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Simpatìa por el demonio

Intermedio. J. Mario Arbeláez
Simpatía por el demonio
Febrero 08 de 2005

A Sandro Romero

La veterana modelo y actriz de cine y televisión, poseedora de la tetera más bella de los 70, la Farfán, me llamó pa-ra que le ayudara a su hijo en una tarea acerca de la poesía nadaísta. Acudí puntualmente porque el hijo no estaba, a responder el cuestionario y tomar un poco de té de jazmines, que ella lo prepara exquisito.

Súbito me dirigí por el ascensor estelar al penthouse. Entre la puerta del ascensor y la suya un gran cuadro de Brian Jones tocando la flauta. Me invitó a pasar luego de recibirme el álbum de Los muertos agradecidos que le llevaba. Me dijo en la cocina, mientras degustábamos la infusión, que su esposo Andrew -ex mánager de los Rolling Stones-, había llegado de Inglaterra y estaba en el piso de arriba terminando sus memorias, Stoned, que si quería cenar con ellos. Le contesté que encantado, intrigado por conocer al ex jefe de Mick.

Frente a un afiche de Their satanic majesties request/ Sus Majestades Satánicas ordenan, y mientras la perrita tomaba leche soyada y sonaba en el ámbito The last time (“You don’t try very hard to please me With what you know it should be easy”. “No te esfuerces demasiado por satisfacerme. Por lo que tú sabes eso es fácil”), contesté como pude las trabajosas preguntas acerca del grado de mentiras que resiste el poema, y me dispuse para la cena trascendental.

El hombre era todo un gigante en inglés, pero tenía un dispositivo electrónico en forma de loro sobre su hombro que iba traduciendo cuanto decía. Habló: “Please allow me to introduce myself: I’m a man of wealth and taste. Pleased meet you, hope you guess my name”. Y el loro tradujo impecable: “Por favor, permíteme que me presente: soy un hombre poderoso y distinguido... Me alegro de encontrarte, espero que adivines mi nombre”.

Se me puso la carne de gallina al pensar que me hallaba en presencia del demonio, pero el rostro de mi amiga sirviendo viandas deliciosas tuvo el poder de tranquilizarme. Ella le contaba a su esposo en un inglés infernal lo que había significado el nadaísmo para el espíritu de la juventud colombiana a partir del año 60. Cómo habíamos cambiado el rostro de la poesía y aun el comportamiento amoroso. Para seguir el juego, le puse de presente que había utilizado como epígrafe de mi obra el canto de Jagger: “Se me dice, a veces, que amo demasiado fuertemente. Pero creo, creo, que una mujer no debería ser amada de otra forma”.

De pronto sentí por debajo de la mesa que sobre mi pie derecho se había posado uno de sus delicados y cálidos escarpines. Al principio lo mantuvo inmóvil haciendo una cierta presión deliciosa, pero de un momento a otro comenzó a moverse a un ritmo sostenido y sin compasión, como hacía uno en las noches de adolescencia, como hacía Jagger en el escenario.

Yo le miraba el rostro imperturbable, sirviendo aulagas. Me dije para mis adentros, que las mujeres son capaces de engañar hasta al diablo en sus propios cuernos. Él continuaba hablando: “What’s puzzling you, is the nature of my game”, y el perico dándome su versión: “En realidad lo que te despista es la clase de juego que me traigo”.

En el placer amoroso soy dado a lo subrepticio, pero el estímulo creciente con el paso de los eternos minutos era demasiado para mantener el semblante inmutable. ¿Cómo haría ella? Se me empezó a poner eléctrica la aguja del kundalini. De pronto no resistí la emoción -que a partir del tobillo me llegaba a las neuronas- y emití un suspiro espasmódico, mientras ponía mi mano derecha sobre su rodilla bajo el mantel y apretaba sin temor a las consecuencias.

Ester me miró desconcertada abriendo los ojos como platos y se levantó de inmediato hacia la cocina. Andrew saltó a su vez presuroso a contestar el teléfono como si le llamara Keith Richard, con quien comenzó a carcajearse. En medio de mi viscoso estupor vi salir de debajo de la mesa a la perrita ‘Satisfaction’ moviendo la cola. Rojo de la vergüenza corrí en busca del ascensor llevándome la servilleta. Oí que subía el volumen en el cuadrafónico con la canción Simpatía por el demonio. (“Use all your well-learned politesse Or I’ll lay your soul to waste”. “Usa todas tus condenadas buenas maneras O arrojaré tu alma a la basura”). Desde allí comenzó mi infierno. Sueño todas las noches con la perrita.

Tomado de www.elpaìs-cali.terra.com.co

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