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estabolsanoesunjuguete

Rocky Lunario

           ¡Ay!, destructores de los muros de vuestra casa

          que en un amargo reinar teníais puesto los ojos.

          Esquilo.

Rocky Lunario estaba impaciente porque su provisión de chicle se había terminado. (...)

Miró allá arriba la Tierra llena y su depósito de oxígeno se llenó de nostalgia al presentir los lugares más queridos que albergaba su detector de recuerdos (...) echó rabiosamente de menos la piscina, el sol, los largos muslos de las bañistas en el Privette Club de Fort Lauderdale, a dónde solía escaparse cada vez que le daban un respiro en el entrenamiento los lanzacohetes de la base. Después de muchos ensayos infructuosos la cosa había resultado y los relevos comenzaron inmediatamente. Cada hombre podía permanecer un año en la base lunar, y cuando llegó su turno ya estaban listas todas las instalaciones dispuestas para descubrir satélites extraños, explosiones atómicas en el ámbito terrestre, interceptores de cohetes piratas y la gigantesca plataforma de misiles, que debía estar siempre lista para entrar en acción y que había garantizado a su país supremacía total.

(...)

Sus deberes consistían primordialmente en pasar revista al inmenso tablero de control lunar, que daba los datos exactos sobre el funcionamiento de toda la instalación atómica... (...)

La luna entre Rocky Lunario y el hastío no era nueva, sin embargo.

(...)

Encaminó sus pasos, extrañamente ágiles bajo la envoltura de oso polar, hacia el ciclotrón que parecía una inmensa clepsidra tendida en el mar de  polvo blanquecino.

(...)

Al llegar  frente a la estrecha puerta de metal, accionó  con soltura el mecanismo disimulado que,  al mismo tiempo que desconectaba el sistema automático de defensa, abría la puerta blindada de esteatita. Pasó por el estrecho vestíbulo y subió a grandes brincos deportivos la escalera de caracol, hasta llegar al control de mando.

(...)

Se acomodó en el sillón central y se quitó los guantes y la escafandra (...) Sus dedos tamborilearon sobre las teclas del tablero de mando, que accionaban el lanzamiento de los proyectiles.

Al apretar la tecla central- la de potencia máxima- quedó asombrado al no escuchar ningún ruido. Dos segundos más tarde vio elevarse al silencioso misil.

Tardaría doce horas en llegar.

Del bolsillo trasero del pantalón sacó el cuaderno de tiras cómicas (...) y se dispuso a esperar el momento en que la Tierra fuera borrada del firmamento.

Renè Rebetez

 

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