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El negro blanco

Por primera vez en la historia civilizada, quizá por primera vez en toda la historia, nos hemos visto forzados a vivir con el conocimiento reprimido de que las más nimias facetas de nuestra personalidad, o la más mínima proyección de nuestras ideas, o, en realidad, la ausencia de ideas y personalidad, puede que todavía significasen la posibilidad de estar destinados a morir como una cifra más en una inmensa operación estadística en la que nuestros dientes serían contados y nuestro cabello rapado pero nuestra muerte en sí sería desconocida, sin honores, pasaría inadvertida, una muerte imposible de asumir con dignidad como la consecuencia posible d elas acciones serias que habíamos elegido llevar a cabo, una muerte que antes bien, sería ejecutada por un deus ex machina en una cámara de gas o en una ciudad radioactiva;
-Si en medio de la civilización -esta civilización fundada sobre el anhelo faustiano de dominar la naturalez dominando el tiempo, dominar los vínculos de causa y efectos sociales- en  medio de una civilización económica fundada en la confianza de que el tiempo podía de hecho ser sometido a nuestra voluntad, nuestra psique estaba sometida a la intolerable ansiedad de que  al carecer la muerte de causa la vida careciese de causa tmbién, y el tiempo, deprovisto de causa y efecto, se hubiese detenido.
(...)
El hombre que sabe que si nuestra condición colectiva es vivir con la muerte instantánea en uan guerra atómica, con la muerte relativamente rápida por el Estado como l´univers concentrationnaire, o con la muerte lenta por el conformismo, con todos nuestros instintos creativos y rebeldes sofocados (...), si el destino del hombre de siglo veinte es vivir con la muerte desde la adolescencia hasta la vejez prematura, entonces la única respuesta vivificadora es aceptar los términos de la muerte, vivir con la muerte como peligro inmediato, divorciarse de la sociedad, existir sin raíces, emprender este viaje sin rumbo fijo hacia el interior de los imperativos rebeldes del yo
(...)
Para ser un verdadero existencialista ( es cierto que Sartre mantiene lo contrario) hay que ser religioso, ha de tenerse un sentido propio del "propósito" (sea cual sea el propósito), pero una vida dirigida por la fe en la necesidad de la acción es una vida entregada a la noción de que el sustrato de la existencia es la búsqueda, el fin significativo pero misterioso; es imposible vivir una vida así a no ser que las emociones propias le provean a uno de profunda convicción.

Norman Mailer


El negro blanco, Tusquet Editores, Barcelona, 1973

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