plásticos, restos de neumáticos y otros desechos indescifrables; a medida que avanzaba, la arena se humedecía bajo sus piés pasando del plata inquieto a un gris barroso.

El viajero continuó, cegado por una incomprensible resolución no formulada concientemente.

En la cima de una pequeña duna como congelada en un rictus, halló una vieja moneda de cobre sin valor alguno. Abatido por la irrefutable inexorabilidad de su destino, se agachó para recoger el óbolo exigido como precio por su paso y siguió, a tumbos, hasta hallar la espuma fría que anticipaba las aguas en las que se sumergió anonadado.

El mar se encraspó de repente, bajo un cielo de ceño fruncido en nubes oscuras y una intensa marejada se abatió sobre la ciudad, superando la extensa playa e inundando la avenida y las calles aledañas.

Una vez las aguas descendieron, los organismos competentes, al mando del grupo de  ingenieros, empezaron su labor estadística acerca de la magnitud y el monto d elos daños.

Alguien, perteneciente a un organismo de socorro, halló el cadáver destrozado del viajero, quién aún aferraba la moneda en su mano...

Bufón.

02-03-07

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