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estabolsanoesunjuguete

vincent

vincent No pretenderé hacer exégesis de la obra de Van Gogh, ni extenderme en recuentos biográficos.
La obra pictórica de Van Gogh me tocó desde niño, por la fuerza de las líneas y el fragor de los colores.
Van Gogh, al igual que Kafka, estableció una relación amor-odio con su soledad; necesitaba estar solo para continuar creando, pero al mismo tiempo la temía pues sabía que la soledad puede ser en extremo posesiva.
Sus múltiples intentos por una comunión con sus semejantes (cuando quiso ser predicador en las minas de carbón, el amor que sintió hacia una de sus primas la convivencia frustrada con Gauguin) parecían estar abocados al fracaso, convirtiéndolo en un mutilado social, en el hombre que trabaja desde el silencio para tratar de desentrañar el mundo alrededor pero que sólo consigue tejer más laberintos... y es en estos laberintos donde está su grandeza, en este sacrificarse a sí mismo en aras de una creación que lo rebasa.
Es fácil adjetivar a estos seres violentos y desencadenados, sufrientes y al mismo tiempo tan vivos, pero asomarse al dolor que llevan consigo es una lección de vértigo intraducible, porque a pesar de nuestro rachazo, ellos no nos odian, al contrario nos cobijan con su infinita piedad...

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