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estabolsanoesunjuguete

Para leer en la silla elèctrica

Canciòn para Tania

Para tì, Tania, canto. Quisiera cantar mejor, màs melodiosamente, pero entonces quizà no hubieses accedido a escucharme. Has oìdo cantar a los otros y te han dejado frìa. Su canciòn era demasiado bella o no lo bastante bella.
Es el veintitantos de octubre. Ya no llevo la cuenta de los dìas. ¿Dirpias: mi sueño del 14 de noviembre pasado? Hay intervalos, pero intercalados entre sueños, y no queda conciencia de ellos. El mundo que me rodea està desintegràndose, y deja aquì y allà lunares de tiempo. El mundo es un càncer que se devora a sì mismo...Pienso en que, cuando el gran silencio descienda sobre todo y por doquier la mùsica triunfarà por fin. Cuando todo vuelva a retirarse a la matriz del tiempo, reinarà el caos de nuevo, y el caos es la partitura en la que està escrita la realidad. Tù, Tania, eres mi caos. Por eso canto. Ni siquiera soy yo, es el mundo agonizante que se quita la piel del tiempo. Todavìa estoy vivo, dando patadas dentro de tu matriz, que es una realidad sobre la que escribir.
Henry Miller.
Tròpico de Càncer.
Cìrculo de Lectores, 1977

angelitos empantanados

angelitos empantanados Lo que era viernes, las ùltimas 2 horas de la tarde( geografìa e historia) me la pasaba pensando en el puesto de revistas. Era uno situado en la primera ceiba a la derecha del Paseo Bolìvar, al que me habìa llegado buscando los cuentos de Santo El Enmascarado de Plata( que en mi casa me los tenìan prohibidos, junto a los de Edgar Allan Poe, porque eran cuentos de la plebe), y terminè fue descubriendo las revistas de mujeres; cuando ya llevaba mis tiempos de ser cliente me las mostrò con disimulo el dueño del puesto ( un cucuteño hosco, de fabulosa mota, con el que me enemistè despuès porque le pedì rebaja y èl no quiso darmela, y yo me puse altanero y èl me diò de pata, y yo me le fuì corriendo pero mentàndole la madre, no en voz alta sino vocalizàndole bien el insulto sin que ningùn sonido saliera de mi boca, pero tan claro era que a las dos cuadras el hombre aùn se sentìa aludido y quiso salir a perseguirme pero no encontrò nadie que se le quedara cuidando las revistas) cuando ya no habìa un solo cuento de Santo que yo no hubiera visto, incluso los tomos, entonces me dijo:
-Venì acercate te muestro una cosa.
Yo me le acerquè con cuidado. Debajo de muchos "Domingos Alegres" me dejò ver la primera revista
-¿No querès ver mejor una revista de estas?- me dijo, y como que se reìa.
-¿Cuànto vale?
-A treinta, barato-me contestò.
Yo le paguè los 30 ( pero no era barato) y me sentè en la banca de siempre: ya habìan tumbado el viejo teatro Bolìvar y en su lugar no habìa quedado màs que el lote lleno de maleza, y la calle entre el parque y el lote no estaba aùn pavimentada. Digo que siempre me sentaba en la banca frente al lote. Abrì la revista, voltiè ràpido la primera pàgina y mirè para todos lados: en las otras bancas se hacìan, igual que hoy, viejitos conversadores de saco y corbata, bastòn y sombrero, y alrededor emboladores negros. Yo me cambiè de banca. Me hice en una bien al fondo, al lado de la fuente, y me sentì inquieto mirando el batallòn Pichincha, edificio gòtico que hoy no existe; en aquella època ya habìan trasladado a los soldados a Melèndez y en el edificio funcionaba el colegio Politècnico, donde estudiaron Jorge Herrera , Carlos Bernal...
Habìa quedado màs còmodo en aquella banca del fondo, hasta escuchando el sonar del agua de la fuente, viendo una mujer acostada sobre una alfombra verde: le habìan sacado la foto en picado y miraba a la càmara sacando la lengua, con los pochekes desparramados. Entonces el dueño me gritò desde su banquito y todo el mundo oyò, y yo estaba sabroso y por eso sentì verguenza.
-No se me haga tan lejos,pollo, que me gusta tener los clientes a la vista.
Yo pasè la pàgina de la mujer en la alfombra ràpido, como para que vieran que no me interesaba mucho, y fui y me hice en mi banca frente al lote, la ùnica desocupada. Nadie me habìa visto. Nadie me viò que vì la revista 3 veces, hasta que vino el dueño y me dijo:
-Ya estuvo-, y me arrebatò la revista-. Si quiere verla màs a ver los otros treinta. Yo no le dije nada, flojito como estaba. Me quedè allì un rato mirando el lote, los carros, agarrè mis libros y me fuì caminando Sexta abajo. ¿Còmo serìa poner toda la mano encima, le sacarìan a uno la lengua? Cuando lleguè a mi casa me abriò mi hermana mayor, y yo no fuì capaz de subir los ojos para que no viera que ya habìa conocido a la mujer.

Andrès Caicedo.
Angelitos Empantanados.
Editorial Norma , abril de 2000.

Poemas de Jhon Berger

Poemas de Jhon Berger Palabras
I
gargantas abajo
se precipitaban
la gente y la sangre

en los helechos
inalcanzable
aullaba un perro

una cabeza entre labios
abriò
la boca del mundo

sus pechos
como palomas
se le posan en las costillas

su hijo mama el largo
hilo blanco
de las palabras que vendràn

II
la lengua
es la primera hoja de la columna vertebral
bosques de lenguaje la rodean
como un topo
la lengua
abre madrigueras en la tierra del habla

como un pajaro
la lengua
vuela en arcos
de palabra escrita.

La lengua està amordazada y sola en la boca.
...............................................
Pàginas

describo palabra por palabra
tù aceptas cada hecho
y te preguntas
¿què quiere decir?

Cuartilla tras cuartilla de cielo
cielo salado
cielo de la làgrima plàcida
impreso del otro cielo
horadado de estrellas.
Pàginas puestas a secar.

Pàjaros como letras alzan el vuelo
-ea, alcemos el vuelo-
se ciernen en cìrculos y se posan en el agua
junto a la fortaleza de lo ilegible.
..................................................................................

Doce tesis sobre la economìa de los muertos(Fragmento)

1. Los muertos rodean a los vivos. Los vivos son el centro de los muertos. En este centro se encuentran las dimensiones de espacio y tiempo. Lo que lo rodea es intemporal.
2. Entre el centro y lo que lo circunda se producen intercambios que, por lo general, no son del todo claros. Todas las religiones han tratado de aclararlos. La credibilidad de una religiòn depende de la claridad y de la frecuencia de estos intercambios. Los engaños o los misterios de las religiones son el resultado de intentar producir sistèmaticamente intercambios.
3. La escazes de intercambios claros se debe a que no abunda lo que puede cruzar intacto la frontera entre la intemporalidad y el tiempo.
4. Ver a los muertos en tèrminos de las personas concretas que existieron tiende a oscurecer su naturaleza. Intentemos considerar a los vivos como podrìamos suponer que lo hacen los muertos: colectivamente. L a colectividad no sòlo se reunirìa en el espacio, sino tambièn en el tiempo. Incluirìa a todods los que han vivido. Y asì estariamos tambièn pensando en los muertos. Los vivos pensamos en los muertos como en aquellos que han vivido; pero los muertos incluyen a los vivos en su propia colectividad
5. Los muertos habitan un momento intemporal de construcciòn incesantemente recomenzada. La construcciòn es el estado del universo en un instante concreto.
6. Conforme a su recuerdo de la vida, los muertos saben que el momento de construcciòn es asimismo el momento del derrumbamiento. Porque han vivido nunca pueden quedarse inertes.

Tomado de Pàginas de la herida. Jhon Berger. Visor libros. 2· ediciòn, 2003.

Paria

 ¡Cómo goza con sus républicas
y puebla su nido doméstico
-la soga al cuello- el hombre libre!
Yo soy un cuclillo esquelético.

Yo, corazón eunuco, ávido
de lo que embriague y lo que vibre.
Su libertad para mí canto.
Para mí : solo. Y siempre libre.

Mi patria...se encuentra en el mundo;
y, ya que el planeta es redondo,
no temo su límite ver.
Mi patria está donde la pongo.
En tierra o mar, bajo la planta
de mis pies -cuando estoy de pie.

Si estoy acostado, mi patria
es el lecho solo y deshecho
donde voy de noche a forzar
a mi mitad: es una mujer.
La que no he tenido jamás.

Mi ideal es un sueño hueco.
Es mi hrizonte lo imprevisto.
Y me roe el mal de la tierra,
de la tierra que nunca he visto.

Sigan su senda los corderos
de Tombuctú hasta Vizcaya.
Mi senda me sigue : sin duda,
me seguirá  hasta donde vaya.

Sobre mí tiembla mi bandera,
que tiene el cielo por corona:
es la brisa entre mi  cabello.
También puedo sufrir discursos
en todas las elngus del mundo.
puedo callarme cuando quiero.

Mi pensamiento es soplo árido:
el aire que, doquiera, es mío.
No digo nada más. Es todo.
Mi palabra es eco vacío.

Es mi pasado lo que olvido.
Una mano en la otra mano
es lo único que me ata.
Mi recuerdo: nada. Mi huella.
Mi presente: todo lo que huy.
¿Futuro?Mañana...mañana...

No conozco a mi semejante.
Soy el que, sin cesar, me hago.
-El yo humano es aborrecible.
Yo no me odio ni me amo.

¡Ah! La vida es una muchacha
que me esclaviza a voluntad.
Mi sino es volverla andrajosa,
prostituirla sin desear.

¿Dioses? Nací al azar, tal vez.
puede que existan, por azar...
Pero si quieren conocerme
en algún sitio me hallarán.

En donde yo muera, mi patria,
para recibir mi sudario
(sin pedírselo) se abrirá.
Pero un sudario, ¿para qué?
Puesto que mi patria es la tierra,
vaya solo mi hueso allá.

Tristan Corbiére.

Poesía Francesa. Antología. Andrés Holguín.

Ediciones Guadarrama, Madrid, 1954.-

 

Maldiciòn

Maldiciòn

Te perseguiré por los siglos de los siglos.

No dejaré piedra sin remover
ni mis ojos horizontes sin mirar.

Donde quiera que mi voz hable
llegará sin perdón a tu oído
y mis pasos estarán siempre
dentro del laberinto que tracen los tuyos.

Se sucederán millones de amaneceres y de ocasos
Resucitarán los muertos que volverán a morir
y allí donde tú estés:
Polvo, luna, nada, te he de encontrar.

María Mercedes Carranza.


De amor y desamor y otros poemas.
editorial Norma, S.A., Santa Fe de Bogotá, 1995.

cocteau

cocteau hurgando en el directorio de google, dí con www.lecturasdebolsillo.com.ar, de donde extraigo lo que sigue:
El gesto de la muerte.
Jean Cocteau.
Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, me gustaría estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la muerte y le pregunta:
-Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.
Jean Cocteau
Le Grand Écart

poema de jaime sabines

poema de jaime sabines en www.sololiteratura.com

diario semanario y poemas en prosa

La tarde de domingo es quieta



LA TARDE DEL DOMINGO ES QUIETA en la ciudad evacuada. A la orilla de las carreteras la gente planta su diversión afanosamente. Hasta este «contacto con la naturaleza» se toma con trabajo, y los carros se amontonan promiscuamente, lo mismo que las gentes que se quedaron en los cines, en los toros y en otros espectáculos. Nadie busca, en verdad, la soledad, y nadie sabría qué hacer con ella. «Es bueno tomar el aire limpio de tales horas»: este espíritu gregario sólo da recetas para vivir.



Igual que la borrachera de los sábados, las visitas a las casas de amor y hasta las maneras del coito, se estereotipan. La vida moderna es la vida del horario y de la mediocridad ordenada. Dios baja a la tierra los domingos por la mañana a las horas de misa.



Pero esta tarde es quieta y libre. El inmenso cielo gris, inmóvil, iluminado, se extiende sobre las casas de los hombres. Y uno sabe, recónditamente, que es perdonado.

La guerra de las galaxias

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,
pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias
improbables, difusas. Acaso en mi cerebro
tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar,
pero pasó. Las cosas importantes que pasan
parecen no pasar. Una chica venía
del país de la muerte a jugar en tu sueño
contigo: era tu novia, la que se fue de viaje
por el cielo, y volvía para no abandonarte
nunca más. Sonreía como una aprición
surgida de las páginas d euna novela gótica
y, a la vez, como un hada d elos hermanos Grimm.
Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia
Organa, para ser más precisos. Un nombre
que sonaba a romance galáctico, a balada
espacial, a cantar de gesta del futuro.
Un nombre que sabía a chicle americano
y a bolsa de patatas fritas en el descanso
de una doble sesión de cine, y a caricias
desmañadas, y a celos, y a  promesas de amor.
Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,
pero, sé que ocurrió. Y sé que a la princesa
Leia irán dirigidas mis últimas palabras
cuando la luz se apague, y que repetiré
su nombre en mi agonía, como si ella tuviese
un nombre, antes de hundirme en la ncohe total.
11 de julio de 2004

Luis Alberto de Cuenca.


Revista Coleccionistas de cine # 23, 2004, pág 20.

El fin de Robinson Crusoe

El fin de Robinson Crusoe -¡Se encontraba allí...!Allí exactamente, ¿se dan cuenta?, en alta mar cerca de la Trinidad, a 9° 22" de latitud norte. ¡No hay error posible!

El borracho golpeaba con su dedo mugriento un trozo de mapa, manchado de grasa y cada una de sus apasionadas afirmaciones provocaba la risa de los pescadores y los dockers, que rodeaban nuestra mesa.
Era conocido. Gozaba de un estatuto privilegiado.Era como si formara parte dekl folklore local. Le habíamos invitado a que bebiese un trago con nosotros para oír de su propia voz áspera algunas de sus historias. Su aventura era ejemplar y también lastimosa, como suele suceder.
Cuarenta años antes desapareció en el mar, como tantos otros.
Su nombre fue inscrito entonces en el interior de la iglesia, junto a los de sus compañeros de tripulación. Luego se le había olvidado.
Pero no hasta el punto de no reconocerle, cuando al cabo de veintidós años reapareció un día, hirsuto y vehemente, acompañado de un negro.La historia que con cualquier pretexto desembuchaba era de las que dejan con la boca abierta: único superviviente del naufragio de su barco, habría permanecido solitario en una isla poblada sólo de cabaras y papagayos, sin contar con ese negro al que había, según decía, salvado de una tribu de canívales. Al final les había recogido una goleta inglesa y él había regresado, después de haber tenido tiempo suficiente como para ganar una pequeña fortuna gracias a traficar con toda clase de mercancías; negocio lucrativo y fácil en los Caribes por aquellos tiempos.
Todo el mundo había celebrado su regreso. Se había casado con una joven, que podría ser su hija y la vida cotidiana y vulgar parecía haber tapado aquél paréntesis raro e incomprensible, repleto de un verdor lujurioso y de trinos de pájaros, que se abrió en su pasado por un capricho del destino.
Parecía, es verdad, porque, amedida que pasaban los años, era como si un fermento sordo fuera royendo desde dentro la vida familiar de Robinson. Viernes, su criado, fue el primero en sucumbir. Tras algunos meses de conducta irreprochable, comenzó a beber, al principio con discreción y después de un modo escandaloso. Luego vino el asunto de las dos muchachas embarazadas, que fueron recogidas por el hospicio del Santo Espíritu y que dieron a luz casi al mismo tiempo a dos bebés mestizos, que se parecían muchísimo entre sí. ¿Aquél doble crimen carecía de firma?
Pero Robinson puso un celo desmedido en defender a Viernes. ¿Por qué no le despedía? ¿Qué secreto- tal vez inconfesable- le ataba a aquél negro?
Pero acabaron desapareciendo ciertas sumas de importancia de casa de uno de sus vecinosy, antes incluso de que se despertara cualquier sospecha, Viernes desapareció.
-¡Imbécil!-comentó Robinson-. Si quería dinero para largarse, no tenía más que pedírmelo.
Y añadió no sin cierta imprudencia.
-Y además sé perfectamente a dónde se ha marchado.
La víctima del robo se agarró a aquella frase y exigió que, o bien Robinson le devolviera el dinero, o si no que le entregara al ladrón, y Robinson tras una pequeña resistencia, terminó pagando.
Pero a partir de aquél día s e le vió frecuentemente arrastrándose por los muelles o en los garitos del puerto, cada vez más encerrado en sí mismo y repitiendo de tanto en cuando:-Ha vuelto allí...sí. Estoy seguro...¡Ese golfo está allí en este momento!
Porque lo cierto es que se hallaba unido a Viernes por un secreto que no podía contarse y ese secreto era una manchita verde, que , cuando regresó, hizo que un cartógrafo del puerto añadiera sobre el azul óceano del Caribe. Aquella isla, después de todo, era su juventud, su hermosa aventura, su epléndido y solitario jardín...¿Qué esperaba bajo aquél cielo lluvioso, en aquella villa apestosa, entre aquellos negociantes y aquellos jubilados?
Su joven esposa que poseía la inteligencia
que da la intuición, fue la primera en adivinar su extraña y mortal nostalgia.
-Lo que pasa es que te aburres; me doy perfecta cuenta. ¡Vamos! ¡Confiesa que la añoras!
-¿Yo? ¿Estás loca...? ¿A quién añoro...qué es lo que añoro?
-Tu isla desierta...¡está claro! Y sé que es lo que te impide largarte mañana mismo...¿lo sé perfectamente!...¿Soy yo!
El protestó dando grandes voces, pero cuanto más gritaba, más segura estaba ella de tener razón.
Le amaba con ternura y nunca había sabido negarle nada. Murió. Y entonces él vendió su casa y fletó un velero rumbo al Caribe.
Pasaron unos cuantos años más. Y volvieron a olvidarse de él.
Pero cuando regresó de nuevo, parecía todavía más cambiado que tras su primer viaje.
Había hecho la travesía como pinche a bordo de un viejo carguero. Y era un hombre envejecido, destrozado, medio anulado por el alcohol.
Lo que dijo despertó la hilaridad general. ¡Inencontrable...! Su isla había resultado inencontrable y eso a pesar de los meses de encarnizada búsqueda.
Se había agotado en aquella vana exploración con una rabia desesperada, gastando sus fuerzas y su dinero para volver a dar con aquella tierra de dicha y libertad, que parecía haberse hundido para siempre en el mar.
-¡Y sin embargo tiene que estar alli_ repetía aquella tarde una vez más, golpeando con el dedo sobre el mapa.
En ese momento un viejo timonel se apartó de los demás y se acercó a darle un golpecito en el hombro.
-¡Quieres que te diga algo Robinson? Seguro que tu isla desierta está siempre en el mismo sitio. E incluso puedo asegurarte que tú ya la has encontrado otra vez...
-¡Encontrado otra vez?- a Robinson le faltaba el aliento-. Pero yo te digo que...
-Que sí, que la has vuelto a encontrar...¡Puede que hayas pasado diez veces delante de ella! Pero no la has reconocido.
-¡No la he reconocido...?
-No...porque tu isla ha hecho lo mismo que tú: envejecer.
¡Te dás cuenta...?Las flores se hacen frutos y los frutos madera y la madera verde madera muerta. En los trópicos las cosa van muy deprisa. ¡Y tú? ¿Mírate en un espejo, idiota!¡Y dime si tu isla hubiera podido reconocerte cuando pasaste ante ella?
Robinson no se miró en un espejo; el consejo era superfluo. Paseó un rostro tan triste y tan huraño sobre todos aquellos hombres, uno a uno, que la oleada de risas que hasta ese momento iba creciendo, se cortó en seco y en la tasca se hizo de pronto un enorme silencio.

MICHEL TOURNIER.
Tomado de El Urogallo, editorial Alfaguara.

Poemas de Jaime Sabines

Poemas de Jaime Sabines Horal

El mar se mide por olas,
El cielo por alas,
Nosotros por lágrimas.

El aire descansa en las hojas,
El agua en los ojos,
Nosotros en nada.

Parece que sales y soles,
Nosotros y nada...

Lento, amargo animal
Que soy, que he sido,
Amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
Que en la primera generación del hombre pedía a Dios.

Amargo como esos minerales amargos
Que en las noches de exacta soledad
-maldita y arruinada soledad
sin uno mismo-
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.

Amargo como esa voz amarga
Prenatal, presubstancial, que dijo
Nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
Que murió nuestra muerte,
Y que en todo momento descubrimos.

Amargo desde dentro,
Desde lo que no soy,
-mi piel como mi lengua-
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.

Lento desde hace siglos,
Remoto - nada hay detrás -,
Lejano, lejos, desconocido.

Lento, amargo animal
Que soy, que he sido.

LOS AMOROSOS

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se estan yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre- ¡ que bueno !-
han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.

En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

Los he visto en el cine,
Frente a los teatros,
En los tranvías y en los parques,
Los dedos y los ojos apretados.
Las muchachas ofrecen en las salas oscuras
Sus senos a las manos
Y abren la boca a la caricia húmeda
Y separan los muslos para invisibles sátiros.
Los he visto quererse anticipadamente, adivinando
El goce que los vestidos cubren, el engaño
De la palabra tierna que desea,
El uno al otro extraño.
Es la flor que florece
En el día más largo,
El corazón que espera,
El que tiembla lo mismo que un ciego en un presagio.

Esa niña que hoy vi tenía catorce años,
a su lado sus padres le miraban la risa
Igual que si ella se la hubiera robado.

Los he visto a menudo
- a ellos, a los enamorados-
en las aceras, sobre la yerba, bajo un árbol,
encontrarse en la carne,
sellarse con los labios.
Y he visto el cielo negro
En el que no hay ni pájaros,
Y estructuras de acero
Y casa pobres, patios,
Lugares olvidados.
Y ellos, constantes, tiemblan
Se ponen en sus manos,
y el amor se sonríe, los mueve , les enseña,
igual que un viejo abuelo desengañado.

El fabricante de almas

El fabricante de almas El siguiente relato de René Rebetez está tomado de la página de la revista Ojo
de Agua Número 25, de 2000, www.revistaojodeagua.com

De Cuentos de amor, terror y otros misterios Colombia

Una vez más acepte mi cordial agradecimiento,
mi querido y viejo amigo.
Ojalá hubiera en el mundo
mas autómatas como usted.

Carta de Charles Darwin a Tomás Huxley.

La imagen del Amigo
está colocada en el espejo del corazón
Siempre que voltees a mirarlo,
Allí lo podrás ver.

De un poeta anónimo Urdu.

El expreso que conecta a la ciudad de Ankara con Estambul se deslizaba en la noche silenciosamente. En el compartimento que me había tocado en suerte apenas se notaba el movimiento del tren y recostado en dirección a la ventanilla miraba distraídamente hacia la oscuridad exterior, iluminada a trechos por las amarillentas luces de alguna granja. Vencido por el sueño, el libro que había estado leyendo, una edición turca del Masnevi la obra cumbre de JALALUDIN RUMI, se deslizó de entre mis manos y cayó silenciosamente al suelo del vagón.

Cuando me apresté a recogerlo, en medio del sopor que me inundaba pude ver que había quedado abierto en una página donde se podía leer como epígrafe el aparte de uno de los poemas más significativos del autor:

En la amplitud de la Tierra de Dios
¿ Por qué te has dormido en una prisión?

No alcancé a recoger el libro, porque alguien se me adelantó. Casi había olvidado al pasajero que estaba sentado frente a mí: a primera vista era un hombre común y corriente, el típico turco del centro del país, de estatura mediana, tez oscura, espeso bigote y nariz prominente sobre la cual brillaban unos ojos de impenetrable negrura. Vestía formalmente de traje y corbata y las puntas del cuello de su camisa habían sido ostensiblemente mal planchadas. Sobre el hirsuto cabello y sin lograr cubrirlo totalmente, un gorro turco de fieltro coronaba el conjunto. Llevaba consigo un portafolio Samsonite y había acomodado en el compartimento de equipajes un abultado maletín, todo lo cual le daba un sospechoso aspecto de vendedor ambulante.

Las manos nudosas del hombre, a todas luces provinciano, tomaron el libro y en lugar de regresármelo inmediatamente le dio vuelta para leer. Impuesto del epígrafe y del título, me lo extendió obsequiosamente dirigiéndose a mí en un inglés gutural:

- Veo que gusta de la buena lectura, caballero. Mevlana es nuestro poeta más grande (1)....

Asentí dando las gracias brevemente, temiendo que mi compañero de viaje intentara aprovechar la oportunidad para entablar conversación. El sueño se había despabilado, así que intenté sumirme en la lectura nuevamente, pero evidenciando su propósito de socializar, el hombre continuó diciendo:

- También veo que JALALUDIN RUMI , Mevlana , lo ha hecho despertar. Su pequeño gran poema sobre el sueño ha venido muy al caso. Estaba usted a punto de roncar como un bendito. !Ahora ya no podrá usted dormir!

Debió parecerle muy gracioso lo que dijo porque soltó una estruendosa carcajada en tanto que palmoteaba como un niño. Luego, recobrando la compostura y atusándose el bigote agregó seriamente:

- Le ruego disculpe la intrusión. Mi nombre es MEHMET YAVUZ, oriundo de Konia y soy comerciante de profesión.

No me había equivocado. Dentro de un momento el hombre intentaría venderme algo. Sin embargo la mención de Konia despertó algo mi curiosidad. Era esa, casualmente, la ciudad donde había pasado la mayoría de su vida JALALUDIN RUMI quien había nacido en la provincia persa de Khorasán, hoy Afganistán, en el mes de septiembre de 1.207. Desde muy niño el futuro poeta y filósofo fue trasladado a Konia por su padre, quien huía con toda su familia de una persecución local y también de las hordas invasoras de GENGHIS KHAN, hasta que finalmente encontró protección en Turquía bajo la égida de la dinastía de los Selyudides.
Así que allí, en Konia, el poeta había compuesto el MASNEVI , impartido su enseñanza y compartido con su maestro y amigo, el misterioso SHAMS de Tabriz. La añeja ciudad se convirtió en un centro de peregrinaje y en la legendaria sede tradicional de los MEVLEVI , la orden de los llamados derviches giratorios que el mismo RUMI había fundado en el siglo XIII. Hoy en día sus integrantes sólo están autorizados por el gobierno turco para efectuar cada año una representación pública de la ceremonia del Sema, como se denomina la danza de los MEVLEVI , ya que a principios de este siglo KEMAL ATATURK la había proscrito, en su inútil afán de occidentalizar a Turquía y barrer de su geografía toda expresión tradicional.

- Las casualidades no existen, estimado amigo, -dijo el turco adivinando mis pensamientos-. No es el azar lo que ha hecho que yo viaje en este tren rumbo a Estambul, como usted también lo hace, ni que esté sentado enfrente suyo, ni que el libro que usted lee haya caído de sus manos en un momento de inconsciencia, ni que haya quedado abierto precisamente en esa página. Alguna vez MEVALANA dijo refiriéndose a la forma en que impartía su sabiduría: Las personas acuden a mí y yo las amo. A fin de que puedan comprender, les doy poesía. Siglos después de su desaparición, el numen del Maestro sigue cumpliendo su misión. Todo está unido por hilos invisibles, estimado señor, sólo que no podemos ver el principio ni el fin de cada uno de ellos, ni el origen ni el destino de las cosas, ignorando por lo tanto su verdadera utilidad.

Estaba seguro de que el hombre iba derecho a venderme algo. Sólo que ya se perfilaba como uno de esos singulares magos, merolicos o culebreros de feria cuya mercancía suelen ser unguentos y panaceas, yerbas, chochos y brebajes para curar desde la impotencia hasta la tuberculosis galopante, aromoterapias para los malos humores y placebos de colores para vivir mejor. Así que suspiré en espera de lo peor. Pero nuevamente el hombre se me adelantó:

- Con el perdón suyo, caballero, puedo ver que su mente está llena de prejuicios hacia mí. Sin embargo recuerde que el hábito no hace al monje sino a quien lo mira. En efecto, como yo mismo se lo he dicho, soy un comerciante y usted se pregunta qué puedo vender. Cuando lo descubra, a lo mejor usted mismo va a rogarme que le venda algo del material que trafico. La vida está de sorpresas, mi estimado señor.

Comencé a sentirme incómodo. La forma de expresarse del señor MEHMET YAVUZ era algo pedante y por los tiempos que corren, la palabra "tráfico" podía implicar cosas relacionadas con la droga. Por mi mente pasaron en rápida secuencia las imágenes del Expreso de Oriente y las pavorosas prisiones turcas. Lo más recomendable era cortar por lo sano antes de verme envuelto en algo que desconocía. Así que anuncié en un tono cuya inflexión no dejaba lugar a dudas:

- Lamento mucho, señor MEHMET , pero me temo que no necesito nada de usted. Si me lo permite, regresaré a mi libro.

Dicho lo cual, intenté de nuevo enfrascarme en la lectura. Inútilmente. La curiosidad rondaba en mi cabeza sin dejarme concentrar. El estado de sueño y la inexistencia del azar no eran temas que abordara un ignorante. Y la referencia que el turco había hecho acerca del hábito, del monje y de quien lo mira, podía ocultar más que un banal doble sentido. Además, el hombre parecía leer mis pensamientos y hasta lograba adelantarse a ellos. En ese mismo instante, yo sabía que él sabía lo que estaba pensando.

- Todo es previsible, mi estimado señor. Pero especialmente en un hombre como usted. Sus reacciones obedecen a un cierto tipo de estandarización, responden a lo que usted denomina sus valores y que yo llamaría su programa. Usted es lo que en occidente se llama un hombre culto. Lo cual para nosotros quiere decir que tiene ciertos prejuicios sólidamente establecidos y que reacciona ante los estímulos exteriores maquinalmente, como una computadora previsible.

Y en efecto, como si estuviera contestando a una pregunta mía agregó:

- Conozco la inquietud que expresó el doctor TOMÁS HUXLEY con relación a lo que él llamaba "la máquina biológica". En realidad ni él ni su asociado el señor DARWIN se equivocaban en aseverar que el hombre es solamente un aparato sin voluntad propia, un androide manejado a control remoto por muchas cosas, entre ellas la herencia genética, el medio ambiente y la química del carbono. La teoría de la evolución de las especies es una prueba palpable de ello: el ser humano es prisionero de un destino prefabricado de antemano por sus ácidos nucleicos... lo que no supieron ver es que hay una forma de salir de esa prisión y que el hombre puede ser dueño de su propio destino.

- No vaya tan rápido, mi estimado señor MEHMET ,- le interrumpí. El asunto no es tan fácil. Una simple máquina no puede ser genial. Se requiere una gran dosis de creatividad para ser un gran artista, un músico o un escritor, por ejemplo. Y a decir verdad, para ser usted un comerciante, no lo hace nada mal con la filosofía, pero todavía le hace falta recorrer mucho camino...

- Gracias por su indulgencia. Enseguida se echa de ver que es usted un académico. Yo en cambio no tengo ningún diploma que exhibir. Sin embargo, creo que lo que usted anota respecto a la genialidad de los intelectuales y los artistas no corresponde para nada a la realidad. Si bien es cierto que las máquinas, hasta el momento, carecen de la inspiración necesaria para escribir por su propia cuenta obras maestras de la música o la literatura, no es menos cierto que lo mismo sucede con el común de los mortales. Lo que usted sostiene implica una discriminación, quiere decir que la mayoría de los hombres nunca han escrito una novela ni compuesto una sonata y sin embargo se toman por humanos.

El cinismo del turco pasaba de la raya. Sin quererlo me había involucrado en una absurda discusión con el desconocido. Pensé que lo mejor sería hacer caso omiso de lo que decía y tratar de volver a la lectura de mi libro. Pero algo en mi forma de ser me lo impidió. Diríase que aquel hombre sabía cuales resortes mover en mi interior para llevarme a donde él quería, porque me sorprendí respondiendo en un tono de voz ligeramente alterado:

- Nunca he dicho semejante cosa. Jamás he discriminado a nadie, me precio de ser un liberal y un demócrata.

- Pues francamente hablando, no lo parece. Usted considera a los artistas y a los intelectuales como una élite, piensa que son una clase separada de los demás seres humanos. Me imagino que también considerará seres superiores a los científicos y seguramente a los políticos. Pero una vez más. La inmensa mayoría de las personas nunca han sido presidentes, ministros, ni siquiera.

- Ergo, la posesión de una inteligencia superior implica una superioridad sobre los demás. ¿Y cuáles son sus parámetros para medir la inteligencia de los hombres? ¿ Cree realmente que BEETHOVEN o GOETHE fueron más inteligentes que el jardinero de su casa o el peluquero de la esquina? Seguramente usted gana más dinero y es más famoso que su secretaria. ¿Pero es por eso más inteligente que ella?

Sin darme tiempo a interrumpido, el hombre continuó:

- Nosotros creemos que no hay ninguna desigualdad real entre los seres humanos. La única distinción que hacemos es aceptar que hay hombres que permanecen dormidos toda la vida y unos pocos que han logrado despertar. y este despertar depende íntegramente de su voluntad. Las otras diferencias se deben simplemente a una variedad de programaciones. Pero esto no implica ninguna distinción esencial. Por el contrario, significa una espantosa estandarización. En realidad, no hay ninguna diferencia entre usted y el hombre que recoge la basura, ambos obedecen a programas distintos, eso es todo.
- Me abstuve de preguntarle a quién se refería cuando hablaba de nosotros y de preguntarle qué era eso de hombres dormidos y hombres despiertos. Evitando verme envuelto en una discusión emocional, preferí señalar, en tono neutro:

- Entonces digamos que unos programas son mejores que otros...

- En absoluto. Ese en un error de apreciación. Las diferencias económicas, sociales y culturales son apenas archivos diferentes que pertenecen al mismo directorio general: el de hombres-máquinas, esclavos de un determinismo total, que sueñan la ilusión de vivir en libertad.

- ¿ y qué decir de las inteligencias frustradas por motivos de orden social y económico? Este mundo está lleno de violinistas que trabajan como ascensoristas y de estupendos ascensoristas que tocan horrendamente el violín. Algunos tienen muy mala suerte...

El hombre pareció enojarse seriamente. Sobreactuando, como buen meridional, dio un puñetazo sobre el portafolio en tanto que vociferaba:

-¡Por todos los demonios! La palabra suerte debería ser borrada de los diccionarios. La gente sigue achacando a la mala o buena suerte lo que sólo atañe a su propia responsabilidad. No hay nada que obedezca a la casualidad, ni siquiera este encuentro aparentemente fortuito. Todo obedece a un programa trazado de antemano.

- Su contradicción es muy obvia -, le atajé. Por un lado habla de responsabilidad y por el otro de un determinismo absoluto. ¿Cómo pueden la libertad y la esclavitud ir de la mano?

- Nunca dejarán de hacerlo, pedazo de tonto.

Mi indignada reacción ante su falta de respeto se vio inhibida porque la entonación del hombre tuvo una inflexión inesperada: había adoptado un tono casi paternal y su voz tenía ahora una modulación persuasiva. Así que me contuve y el hombre continuó diciendo:

- Así como el día y la noche no pueden separarse, la vida no puede existir sin la muerte ni la libertad sin la cárcel. A eso ustedes lo llaman dialéctica, pero en la práctica sólo quieren quedarse con el lado bueno o con el lado malo de las cosas. Eso es vivir fuera de la realidad. La vida, en esta dimensión, está literalmente hecha de contradicciones, pero no es buena ni es mala, solamente es.

No agregué nada por considerarlo inútil. Tampoco intenté proseguir la lectura, simplemente volví a contemplar la noche a través de la ventanilla. Estaba ansioso por llegar a Estambul. Una vez terminada mi labor en la universidad me había prometido unos días maravillosos en esa ciudad de las mil y una noches, pletórica de historia y de misterio. y aunque parezca tonto, uno de mis más grandes deseos, aparte de volver a la catedral de Santa Sofía y visitar el Topkapi, antiguo palacio de sultanes que guarda entre sus vetustos muros maravillosas joyas, era tomar un largo baño en el Cagaloglu, el hamami (2) más antiguo del mundo, que se encuentra a unas pocas cuadras de la Mezquita Azul. Construido en mármol blanco durante el Imperio Romano, sus enhiestas cúpulas y extraordinarios relieves abrigan un escenario tan evocador y misterioso que ha sido escogido varias veces como locación cinematográfica.

A partir de ahí estos pensamientos míos dieron pábulo a toda una secuencia de hechos imaginarios y mi mente. viajó hacia un pasado remoto en donde bellas huríes danzaban en el serrallo del Topkaki, con el maravilloso paisaje de un atardecer sobre las aguas del Bósforo, como telón de fondo. La bailarina más bella tenía las facciones y el cuerpo de una mujer que por ese entonces se adueñaba frecuentemente de mis pensamientos. Las imágenes que siguieron se encadenaron una tras otras a gran velocidad y como sucede siempre en estos casos, perdí la noción del tiempo mientras navegaba con la imaginación.

Esta vez el silencio me sacó del ensueño. Ante mi sorpresa, el otro ocupante del compartimento no había interrumpido mis divagaciones. En cambio pude advertir que me miraba de soslayo, con una expresión intensa que subrayaba en su rostro una sonrisa burlona.

- Parece usted muy divertido observándome, señor Yavuz . ¿No tiene otra cosa que hacer?

–Nada mejor, estimado amigo. El espectáculo del sueño ajeno siempre me ha embargado. Es muy interesante observar a un individuo que carece de existencia real. Cuando usted sueña despierto no está en ninguna parte. El pasado ha muerto, el futuro no ha nacido y el presente está agonizando. Sin embargo ese presente que muere y nace a cada instante es lo único que tenemos a nuestra disposición. ¿En dónde estaba usted entonces? En la nada absoluta. Aunque su cuerpo estaba ahí sentado, usted estaba ausente. No existía, simplemente soñaba. A esto se refiere Rumi cuando pregunta: ¿Por qué te has dormido en una prisión?

Habíamos retornado al principio de la conversación. Era Rumi quien había dado pie para que comenzara y era Rumi quien volvía a reanudarla. El turco, a quien ahora miraba con más respeto, sabía atar cabos. Es bien sabido que los poetas sufíes se expresan en diferentes niveles: bajo la constelación de orgías, vino y mujeres del Rubayata de Omar Khayam , por ejemplo, se esconden significados ocultos que atañen a conocimientos que son proverbialmente perseguidos por racionalistas y fundamentalistas de toda laya. Yo había oído antes en alguna parte y leído entre líneas también, que algunas escuelas filosóficas orientales sostenían que la vida es sueño, como lo había enunciado obviamente también Calderón de la Barca entre nosotros. El famoso cuento chino de Chuang Tzú quien soñó ser una mariposa y al despertar no supo ya si era Tzú quien había soñado ser una mariposa o si era una mariposa que había soñado ser Tzú , ilustra a la perfección el gran interrogante que algunos hombres de excepción se han planteado con relación a su consciencia. Era el mimo dilema que ahora abordaba, en forma muy pragmática, un comerciante turco de quién sabe qué cosa, en un vagón del tren expreso a Estambul. Sin embargo mi arraigada formación cartesiana sólo me llevó a decir:

– Pienso luego existo... expresó un gran filósofo, mi estimado Mehmet .

– Pamplinas -dijo el turco. Yo más bien diría: pienso luego sueño que existo - agregó mientras me dirigía una mirada singularmente intensa. Una absurda idea me asaltó: evidentemente ese hombre quería comunicarme algo inexpresable en palabras e intentaba fijarlo por otros medios en mi corazón . Luego agregó, como quien no quiere la cosa:

– Debo serle sincero, mi estimado amigo. En realidad soy un comerciante y por lo tanto un vendedor. Yo vendo lo que produzco: soy un fabricante de almas.

Aquello llegaba a extremos de presunción inesperados. Todo lo que había dicho el turco hasta ahora sonaba muy extraño, pero razonable. Ahora esta declaración espontánea de insania evidenciaba una mente esquizofrénica.

– Como de costumbre, usted pensará muy mal de mí y decidirá que estoy loco, distinguido profesor.

– Su voz sonó cansada, algo lejana, como de alguien aburrido de repetir una historia que ha narrado muchas veces.

– Cuando alguien no entiende algo, resuelve que ese algo no es verdad. No estoy loco, estimado amigo. Lo que sucede es que todo lo que yo digo contradice una programación que usted tiene entasada en su disco duro desde hace mucho tiempo. Pero esa información es espuria, no pertenece a su programa original. Le ruego que me escuche detenidamente aunque mis palabras causen automáticamente en usted una reacción natural de rechazo.

– Había subrayado la palabra automáticamente con una entonación muy especial. Carraspeó aclarándose la garganta y luego continuó diciendo:

– Cuando se dice, ante el atroz espectáculo de las guerras, los desastres ecológicos y otras calamidades ocasionadas por los hombres, cuando se dice, repito, que esta es una humanidad desalmada no es un eufemismo, es una aserción literal. Los hombres, estimado profesor, no tienen alma. y si alguien quiere una yo puedo fabricársela.

Mi risa no pareció molestar le. El turco me había hecho pasar por muchos estados emocionales y ahora me estaba divirtiendo genuinamente. Según su forma de ver, una máquina biológica también podía reír automáticamente, así mi jolgorio carecía de importancia.
– Ustedes han sido convencidos de que el alma (algo que nadie sabe a ciencia cierta qué demonios es) viene incorporada al ser humano desde su nacimiento. Nada más falso. El hombre no viene completo a este mundo. Procedente de las capas más bajas de la naturaleza, en su evolución biológica ha llegado a adquirir la forma humana, pero está lejos de ser un hombre concluido, Insan Camil , "un hombre perfecto", como dicen los musulmanes. Esa es precisamente la misión que debe cumplir todo proyecto de hombre recién llegado a este planeta, perfeccionarse a sí mismo. Es algo que debe lograr por un esfuerzo continuado de su voluntad. y en ese esfuerzo radica la única posibilidad que tiene de ser realmente dueño de sus actos y de su destino. Yo solamente me limito a introducir en un proyecto de hombre la semilla del despertar. Lo demás es cosa suya.

– Acto seguido pareció perder interés en la conversación, echó un vistazo a un antiguo reloj de bolsillo que sacó de las profundidades de su chaqueta y procedió a extraer de su maletín un paquete que abrió cuidadosamente. Contenía un gran sándwich de pescado ahumado y queso fresco. Con un ademán me insinuó que podía compartido conmigo, pero ante mi negativa procedió a devorado concienzudamente. Yo había enmudecido. Los filósofos naturales tienen la virtud de no respetar ningún tabú, pensé para mis adentros. Sin embargo, las extrañas ideas del turco rondaban en mi cabeza y la desazón causada por su intensa mirada persistía causándome una inquietud extraordinaria.

Un poco para evitar el espectáculo gastronómico y también porque el apetito del turco había despertado el mío, decidí que un cambio de ambiente me vendría muy bien así que después de desearle un buen provecho salí del compartimento en busca del vagón restaurante.

Una vez allí encontré sitio en una mesa vacía y me acomodé nuevamente al lado de la ventanilla. Ordené al mesero antipastos turcos acompañados de una botella de Rasé d’ Anjou y procedí a mirar en torno mío. El vagón restaurante estaba casi vacío, eran pasadas las diez de la noche e imaginé que la mayoría de los pasajeros ya habrían cenado. No pude localizar ninguna mujer bonita, que es lo primero que automáticamente suele capturar mi atención en los lugares públicos y observé apenas a dos parejas jugando a las cartas y constaté que no había nadie digno de interés. Así que procedí a consumir las viandas, al mismo tiempo que degustaba el estupendo vino.

Como es inevitable al comer solo, mi imaginación comenzó a vagar otra vez. Así que al terminar la comida, no supe en dónde había estado realmente todo ese tiempo. Ante mí tenía los platos vacíos y en la copa restaba algo de vino. Si bien podía recordar vagamente algunos momentos de presencia, cuando había llamado al mesero para pedirle algo y otros en que mis sentidos me habían sacado de mis pensamientos, por primera vez en la vida constataba que había comido mecánicamente sin que a ciencia cierta pudiera haber dicho dónde había estado mi conciencia mientras lo hacía. Comprobé que ese era mi estado habitual. y no pude menos que reconocer que había pasado la mayor parte de mi vida en esa lamentable condición de enajenación y ausencia de mí mismo.

Me invadió la certeza de ser un robot con apariencia humana y me encontré como un extraño dentro de mi propio cuerpo .

Experimenté cierta dificultad para moverme y algo en mí comprendió que había hecho parcialmente conscientes algunos mecanismos servomotores de mi organismo y la reacción que esto producía era de una cierta torpeza mezclada con asombro. Podía verme a mí mismo como un androide que pugnaba por ser hombre.

A mi alrededor constaté que las personas estaban evidentemente dormidas a la realidad y percibí que actuaban como sonámbulos. Uno de los hombres que estaban jugando cartas se enfureció por algún motivo baladí y con el rostro enrojecido por la cólera tiró los naipes y manoteó sobre la mesa, rompiendo un vaso. Luego se levantó y en actitud soberbia, abandonó el vagón: era la patética imagen de un muñeco de carne. No se veían mejor los que quedaron, las sonrisillas nerviosas y las grotescas actitudes que tomaron eran la representación de una tragicomedia barata. Se diría que todos traían puesta alguna máscara.

La certeza vívida y punzante de que somos marionetas movidas por hilos invisibles, me acompaña desde entonces. Comprendí que el vendedor ambulante era una especie de derviche trashumante (3). Me había "vendido" la idea del despertar y en alguna forma me había conducido a vivenciar el constante estado de ensueño en el que había estado sumido desde siempre.

Entendí entonces por qué es imposible liberar a un prisionero que no sabe que está preso, o despertar a un durmiente que sueña que está despierto.

En ese preciso instante supe por qué Darwin había sido un enfermo crónico de melancolía. Con excepción de su amigo Tomás Huxley , nadie antes que él había observado tan detenidamente el condicionamiento esclavizante al que nos tiene sometidos la llamada evolución de las especies, en cuyo desarrollo y resultados consecuentes nuestra conciencia no interviene para nada. La visión de esa tenebrosa prisión debió causar en él las crisis depresivas que lo atormentaron hasta el día de su muerte.

Por un momento creí ver reflejado en el cristal de la ventanilla del tren el rostro burlón de Mehmet Yavuz y sentí su mirada de acero clavada en mis ojos. Di la vuelta, pensando que aquel era un auténtico reflejo pero no había nadie tras de mí. De repente supe que mi compañero de viaje conocía el secreto de la liberación y sentí la imperiosa necesidad de hacer al señor Mehmet Yavuz partícipe de mi extraña experiencia y plantearle mil preguntas. Me paré corno un resorte, dejé unas cuantas liras turcas sobre la mesa y salí corriendo torpemente en busca suya.

Cuando abrí la puerta del compartimento lo encontré vacío. El derviche no estaba, su portafolio y el maletín habían desaparecido. Comprendí que nunca lo volvería a ver. Yo quedaba entre dos aguas, siendo testigo de mis sueños y tratando de despertar al mismo tiempo. Ahora me encontraba solo ante la ignota tarea de fabricarme un alma. Del libro colocado sobre mi asiento sobresalía un trozo de papel. Me apresuré a abrirlo en la página marcada. Hallé subrayado este poema en donde se canta el más grande anhelo al que un ser humano puede aspirar.

No soy de agua o de fuego
Ni del viento que aturde mi cabeza
No soy de la tierra cerámica marcada
Yo me río de todos ellos.

1. Mevlana, ‘Nuestro Maestro”. En el Medio Oriente Jalaludin Rumi es conocido por el apelativo de Mevlana.

2. Baño de vapor.

3. Derviche, del persa “darwih”, pobre. Se refiere a los sabios mendigos itinerantes que impartían su conocimiento en los lugares que visitaban.

Poema ser

Poema ser Poema ser

ser un semáforo bajo la lluvia
ser un rayo sobre un pararrayo
ser un papagayo
ser un aviso luminoso a las 6 de la tarde
ser un revólver y una bala
un enemigo peligroso
un día cualquiera en la hoja del almanaque
unos hilos de lluvia sólida
un poco de frío
un edificio mojado de 14 pisos bajo la lluvia
el cielo hace su propia revolución
los hombres se esconden
de miedo
en los recintos cerrados
en los aleros
en los escampavías
ser la velocidad de un automóvil
ser el comandante de la revolución celeste
ser una golondrina retardada en el imperio de la lluvia
los hilos telegráficos destilan gotas
ser la terraza en el firmamento
el transeúnte que no puede llegar tarde a su trabajo
la novia que va para una cita de amor
la motocicleta estacionada en la mitad de la calle
ser la basura que corre
los vidrios resfriados
el calor dominado
ser como mi mujer que me invita al lecho por su cuenta
ser un instante en compañía de otro instante cualquiera
ser una carta abierta
un telegrama sintético con una mala noticia
el pedal de un dentista
un arroyo que pasa sin inmutarse
por las hojas que lleva a la desembocadura
una sumadora de besos
una restadora de deudas
una multiplicadora de instintos bajos
una divisora de penas
ser el premio mayor de la lotería
un florero con anémonas y gladiolos
una flor de saúco
una hoja de verbena
un pistilo-estambrado
una declaración de guerra
un armisticio de paz
una revolución debelada
un muerto
un vivo
unas ganas de orinar
ser como mi mujer que no piensa
luego existe
ser una y otra vez
indefinidamente
yo mismo
gonzaloarango

Magia Negra Great rock city.

Magia Negra  Great rock city.

En lo alto de la Casa Blanca ondea la bandera de las estrellas y las barras negras. Un soldado de chocolate, uniformado de azul y quepis rojo, sopla voluptuosamente en el dorado interior de una trompeta.
La ciudad sureña despierta a los acordes del blues. Los muchachos de brea y miembros largos ríen, con una risa blandamente ronca, y las muchachas de aceite ríen también descubriendo el teclado de los dientes. La embetunada multitud sale de las casas y los edificios, y se vuelca como un alegre río de petróleo en la calle mayor. Van tomados de las manos, vistiendo breves túnicas que dejan al descubierto los muslos largos y los pechos enhiestos. Todos son negros. Se desplazan, no caminan, con esa cadencia que los blancos nunca pudieron imitar.
La multitud emerge de todos los rincones de la ciudad, para asistir a una gran conmemoración.
El anciano consejero está de pie, en medio de la plaza principal, los brazos abiertos emergiendo de los blancos pliegues de la túnica y la mirada blanda posada en el extraño y doloroso pasado blanco de los negros.
La trompeta ha enmudecido, en tanto que los tambores desgranan un ritmo lento. Los tamborileros que rodean al anciano forman una inmensa medialuna, las bocas entreabiertas, las manos acariciando los cueros tensos, cientos de pares de manos negras y de voces balbucientes. La multitud espera y su silencio se ha convertido en un murmullo. Los negros brazos alados caen del cielo, despacio, como nubes de tormenta y la voz cascada del anciano musita las primeras palabras del ritual.
—Ebuo bwalu kemai wa namu...
—Oh, hijo de mi madre, un milagro ha sucedido...
La multitud hace eco a las viejas palabras del dialecto congolés y poco a poco, imperceptiblemente, se mece al ritmo de los tambores. El consejero emite ahora roncos sonidos que se convierten en palabras. El rito es muy lento y las voces bajas, susurrantes.
La trompeta desgarra repentinamente el murmullo de tambores y de voces. Es una melodía tensa y melancólica, como los viejos aires de la edad antigua de los negros. Transmite una tristeza profunda que penetra en los poros y los abre, sangrando sin dolor. Una tristeza sensual se mece ahora como una inmensa hamaca en la plaza mayor de Great Rock City.
El anciano balbucea, la multitud corea en un rugido apagado sus palabras, la trompeta horada el aire con un grito de angustia y el ritual tiene lugar aquí y en todas las ciudades a esta misma hora y en poco tiempo los negros bailarán y las palabras y los gestos y la música entretejerán los hilos de una historia que se recuerda cada año desde hace más de un milenio. La oscura y sudorosa multitud se fraccionará en grupos, en parejas, como obsidiana que se rompe en largos filamentos negros, en hileras retorcidas por el ritmo, y bailarán en el estilo de los antiguos tiempos una coreografía que narra su verdadera historia, como un libro viviente que nunca pudo ser quemado por ninguna inquisición.
Los dignatarios brujos harán su entrada en las plazas públicas, coronados de plumas irisadas, solamente ellos vestidos de túnica escarlata, haciendo alarde de su singular sabiduría, poblando el aire de las ciudades de una brisa cálida preñada de ruidos y estridencias.
Una vez más, como sucede cada año durante esta celebración, crecerá yerba fresca y verde bajo los pies descalzos sobre el pavimento de las calles, las lianas bordarán un manto que sofocará los blancos edificios y brotarán orquídeas y parásitas multicolores de los ojos, las orejas y las bocas de las viejas estatuas.
La última historia será contada y vivida nuevamente, los brujos más jóvenes mirarán el sacrificio de Joe Bradley, alias Babún, y otros harán el papel de sus verdugos, con espantosas máscaras lívidas adheridas a la oscura piel, en remembranza de la cerúlea epidermis de los blancos. Y sobre sus cabezas ondeará un penacho dorado y lacio, en remembranza también de las cabelleras lacias y doradas de los antiguos amos.
Los brujos viejos, a su vez, ceñidos por las túnicas de púrpura, los babalaos de la era del Color, los Autores de la Dicha y la Desgracia —que siempre viven juntas— lo observarán todo apaciblemente desde sus pedestales, pues al fin y al cabo fueron ellos, como encarnación de sus ancestros, los autores del Gran Cambio, aunque esto nadie lo sabe a ciencia cierta, porque todo comenzó realmente cuando las mujeres blancas comenzaron a entregarse a la negritud y cuando el “African look”, como una sombra del futuro, llegó para quedarse entre los blancos de manera definitiva. Por ese entonces —lo recuerdo muy bien— algún profeta anónimo dibujó un gigantesco grafito futurista que decía: “Dios es negra”, seguramente a sabiendas de que Dios siempre ha tomado la forma, el color y el sexo que le impone el porvenir.
II
Lo que narran los brujos sucedió hace tiempo en Little Rock City, que así llamábase entonces la que hoy se denomina Great Rock, en memoria de la gran venganza de los babalaos.
Entonces, tal como hoy, la calle central amodorrada de verano atravesaba la pequeña ciudad como un lento helminto blanco. Los edificios eran blancos también, como lo siguen siendo ahora, y gruesas cintas blancas señalaban sobre el negro pavimento las señales de tránsito. Aquella tarde el sol caía a plomo sobre la blanca ciudad del sur, que antes había sido aséptica y silenciosa como un gran hospital, como lo eran entonces casi todas las ciudades norteamericanas.
Aquella tarde de hace tanto tiempo, una mancha de color irrumpió súbitamente en la calle solitaria, se escurrió bajo la luz intensa adosándose a las paredes sombreadas, evitando caminar sobre las blancas señales, tratando de pasar inadvertida. Joe Bradley —más conocido como Babún— era el hombre más rápido de la ciudad y en ese momento se desplazaba con el trote largo y elástico de su raza, y sin saberlo, sus pies convertían el pavimento en suave yerba; a su paso la calle se inundó de colores y rítmicos sonidos, y su roja sangre lo impulsó hacia delante como un combustible de octanaje muy puro. Porque Babún tenía fama de ser lo que llaman en Cuba un babalao, o un oungham en Haití, un hombre de poder, lo que la gente del común entre nosotros llama un brujo. Lo cierto es que era un hombre de respeto para los de su raza y odiado por los del Klan. Pero ahora el sudor formaba arroyos en el negro muro de su frente, cayendo en diminutas cascadas por su rostro, esparciéndose por los pómulos separados y salientes. Sus ojos estaban abiertos como grandes platos angustiados y su lengua lubricaba febrilmente los labios de orquídea.
Babún respiraba con regularidad de máquina, como una bruñida “diesel” negra escapando calle arriba, en su vertiginosa huida.
La calle despertó bajo el aullar repentino de los neumáticos. Los que perseguían a Bradley eran tres vehículos deportivos, bajos y largos, devorando la distancia que los separaba de su presa, atestados de hombres blancos de cabezas doradas empujando hasta el fondo los aceleradores, dejando una estela de monóxido de carbono flotando tras de ellos.
Sabuesos metálicos refulgentes, sus cilindros jadeaban buscando al negro. Sonaron los cuernos de caza del lejano siglo XX y los jinetes vociferaron su himno blanco de odio. Chuck Corrigan, de la junta de mejoras públicas —distinguido miembro del partido republicano y presidente secreto del Klan—, iba al volante del primer auto, mascando un tabaco extinto, los ojos de un azul eléctrico horadando el espacio en busca de la presa de ojos negros palpitantes. Las aletas de su nariz eran como branquias y el sudor hacía lagunas en su camisa floreada.
En las noches de reunión del Klan, bajo la negra capucha cónica, sus meninges habían fabricado obsesivamente las secuencias de esta persecución fabricada por la odiosa retórica de sus inflamados discursos. El negro Bradley era odiado por ser el mejor deportista de Little Rock y ser líder de su comunidad. Como si esto fuera poco Babún tenía fama de brujo y de profesar antiguas religiones paganas en secreto, lo que aceleraba hasta el paroxismo el odio de algunos hacia él. Corrigan era el representante de ese odio y ahora ese mismo odio bombea en oleadas vertiginosas la sangre hasta su cara enrojecida y masca el tabaco con furia. Grita en el tropel de la cacería humana y su pie derecho espolea los 200 caballos que bufan dentro del motor del convertible anaranjado.
El negro escucha a sus espaldas el aullar de los neumáticos y el rugir de los tubos de escape. Sus ojos, como un par de perros extraviados, buscan una salida, un escondite. Su respiración acompasada se ha convertido en un violento jadear y las venas de sus sienes parecen estallar. Sus piernas se han vuelto de algodón y los músculos de su torso se contraen dolorosamente.
Está a punto de caer, como una mancha de aceite sobre el pavimento gris.
III
Esto es lo que ha venido narrando hasta ahora la ceremonia de la Gran Conmemoración, por boca del anciano consejero y el coro de los babalaos. De un momento a otro sobreviene el silencio. Los dedos color malva no percuten más los cueros; quedan tensos a pocos milímetros de las pieles de becerro. Los cuerpos de los danzantes ya no se estremecen, y todo el pueblo ha quedado estático en alguna precaria posición. Han detenido el tiempo. La ciudad es Babún a punto de caer, Babún jadeante, Babún violáceo, Babún a punto de ser arrollado, triturado, enquistado en el asfalto como grava humana.
La voz del consejero sisea como un chasquido en el silencio:
—Ngayi kwetu wa kwu mulengele mpatu...
—Regreso a mi lugar, allí donde crecen bellos árboles...
Los tambores recomienzan, la multitud repite: allí donde crecen bellos árboles —la multitud baila— donde el leopardo da caza a los espíritus del Calabar —la multitud corea las antiguas palabras africanas— donde el toque del conjuro llama a Tanze1 en ayuda de mi tribu —la trompeta lanza un grito agudo y persistente— llama a Tanze para que hagamos tambores de la piel de nuestros enemigos —la ciudad repite el mismo conjuro que pronunciara Joe Bradley, Babún, hace tanto, tanto tiempo, las palabras que él pronunciara en aquel preciso instante, antes de ser arrollado, realmente dichas quién sabe por quién, desde muy lejos, desde mucho antes que el mismo Babún existiera: llama a Tanze para que el conjuro caiga sobre ellos, para que sus hijos...
IV
Babún es alcanzado por el primer coche, el sabueso anaranjado que lo golpea de frente, enviando su cuerpo cinco metros adelante. Los coches restantes buscan el cuerpo aceitunado, los neumáticos pasan a muchas millas de velocidad sobre el cuerpo de Joe Bradley —alias Babún—, una y otra vez, deshaciendo sus largos muslos, triturando los anchos huesos del negro, reventando la caja del cráneo, esparciendo por doquier las rojas vísceras sangrantes. Rechinan los frenos, y como en las estúpidas series de televisión que ellos mismos inventaron, hacen cabriolas fúricas y vuelven a pasar sobre él; buscan con saña lo que queda de Babún y lo matan 50, muchas veces, hasta que de él no queda nada, sólo manchas y jirones sobre el pavimento.
Reviviendo ese momento, la multitud delira frenéticamente, las túnicas se desgarran, los cuerpos ruedan en trance por el suelo. Cada uno de ellos es Babún y sufre y se convulsiona con él en su agonía y aquello no cesa hasta que el trance es colectivo y la negra multitud yace postrada en un sueño poblado de extrañas deidades.
La magia hoy, como una vez todos los años, se enseñorea de la ciudad: los cuerpos yacen en la mullida yerba que acaba de nacer y sólo despertarán hasta más tarde, cuando sus mentes hayan vivido en sueños la última parte del ritual. Es el momento en que la vegetación exuberante se apodera de la ciudad. Las lianas reptan por las paredes de los edificios y hay mudos estallidos de color por todas partes.
V
Las Escrituras Negras dicen que Chuck Corrigan, poco tiempo después de haber asesinado a Babún, se encontraba paseando su opulenta figura en la sala de espera de la sección de maternidad del hospital de la que entonces se llamaba Little Rock City. Sus dientes triscan nerviosamente lo que queda de un tabaco apagado y maloliente. Su nerviosismo se debe a que su mujer, una gran rubia, casi albina, está pariendo el sexto retoño de los Corrigan.
No obstante, Chuck tiene más razones para estar nervioso; furiosamente aplasta por décima vez una orquídea que brota a cada rato de entre las baldosas. ¿Será cierto aquello de la maldición y del conjuro que los fuckin niggers dicen que arrojó el pinche Babún contra los blancos? Se ampara de su pañuelo y seca su frente sudorosa. Desde hace algunos días suceden cosas muy extrañas. Es para volverse loco, y piensa que se deben a la temperatura del verano sofocante los espejismos que le hacen ver endemoniadas plantas tropicales creciendo aquí y allá y en todas partes.
Va hacia la ventana y separa con mano febril la cortina vegetal que oculta la calle. Ve cómo afuera las palmeras han crecido embrujadamente rápido, obstruyendo el paso de los vehículos; no sabe si es su imaginación o una insensata realidad. Se retira de la ventana y tiene miedo de regresar a ella, porque entonces tal vez todo haya desaparecido. Las malditas plantas brotan, están ahí repentinamente y luego desaparecen y vuelven a surgir inesperadamente. Ayer creyó entrever una flor gigantesca y velluda, sembrada de asquerosas pecas, muy parecida a la que aparece en una de las láminas del libro de botánica que habla de esas plantas carnívoras que abundan en ciertas regiones del África. Tropieza, lanza un juramento y ve cómo su pie se ha enredado en una liana que avanza lentamente sobre el piso de la sala de espera hasta desaparecer por los largos corredores. Minutos más tarde no hay rastro de ella porque las baldosas se han cubierto repentinamente de un tapiz de flores rojas como amapolas diminutas. Su aroma es embriagante y alucinador.
Ahí viene la enfermera, abriéndose paso por entre la maleza que ha crecido en los corredores y se sorprende a sí mismo diciendo, para fingir indiferencia:
“¿No son lindas estas flores, señorita Liliane?”. Para preguntar después, en tono de forzada broma al observar el rostro aterrorizado de la mujer:
“No habrá sido niña esta vez, ¿verdad?”.
La enfermera baja la cabeza. Chuck comprende que ha acertado: se trata de una hembra. La enfermera no levanta la cabeza. Chuck arranca vigorosamente un lirio negro que acaba de surgir de la pared, diciendo:
“Quiero ver pronto a mi hija, condúzcame hasta allá inmediatamente”. Sigue a la enfermera muda y cabizbaja a través de los pasillos sembrados de musgo, hasta la salacuna. Es la número 23, dice la nurse, empecinada en no levantar cabeza, y Chuck Corrigan se dirige hacia la cuna azul.
En su interior hay un hermoso bebé negro que lo mira con ojos apacibles, muy abiertos.
Oye a lo lejos, entre la espesura, la voz de la enfermera:
“¡Mire usted las otras cunas, señor Corrigan... las otras cunas, por amor de Dios!”.
¡Todos son negros!
Y desde entonces, no hubo ya nunca más niños blancos jugando en las calles y en los parques de la ciudad. Ya no habría niños blancos, ni adolescentes blancos, ni adultos blancos.
Ningún blanco...
VI
La ceremonia ha terminado. La bulliciosa multitud de brea despierta de su sueño embrujado y se esparce por las calles. Es de noche y la música de jazz y de reggae desborda con la luz de todas las ventanas. Great Rock City ha llegado al final de una nueva conmemoración. Ha terminado el día en que, una vez por año, siempre en verano, la magia del Calabar convierte a la ciudad, durante algunas horas, en una espesa jungla de colores intensos. Pero hay quien dice que durante el invierno algunos han visto caer copos de una espesa, algodonada y negra nieve.

1. Tanze: Dios-pez de una antigua leyenda de Calabar, que dio origen a la sociedad mística del Abakúa.

*René Rebetez (Bogotá, 1933). Ha escrito, entre otros libros: Los ojos de la clepsidra (México, Editorial Pájaro Cascabel), La nueva prehistoria (México, Editorial Diana), Providencia (Bogotá, Editorial Antares) y Ellos lo llaman amanecer y otros relatos (Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1996).

Los nadaístas

Los nadaístas Los nadaístas invadieron la ciudad como una peste:
De los bares saxofónicos al silencio de los libros
De los estadios olímpicos a los profilácticos
De las soledades al ruido dorado de las muchedumbres
De sur a norte
Al encenderse de rosa el día
Hasta el advenimiento de los neones
Y más tarde la consumación de los carbones nocturnos
Hasta la bilis del alba.

El nadaísta va solo a ninguna parte
Porque no hay sitio para él en este mundo
No está triste por eso
Le gusta vivir porque es tonto estar muerto
O no haber nacido.

Es un nadaísta porque no puede ser otra cosa
Está marcado por el dolor de esta pregunta
Que sale de su boca como un vómito tibio
De color malva y emocionante pureza:
“¿Por qué hay cosas y no más bien nada?”
Este signo de interrogación lo distingue
de otras verdades y otros seres.

El es él como una ola es una ola
Lleva encima su color que lo define revolucionario
Como es propia la liquidez del agua
Del hombre ser mortal
Del viento ser errante
Del gusano arrastrarse a su agujero
De la noche ser oscura como un pensamiento
sin porvenir.

Ha teñido su camisa de revolución
En los resplandores de los incendios
En el asesinato de la belleza
En el suicidio eléctrico del pensamiento
En las violaciones de las vírgenes
O simplemente en el barrio de los tintoreros.

Lleva su camisa roja como un honor
Como un cielo lleva su estrella
Como un semáforo produce su luz intermitente
De catástrofe
Como una envoltura de Pall Mall
Perfumando su pecho de adolescente.

El nadaísta es joven y resplandece de soledad
Es un eclipse bajos los neones pálidos
Y los alambres del telégrafo
Es, en el estruendo de la ciudad
Y entre sus rascacielos,
El asombro de una flor teñida de
Púrpura
En los deshechos de la locura.

Tiene el peligro de los labios rojos y los polvorines
Mira los objetos con ojos tristes de aniversario
Es el terror de los retóricos
Y los fabricantes de moral
Es sensitivo como un gonococo esquizofrénico
Inteligente como un tratado de magia negra
Ruidoso como una carambola a las dos de la mañana
Amotinado como un olor de alcantarilla
Frívolo como un cumpleaños
Es un monje sibarita que camina sin temblor
A su condenación eterna
Sobre zapatos de gamuza.

Sufre el vértigo de los sacudimientos
Electrónicos del jazz
Y las velocidades a contra-reloj
Corazón de rayo de voltio que estalla
En el parabrisas de un Volkswaguen
Deseando la mujer de tu prójimo.

Se aburre mortalmente pero existe.

No se suicida porque ama furiosamente fornicar
Jugar billar pool en las noches inagotables brindar
Ron en honor a su existencia
Estirarse en los prados bajo las lunas metálicas
No pensar
No cansarse
No morirse de felicidad
Ni de aburrimiento.

Es espléndido como una estrella muerta
Que gira con radar en los vagos cielos vacíos.
No es nada pero es un nadaísta
¡Y está salvado!

Adiós al Nadaísmo

Caído en el limbo espiritual suspiro por nuevos
Suplicios.
Reclútame Señor para la salvación o el terror.
Los ideales que no cambian la vida corrompen
El alma.
Esta pureza que cultivo en la soledad me da asco.
El espejo ya no me refleja: me culpa.
Dios mío, sálvame de esta paz difunta.
Devuélveme la esperanza y el sufrimiento.
Dame fe en una causa aunque sea perdida.
Dame todo el fuego que sobró de Sodoma, la sed
Que incendió tus delirios.
Quiero arder, ¡arder!
Dame Señor la desesperación de creer
Y la felicidad de destruirme.

Expreso Nova

La historia es ficción.

(...)

¿Quién monopolizó el Amor el Sexo y el Sueño? (...) ¿Quién les quitó lo que es de ustedes? ¿Lo devolverán todo ahora? ¿Alguna vez han dado  algo a cambio de nada? ¿Alguna vez has dado algo más de lo que tenían para dar? ¿Acaso no han vuelto a apoderarse de lo que habían dado cada vez que ha sido posible y siempre que lo ha sido?  Oigan: el Jardín de las Delicias que les prometen es una cloaca (...) -La Inmortalidad la Conciencia Cósmica el Amor que les prometen es mierda de tercer orden -Sus drogas son veneno destinados a provocar el auge de la Muerte-Orgasmo y los Hornos de Nova- Apártense del Jardín de las Delicias –Es una trampa devoradora de hombres que remata en una gomosidad verde. –Tírenles a la cara ese sucedáneo de Inmortalidad –Se hará trizas antes de que ustedes puedan salir de la Gran Tienda

(…)

En París me mostró al Hombre que pinta cuadros con esas láminas como de aire –Y el Hombre Invisible dijo: “Esas láminas incoloras son la materia de que está hecha la carne”.”La palabra engendra la imagen es el virus-“. “¿Qué es el dolor? –Evidentemente un daño producido en la imagen –La droga es imagen concentrada y eso explica su acción sedante –Tampoco podría haber dolor si no hubiera imagen”.”No existe <> verdadera o real –La <> es sencillamente un diseño más o menos constante –El diseño que aceptamos como <> ha sido impuesto por la fuerza que domina este planeta, una fuerza esencialmente orientada hacia el dominio absoluto”. “El mecanismo esencial de nova es muy sencillo; consiste en  producir tantos conflictos insolubles como sea posible y agravar incesantemente los que ya existen”. “Virus de ira odio  miedo falsedad remordimiento en torno a nosotros esperando el momento de encontrar un punto de intersección y una vez infiltrados cometen en nuestro nombre alguna acción fea o repugnante que claramente fotografiada y registrada se vuelve parte de las láminas del virus continuamente presentada y representada en nuestra pantalla mental para producir más palabras e imágenes del virus que remolinean sin cesar como invisible granizo de palabras e imágenes”

(…)

 …¿Se han dado cuenta de que ya no disponemos de tanto tiempo como la gente hace unos cien años? (…) -¿No se han dado cuenta de que algo está absorbiendo todo el sabor de los alimentos todo el placer del sexo todo el color de cuanto podemos ver?-Precisamente para crear la zona de baja presión que lleva a nova

(…)

Estoy solo pero no soy lo que se llama un “solitario” –La soledad es un producto de la estructura mamífera dual –“Soledad”, “amor”, “amistad” y todo lo demás –No soy dos –Soy uno –Pero para mantener mi estado unitario necesito dualidad en otras formas de vida –Otro debe hablar para que yo pueda callar –Si otro se vuelve uno yo soy dos –Dos unos hacen dos y yo ya no soy uno… ¿Dicen ustedes que hay mucho lugar en el espacio? –Pero yo no soy uno en el espacio, soy uno en el tiempo –Tiempo metal- Tiempo radiactivo-

(…)

De nuevo frente a la ventana que nunca fue mía –Palabra reflejada garabateada por algún muchacho –El más grande de todos los lapsos de espera- Cinco años- El billete estalló en el aire –Pues no conozco- No conozco sueños humanos –Nunca fue mía –Lapso de espera –Atrapado en la puerta –fragancia explosiva –Amor entre luz y sombra –Los pocos que vivieron a través de las galaxias heridas- ¿Amor?- Durante cinco años crecí murmurando en el hielo. Sol muerto llegué a ser  carne con su sueño vagabundo.

(…)

“Nada Es  Cierto- Todo Está Permitido”

(…)

Asumimos el “ser” donde crímenes pasados realzan la dirección del “tener”.

 

William Burroughs.

Expreso Nova, Ediciones Minotauro, Barcelona, 1989.

Terrible 13

Terrible 13 En algún lugar de la red conseguí el siguiente fragmento de Terrible 13, uno de los manifiestos del Nadaísmo:

Gonzalo Arango: Terrible 13 Manifiesto Nadaísta (frag.), 1967
Desde nuestra aparición nadaísta en el infierno de la sociedad colombiana, ha crecido una rosada ola de maldad en los espíritus. Una oscuridad terrible se cierne sobre nuestros corazones que encarnan el peligro de un nuevo amor hacia la historia.
A temprana edad conocimos el gusto de la grandeza y de la fama, y sin pedirle permiso a los oráculos nos erigimos en los profetas del mal y de la destrucción.
Hemos gozado de la admiración frenética de la juventud, que ve en nosotros la encarnación de un oscuro heroísmo.
Hemos desertado nuestros amores, credos, fanatismos, esperanzas, recuerdos y felicidades, no por otros idealismos, sino a cambio de nada, o por una oceánica indiferencia.
Consideramos que era ya demasiado tarde para luchar, triunfar, pensar, amar, trascender y ser formales como seminaristas, porque vivimos tiempos de terror y muerte, y las estrellas del cielo han sido sustituidas por temibles signos anunciadores de guerras atómicas y aniquilaciones terrestres.
Nos convencimos que la vida era breve y que no había tiempo sino de vivir y no complicarnos con las causas de los humanistas y los redentores.
Entonces legitimamos una vez más el sentimiento de que era el hombre la pasión y el centro del universo, y consagramos nuestra vida a rendirnos una adoración limitante con la idolatría.
A partir de esta reivindicación de nuestras prodigiosas desilusiones, hemos emborrachado nuestros cuerpos hasta la locura...
hemos crucificado nuestros sexos en las caderas de lolitas y proxenetas...
hemos viajado en alguna dirección huyendo de nosotros mismos, sin rumbo, sin destino, porque el hombre no tiene sino sus dos pies, sus zapatos rotos, y un camino que no conduce a ninguna parte...
hemos ido a reposar en los pinares nocturnos fuera de la ciudad agobiados por la angustia, la soledad y el aburrimiento...
hemos hecho fogatas en la oscuridad, y asado en las brasas un recuerdo de amor, o un pedazo de ternera...
nos hemos amado sin pasión bajo el fuego trepidante de las locomotoras, porque lo que verdaderamente amábamos no era digno de nosotros...
nos hemos desvestido bajo el foco de bujías glaciales de luz y mirado nuestro sexo como un gusanito triste...
nos masturbamos con sadismo y brutalidad y a ese acto solitario consagramos un amor puro y esquizofrénico...
hemos dormido en nuestros cuartos tristes como en las oscuridades del topo, sin importarnos que el mundo sigue girando movido por un misterioso mecanismo...
hemos bailado danzas locas con negras sudorosas bajo el resplandor de las antorchas en la selva, o bajo biliosas bujías de prostíbulo...
hemos alabado a los pederastas que se besan a la luz del sol desafiando los sexos y el rubor de los policías que guardan la moral pública...
hemos hecho conspiraciones con el hampa para que realicen impunemente sus violaciones, sus incendios, sus genocidios, sus profanaciones, sus asesinatos y sus hurtos...
hemos convidado a los garitos a nuestras amistades reputadas para que los desplumen los tahúres con barajas marcadas, y luego hemos repartido las ganancias...
hemos destruido los lamparios del templo en la oscuridad límite del alba para esquivar la mirada iracunda de los dioses dormidos...
hemos robado en el comercio lo que necesitaba el apetito y apedreamos las vitrinas inaccesibles a nuestro deseo...
hemos asaltado en la noche a un transeúnte para conocer el rostro del miedo y luego lo pusimos en libertad. Nos hemos burlado de su miedo y del orín que destilaba por el pantalón ante la amenaza metafísica de nuestros puñales niquelados cortantes como chispas de hielo...
hemos blasfemado en el silencio para que retumbe la voz en los nidos de los rascacielos y golpee con furia las ventanas de las habitaciones donde se reza o se copula...
hemos escarbado los basureros como gatos famélicos en busca de la suciedad humana y nos ha parecido que el hombre es el animal más puerco de la zoología...
hemos fumado colillas de cigarrillos en los escupideros de los teatros, prefiriendo los de boquilla y los nimbados de colorete...
hemos hecho mixturas de sustancias viscosas y hemos transubstanciado el alcohol en una loca explosión de vértigos...
hemos bebido tragos acerados que quemarían los cinco estómagos de la vaca, y derretirían las entrañas poderosas del buitre...
hemos alucinado el espíritu con drogas y mescalinas para que sucumba la razón y flote el subconsciente tenebroso legendariamente oprimido...
hemos engañado a las amantes con votos de fidelidad, pero las traicionamos con rameras que nos aseguran bajo juramento de honor las cruces de la sífilis, y una maravillosa colección de blenorragias. En sus lechos podridos gozamos del amor impuro y de las enfermedades...
nos hemos cansado de amar en lechos católicos y en lechos mercenarios, y en el colmo del hastío ensayamos el odio y la indiferencia sádica hacia los sexos. hemos elegido en cambio las vulvas de las ranas o el sexo hiriente de las lechuzas por parecernos de sexualidad más idealista...
hemos prometido la desesperación y la muerte, porque la felicidad y la vida son heredad común de los idiotas y de los cocheros...
creemos enormemente en la santidad del crimen y hemos crucificado en altares de sangre a nuestras vírgenes para que regresen Atila, Nerón, Eróstrato, Judas y todos los asesinos de la historia... hemos deseado instaurar un gobierno que sea superior en crueldad a todas las tiranías criminales...
hemos deseado que sucumban los débiles, los justos, los desheredados, los puros de corazón y los imbéciles...
hemos añorado en calidad de hombres libres el retorno implacable de la inquisición, de las persecuciones y de las pestes mortíferas que han azotado a la humanidad para que el espíritu sea ungido por la sangre y el sufrimiento...
nos hemos orinado en los asfaltos calientes para ver ascender el humo en forma de plegaria hasta cielos de creencias contradictorias...
dejamos de creer en los dioses vencidos por la máquina para revertir nuestro ateísmo militante en la adoración de las locomotoras y los cohetes de velocidades supersónicas y ultraluminosas...
hemos comulgado, orado sin fe, profanado y blasfemado para desafiar la indignación de los dioses y para que lo divino penetre nuestra carne miserable así sea a través del rayo o del remordimiento...
hemos padecido la miseria con un odio a muerte por el Capital, pero no trabajamos porque el trabajo es atentatorio contra la poesía y contra la dignidad humana...
hemos comido migajas de pan negro y bebido aguas sucias en las alcantarillas para defender el ocio contra el trabajo y la inutilidad de toda acción. Pero también nos hemos hartado de menúes europeos en los "night clubs" con el producto de nuestras actividades anormales...
nos hemos bebido, comido, fumado y acostada a la burguesía que ve en nosotros la continuación de los valores aristocráticos, pero nos burlamos de su admiración y de paso nos vomitamos en sus floreros y en la bóveda azul de sus retretes...
hemos abdicado los últimos gramos de amor a cambio de una nota de jazz que reviente en nuestros oídos como la trompeta del juicio final...
hemos identificado las profecías del apocalipsis con la guerra atómica, y nos lamentamos con la cobardía de nuestros jefes de Estado que no se deciden a matarnos...
somos partidarios de las guerras termonucleares y de las armas radioactivas, y estamos políticamente de parte de la potencia que quiera destruirnos y estallarnos como una bomba de jabón en un día pálido de la primavera...
hemos dudado de toda fe, de toda verdad revelada y heredada, no creemos en nada, ni siquiera en nosotros, pero hemos ratificado la bondad de nuestros instintos insaciables, y la confusión maravillosa de la esperanza...
hemos conservado la sangre fría ante las desgracias innumerables de nuestro tiempo...
hemos predicado la necesidad del suicidio y regalamos la receta de nuestros venenos letales. Festejamos la muerte de esas víctimas que sucumben ante la evidencia de nuestras predicaciones malignas, y nos regocijamos porque no despertarán nunca más en la eternidad...
hemos hecho el amor en sitios prohibidos para prolongar el espasmo y los sacudimientos ante el peligro, y nos han encarcelado por aplicar la estética en el erotismo. Porque nos hemos amado bajo los vientres chispeantes de las locomotoras, en los confesionarios, las tumbas putrefactas, los sanitarios públicos, los ascensores, las terrazas celestes, los anfiteatros con los muertos, y bajo los semáforos que iluminan nuestros cuerpos semidesnudos en la semioscuridad acechada por los serenos y las sirenas de los altos hornos industriales...
hemos destruido ídolos de barro y plomo por el solo placer de destruir y renegar de las tradiciones, de los santos de los héroes...
hemos hecho una literatura alucinada convocando las inmundicias, las libertades, las dudas, los furores y las iniquidades, y nos hemos escandalizado con el poder de nuestro genio negativo...
Somos de una raza nueva que santifica el placer y los instintos, y libra al hombre de los opios de la razón y de los idealismos trascendentes...
Todo lo que tenemos para ofrecerle a la juventud es la locura, pues es necesario enloquecernos antes de que llegue la guerra atómica. El hombre será aniquilado por el hombre. La humanidad borrará en un segundo la historia infame que escribió en un millón de años. Nosotros nos apresuramos a saludar regocijados su desaparición, y nos vomitamos jubilosamente en su inútil historia de miles de siglos. Estamos asqueados, y nos negamos a sobrevivir en esa ilustre inmundicia...
El sol nace siempre según su eterna costumbre sobre la cima de las cordilleras, pero nunca lo vemos porque nos levantamos cuando estalla con los últimos arreboles de alba eléctrica de la nueva noche.
Estamos aterrados de nuestra maldad y solicitamos al Estado que abra para nosotros los manicomios, los presidios y los reformatorios, porque somos geniales, locos y peligrosos, y no encontramos otros sitios más decentes para vivir en la sociedad contemporánea.
Todavía ustedes los moralistas, los racionalistas y los estetas se estarán preguntando: "Y más allá del horizonte de la locura ¿cuál es realmente el fin del nadaísmo?" Y nosotros diremos: "El Nadaísmo no tiene fin, pues si tuviera fin ya se habría terminado. Nosotros nos contentamos con progresar devotamente hacia la locura y el suicidio. Hacemos el mal, porque el bien no sienta a nuestro heroísmo".
En: Gonzalo Arango, Obra negra, Santa Fe de Bogotá, Plaza & Janés, primera edición en Colombia, abril de 1993.
De: http://gonzaloarango.tripod.com/

Sonata metafísica para que bailen los muertos

Yo era poeta y me gustaba cantar
Nunca hice nada más útil en la tierra
Ni nada más inútil
Sólo cantar.

Iba los domingos a los cementerios
Y cuando no tenía nada que hacer
Que era siempre
Iba en los días de semana
Allí aprendí y olvidé muchas cosas:
Que vivir no es importante
Y que estar muerto tampoco.

Me sentaba bajo los cipreses
Hiciera sol o luna
Lo más importante era yo
Que por casualidad estaba vivo.

Antes de mí vivió
Y vivirá mucha gente
Eso no interesa.

Por eso me reconozco tanta importancia
Y aveces pienso sin vanidad
Que yo soy un genio
Un verdadero genio tenebroso.

En los cementerios yo cantaba cosas lúgubres
Sobre la muerte
Y cosas alegres
Eso dependía de los muertos
No de mí.
Porque los muertos me hacían cambiar
Mi visión de las cosas.
Yo no me sentía alegre
Tampoco triste
Eso era una patria diferente.
Zumbaban las moscas en torno
A las viejas putrefacciones
Y luego se posaban en el papel
Y defecaban alegremente
Sobre mi canto.

Esas tenues defecaciones le daban a mis
Himnos
Un cierto sabor elegíaco
Pero nada más
El sol ventana matinal
Bajaba hasta las hojas de mis cantos quemando la impureza.

La poesía quedaba en el centro incorruptible
De su voz espantosa.
Yo seguía cantando...
Los instantes de la reflexión me cansaban
Por las bellas inútiles ideas de la muerte.

En los intervalos de la poesía
Orinaba sobre los pinos
Aprovechando los entierros.

El enterrador se enojaba conmigo porque yo
Orinaba en sus pinos
Sobre cuya verdura y laxitud
Tenía extrañas teorías.

Cuando relucía su cólera
Me invitaba a que hiciera esa cochinada
En la letrina
Donde él la hacía
Pero yo supuse con razones incontrovertibles
A su lógica
Que los muertos de noche
Harían lo mismo que el enterrador
Y me asqueaba ser como los muertos:
Yo los admiraba de lejos
Y los quería por no ser como yo
Meando como los hombres verdaderos
Sobre los pinos verdaderos...
Cuando me aburría
Fumaba hojas de eucaliptus
Que recogía del lado de las tumbas
Y las metía en mi pipa calcinada
De viejos fuegos y otras adoraciones.

Yo producía oleadas de humo
Que se confundían en lo alto
Con los rezos y las inmundicias.
Otras veces me deslizaba en el sueño
Entonces los muertos se aburrían sin mí
Nostálgicos de existencia
Y lo que hacían era enviar a sus moscas
Tutelares
Para despertarme y no cesara de cantar
Los muertos sabían que sin mi canto
Estaban perdidos
Yo les traía el verdor del campo
La celeste quietud
Y el suave olor de las lilas.
Mi presencia no era un consuelo
Sino su defensa contra el olvido
Su seguridad en el estar aquí
Y yo les hacía el homenaje de mi ser
De mi saberme ser.
En las plazas y calles de los hombres
Yo sufría el gusto irresistible de la soledad
Por un momento está bien
Por un día
Por media vida
Pero no para siempre.
Muchos años pasé entre ellos
Sin más oficio que estar allí
Como un vagabundo detenido
En el sitio de su sueño.
La paz inmensa me invadía.
Una vez necesité cambiar
Buscar una nueva dimensión del cielo
Y de las distancias.

Prometí no volver.
Pero de regreso a nuevas adoraciones
Encontré a la monja que salía del cine
Y quería hacer el amor.

Como no había más sitio para la castidad
De los dos
La llevé al cementerio y allí nos amamos
Entre el zumbido de las moscas
Y el rumor cómplice de los muertos.

Estos se despertaron con el sonido del amor
Y salieron de sus tumbas a gozar en nosotros
Recuerdos inmemoriales
Y bailaron en torno a nuestros cuerpos
Desnudos y vertiginosos
Imitando nuestros movimientos brutales.
Yo no tuve vergüenza esta vez por los muertos
Que carecían de conciencia
Por eso bailaban y eran tan felices.
De una manera nueva
Los muertos estaban en el mundo.

Una mano
Más una mano
No son dos manos
Son manos unidas
une tu mano
a nuestras manos
para que el mundo no esté
en pocas manos
sino
en todas las manos

GÉNESIS

La última lágrima
Ilumina la sonrisa
Como la primera gota del manantial
Engendra el océano
Y la noche
Da a luz el día.

Tres poemas de Gonzalo Arango de épocas diferentes dentro de su trayectoria poética , pero que tienen en común la vitalidad y el fervor del autor...

El sermón atómico.

El sermón atómico. Un poeta nadaísta, ni amargo ni alegre, sin fe pero sin desesperación, definió el mundo con una frase feliz. Dijo que: “el mundo es verde, y sin embargo no hay esperanzas”. Y es verdad. ¿Qué necesidad hay de esperanza si estamos vivos? Vivir es en sí el acto más esperanzado del mundo. Sólo en la muerte no existe la esperanza.
El Nadaísmo es la apoteosis del milagro de vivir. Es una liberación y al mismo tiempo una afiliación a la Vida, partiendo de la muerte del viejo Ser del hombre, todo esto realizado en una Revolución Reconstructiva en sí misma, y en sus relaciones con el mundo.

Crecer bajo el sol
Bendecir este mundo
Vivir en la plenitud de la conciencia
Colmar los apetitos del deseo
Realizar los impulsos vitales de nuestro ser
Rebelarnos contra los dogmas opresores de la razón
Negar la moral ascética que predica la resignación
Romper las cadenas que nos esclavizan a la tiranía del maquinismo
Renunciar a los falsos dioses del Paraíso para salvar nuestra vida
Salvarla afirmando nuestra rebelión, reivindicando en la protesta
Los prestigios de la Gloriosa Aventura Humana.
Por eso somos profetas y religiosos, depositarios de un nuevo fervor cósmico, portadores de fulgurantes verdades para dar el salto a la salvación. La pasión de nuestro pensamiento gira en una órbita de santidad.
La revolución que predicamos es humilde y orgullosa: no pretendemos conquistar el mundo, sino conquistarnos a nosotros mismos mediante un alto sentido espiritual, un sentido que unifique nuestro ser terreno y eterno.
Predicamos la conquista absoluta de la vida. Predicamos la conquista absoluta del pan sin excluir el paraíso. Predicamos una revolución espiritual en la que el valor más sagrado del hombre lo constituya la dignidad de su cuerpo: Sólo así, bajo el peso de la soledad de la cruz, se podrá marchar a la redención del hombre y del mundo.

Practica como verdad universal la verdad de tu vida
No sigas banderas de partidos idiotas
No rijas tu vida por credos que te fabrican unos canallas que no creen en nada
No te rindas a las leyes de hierro de una moral que sólo quiere encadenar

tus impulsos
No ingreses al orden de esta sociedad fabricada por fariseos y mercenarios
No ofrezcas tu cuerpo sagrado para que te entierren en las bóvedas
Confortables del conformismo y la resignación.
¡Sublévate!
¡Estalla la bomba de tu ternura aterradora!
¡Sacude tu humanidad humillada, pues hay un dios oprimido dentro de ti! Libera
a tu dios. Despierta a tu dios para que sueñe. Préstale tu voz para
que cante. Tus poderes son infinitos. Libera tu energía y conquista la
Tierra.



No reconozcas el poder de los poderosos. Ellos sólo cuentan con las armas. Pero hay en ti un poder indestructible. Te pueden acribillar a balazos, aprisionar, degradar, pero serás invencible si no te rindes a su mentira.
No te humilles. No te dejes abofetear por segunda vez. Escupe la cara del verdugo. Muérete de risa antes de que esta Civilización criminal te decapite. Que tu última palabra en la horca no sea para pedir perdón, sino para cantar o maldecir.
No creas en la dulce mansedumbre del Cristo. Los verdugos son insaciables y crueles. Por eso abusan de nuestra paciencia y nuestra fe.
¡Contesta con bofetadas a las bofetadas!
¡A la muerte con la muerte!
Convierte el Terror, si es necesario, en una ética de salvación.
No conquistes tu reino con oraciones, sino con violencia. Pues con la
violencia
Los Césares nos han subyugado. Y Césares son hoy todos los que dominan el
Mundo con Razones Atómicas, con Razones Imperiales. Sus tronos están
levantados sobre tumbas, tanques, oro, brutalidad, y un poder infinito
de destrucción. Y también sobre el miedo y la miseria de los pueblos.



Ellos son poderosos porque nos han robado nuestra fuerza. Con nuestra fuerza los hemos empujado al trono. Pero nos han traicionado. Nos han capado la dignidad y el coraje.
No te hagas trampas, ni juegues más a la inocencia. Cada pelo de tu ser es responsable del destino del mundo. Tus actos son soberanos y tienen el poder infinito de elegir el mundo que sueñes, en el que anhelas vivir. Sólo de ti depende vivir en una tumba o en un templo, digno o envilecido. En tus manos está elegir tu destino y el de tu patria.
No seas canalla eligiendo para tu patria a los canallas. No te entierres eligiendo para ti un mundo donde sobrevivir significa renunciar a vivir. Tu libertad puede ser sagrada o maldita si ella exalta la vida o la deshonra.
No olvides que la vida es un milagro, que tu vida es lo único nuevo y absoluto que existe bajo el sol, y que sólo eres inmortal en la medida en que estás vivo. Y que sólo estás vivo si eres consciente, si eres libre, si das a la tierra que te legaron un sentido maravilloso, y a tus actos un valor sagrado: honrar al hombre como si fuera un dios.
Porque tu eres el Mundo, y debes estar orgulloso de que cada acto tuyo sea responsable de la tierra y el cielo. Tú no tienes jefes. Tú no tienes más jefes que tu conciencia, que tu responsabilidad absoluta. Acepta por jefe, nada más, aquél que encarne la revolución espiritual de que te hablo. A ése síguelo como a ti mismo, pues hablara con tu voz, decidirá con tu voluntad, elegirá con tu libertad. Ese tomará el poder para ser la conciencia de la vida, identificar tu Ser con el del Universo, y dar oportunidad a las posibilidades infinitas del hombre.
No te dejes urbanizar la conciencia. No olvides que eres un milagro con pantalones. Mas nunca es tarde, ni todo será consumado, si comprendes una cosa: que posees el secreto de la Naturaleza , que está vivo , y eres el hijo predilecto de las estrellas.
Tu vida es bella, tu vida es santa, y la salvación está en el mundo. Yo te amo desde le fondo de mi desesperación, pero también sería capaz de odiarte si eres la amenaza y la negación de la vida. Por eso te recuerdo la única verdad que merece ser recordada, y es ésta: Hoy o mañana vas a morir, solo y sin esperanzas como se mueren los vivos. Pero sé de una cosa que derrota a la muerte, y esa cosa es tu propia vida.
Entonces, no te queda si no un camino, y es éste: entrégate a vivir mortalmente, en cuerpo y alma. Sólo eso te salvará. A esa pasión de vivir y de morir yo la llamo inmortalidad.
Ya sabes cuál es el destino de tu ser divino: serás un dios cuando seas verdaderamente un hombre. Cuando resucites del foso pútrido de resignaciones y cobardías que es tu vida, en la que ese hombre posible que eres, yace cautivo.
En ese instante la revolución del hombre dejará de ser histórica para volverse historia sagrada. ¡No lo olvides, y asciende! ¡Nosotros somos hijos del sol!

GONZALO ARANGO.

Andrés Caicedo Maternidad

Andrés Caicedo Maternidad

A las vacaciones de quinto de bachillerato salimos con un saldo de muertos.
(...)
"Es una lástima, una serie así de muertes sin ningún, sin ningún sentido", decía el padre rector. Y yo, agarrado a mi asiento, con una rabia inmensa, sabía que sentido había. Nos habían escogido como primeras víctimas de la decadencia de todo, pero yo no iba a llevar del bulto. "Haré mi afirmación de vida", pensaba, y no sonreí ni una sola de las seis veces que me llamaron para recibir diplomas de matemáticas, historia, religión, inglés, geografía y excelencia.
(...)
Y me negué a ir a la fiesta de fin de curso que organizaba Mauricio Gamboa.
(...)
Antes del almuerzo me llamó Mauricio a comunicarme que en la fiesta de anoche una pelada, Patricia Simón, s ehabía pegado la gran desilusionada ante mi asuencia (...). Yo le pregunté que entonces cómo. Él me indicó que en tora fiesta, esa misma noche. Yo accedí.
(...) ...del fondo, de bien al fondo de esa casa vino a mí una muchacha vestida de rosado y rubia, y haciendo mágico todo el trayecto hacia mí mientreas sonreía. Se presentó: "Patricia Simón", muy tímida me dio la mano, yo se la apreté exageradamente para intimidarla aún más. (...) Con mucha cautela le comenté a Patricia mis temores sobre la  feroz época, (...) Ella lazaba la cabeza para mirar a mí o al cielo. Era pequeña, pero fuerte, de buenas espaldas y caderas, ojos azules y largas cejas. (...) Resolví: "Le haré un hijo a esta mujer".
El tiempo pasó en el sentido que quiso nuestro amor. De esa fiesta salimos cogidos d ela mano, y empezamos a vernos todos los días, (...)
Conseguí que me prestaran la finca de la Carrtera al Mar, lugar que yo había escogido para que se diera la concepción.
(...)
El frío de la montaña y el ardor que se contemplaba allá en el mar la llevó a abrazarme, y yo le respondí mejor que nunca. descubrí sus senos con valentía, chupé su pelo, rasgué con su sangre el pasto yaraguá, pude sentir cómo sus complicadas entrañas se abrían para darle paso,cabida y fermento a mi espermatozoide sano y cabezón que daría, con los años, testimoni de mi existencia. No creo que ella gozó.
Nos casamos al escondido (...) A los pocos mese engordó muchísmo y le vinieron los vómitos, así que no pudo volver al colegio y perdió sexto. Yo solamente falté a clase un día: el día en el que después d ecuatro horas de terquedad y mucho sufrimiento, dejó salir a mi hijo. (...) lo llamé Augusto, que hace pensar en porte distinguido y en conciencia de victoria, siempre. Fui toda una celebridad en el colegio, padre a los 16 años. Ella no quiso hacer gimnasia y le quedó una barriga arrugada muy fea, y los senos se le hincharon como brevas y después se le cayeron.Recuerdo madrugadas en las que yo abría el ojo sólo para hallarme en la física glorai, despertado por el llanto de Augusto, y volteaba a mirarla a ella, despierta desde hace muchas horas, con la mirada perdida en el cileo raso, negándose siempre a contestarme en qué era que pensaba. Yo no insistí. Yo había previsto eso. No cuidó bien a nuestro hijo. No quiso tampoco volver al colegio. Le perdió interés a todo, se pasaba los dáis sin asearse ni asear la casa, mal sentada en una silla, presa d eun  vacío que supongo debe se normal después de que uno ha estado lleno y redodndo como una naranja ombligona. Yo no la toqué más. Ella tampoco se hubiera dejado. Al fin, un día salió de la casa, y se demoró en regresar. Hizo amistades nuevas, jóvenes más viejos que ella, y seguía saliendo. Pero falta  no me hacía. Yo cumplía puntualmente con mis deberes escolares. Me levantaba temprano, le daba el tetero al niño, cambiaba pañales, barría, trapeaba. Al volver del colegio me la pasaba horas dejando que Augusto me apretara el dedo índice y contemplandole su pipí, lo único que sacó igualito a mí, porque todo lo demás, ojos y pelo y frente eran de ella.
Cuando regresaba, nunaca conversábamos. Se tiraba por ahí, sin dormir, o a oír música. supe que estaba metiendo droga. Me importó un comino.
(...)
Hace días que no la veo. (...) espero que no vuelva, que s emuera o que reciba allá su merecido. Yo he terminado sexto con todos los honores, leo cómics y espero con mi hijo una mejor época.

Andrés Caicedo.
El atravesado editorial Norma S.A., Santa Fe de Bogotá, 2001.

Bukowski

Bukowski Poema de Bukowski que hallé en Inmaculada Decepción:

como ser un gran escritor

tienes que cojerte a muchas mujeres
bellas mujeres
y escribir unos pocos poemas de amor decentes

y no te preocupes por la edad
y/o los nuevos talentos

sólo toma cerveza más y más cerveza.

Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana

y gana
si es posible.

aprender a ganar es difícil,
cualquier patán puede ser un buen perdedor.

y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.

no te exijas.
duerme hasta el mediodía.

evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.

acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).

y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.

un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.

quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
Más que
el exilio
la derrota
la traición

toda esa basura
quédate con la cerveza

la cerveza es continua sangre.

una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana

dale duro a esa cosa
dale duro.

hace como el toro en la primera embestida.

y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.

si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...

entonces no estás listo

toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay
está bien
igual.