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estabolsanoesunjuguete

Para leer en la silla elèctrica

Dos noches de pasiòn

Yo fui educada en Italia por una tía que quedó viuda muy joven. Cumplí los quince años sin tener del mundo otra idea que la idea terrorífica que sobre él nos inspira la religión, y pasaba mis días pidiendo a Dios que me librase del infierno.
Mi tía fomentaba este miedo, en lugar de atenuarlo. Era hosca y seca. Jamás me dio una prueba de ternura. Sólo algunas mañanas, llamándome a su lecho, me miraba dulcemente y me decía palabras afectuosas; me apretaba contra su seno, contra sus muslos y me estrujaba de repente en abrazos convulsivos... Aún creo estar viéndola agitarse, retorcerse, echar la cabeza hacia atrás y prorrumpir en una risa loca. Yo sentía entonces una tremenda angustia, creyéndola atacada de epilepsia.
Un día tuvo aquella mujer una entrevista con un fraile capuchino, y después me llamaron y el reverendo padre me dirigió este discurso:
-Hija mía, ya vais siendo grandecita y es hora ya de que el demonio de la tentación ponga en vos los ojos. pronto sentiréis sus ataques. Si no estáis pura y sin mancha, os herirán sus flechas; pero si os halláis limpia de pecado, seréis invulnerable. Nuestro Señor redimió al mundo por medio del dolor, y también vos por el dolor lavaréis vuestras culpas. Preparaos a experimentar los sufrimientos de la redención. Pedid a Dios la fuerza y el valor necesarios, porque esta noche seréis puesta a prueba... Id en paz, hija mía.
Ya mi tía me había hablado, unos días antes, de las torturas y las penitencias indispensables para conseguir el perdón de los pecados. Me retiré atemorizada con aquel anuncio del fraile. Así que me vi sola, quise rezar y elevar mi alma al cielo, pero no pude; mi alma estaba aterrada por el espanto del suplicio que me esperaba.
Mi tía acudió a buscarme a media noche. Me ordenó que me desnudara, me lavó de pies a cabeza y me echó una amplia bata negra, cerrada por el cuello y abierta por detrás. Vistióse ella lo mismo y ambas salimos de nuestra casa en coche.
Al cabo de una hora me vi en una vasta sala, tapizada de luto y alumbrada con una sola lámpara, suspendida del techo.
-Arrodillaos, sobrina. Disponéos para la oración y soportad con ánimo todo el mal que Dios os envíe.
Apenas hube obedecido, se abrió una puertecilla. Un fraile, encamisado como nosotras, se
acercó a mí y refunfuñó no sé qué cosa. Luego me separó el vestido y me dejó la grupa al
descubierto.
Lanzó un suspiró casi imperceptible, enardecido sin duda a la vista de mis carnes. Su mano fue paseándose por ellas complacida, se detuvo en las nalgas y acabó por posarse más abajo.
-¡Por aquí peca la mujer: por aquí ha de sufrir!-dijo con cavernosa voz.
Apenas proferidas estas palabras, me sentí azotada por unas disciplinas de recios nudos y con pinchos de hierro. Abracéme al reclinatorio y quise en vano ahogar los gritos. Pero el dolor era tan grande, que al cabo eché a correr por la sala clamando:
-¡Piedad, piedad! ¡No puedo resistir este martirio! Mejor quiero morir. ¡Tenedme compasión!.
-¡Miserable! ¡Cobarde!-dijo mi tía, indignada-. ¡Miradme a mí, mirad lo que yo hago! Y así diciendo, se quitó su túnica, se quedó desnuda, se echó de bruces y esperó el azote con los muslos levantados.
Cayó sobre ella una lluvia de golpes. El verdugo era implacable. Las carnes empezaron a sangrar.
Mi tía, impasible, inquebrantable, pedía a cada momento:
-¡Pegad! ¡Pegad más fuerte! ¡Más fuerte todavía!
Esta visión me trastornó. Sentí de pronto un valor sobrehumano y dije que me hallaba pronta a sufrir todo cuanto quisieran.
Mi tía se alzó del suelo y me cubrió de apasionados besos, mientras el fraile me ataba las manos y me ponía sobre los ojos una venda. ¿Qué deciros, en suma? Comenzó nuevamente mi suplicio, más terrible aún; pero yo tenía embotada la carne; no sentía nada; únicamente, en medio del chasquido de los azotes, creía escuchar como aullidos confusos, y palmoteos de manos sobre cuerpos desnudos, y risas insensatas, risas nerviosas, convulsivas, denunciadoras del placer sensual. A veces, la voz de mi tía, delirante de voluptuosidad, dominaba  el orgiástico concierto, la extraña algarabía, la saturnal de sangre.
Más tarde pude comprender que el espectáculo de mi tormento servía para despertar y azuzar los apetitos. Cada uno de mis apagados ayes provocaba un espasmo de lujuria.
Extenuado, sin duda, a fuerza de golpearme, acabó mi verdugo. Yo seguía inmóvil, abrumada de espanto, resignada a la muerte; sin embargo, a medida que me iba recobrando, experimentaba un desasosiego singular, que estremecía e inflamaba mi carne. Me agitaba lúbricamente, como si quisiera satisfacer un afán insaciable. De pronto, me enlazaron dos brazos musculosos; sentí una cosa dura, rígida, caliente, que me punzó en la grupa, se deslizó hacia abajo y penetró en mi ser violentamente. Pensé que me abrían en dos pedazos. Lancé un grito horroroso, apagado al punto por las carcajadas. Dos o tres terribles envites acabaron de hundirme toda entera aquella cosa dura y desconocida. Las recias piernas de mi enemigo pegábanse a las mías llenas de sangre; me parecía que nuestros cuerpos se apretaban para fundirse en uno. Hinchábanse mis venas y saltaban mis nervios. El vigoroso roce que sentía, obrado con increíble agilidad, me daba tal calor, que creí que lo que había hendido mi ser era un hierro candente.
Caí en un éxtasis; me vi en el cielo. Un licor tibio y viscoso me inundó de pronto, penetró mis huesos, lo sentí hasta en la médula... ¡Oh, era demasiado! Entonces, mi organismo se hizo una fuente viva; corrió por él un fluido devorador como la lava ardiente y, con sacudidas frenéticas, furiosas, di salida a aquél río que me abrasaba y me derrumbé, extenuada, en un abismo de deleite infinito.
(...)
Mi goce se cambió muy pronto en un atroz dolor. Fui inhumanamente maltratada. Más de veinte frailes cayeron sobre mí, como hambrientos caníbales. Perdí el sentido; mi cuerpo quebrantado, destrozado, quedó tirado en tierra, como un cadáver. Al fin me trasladaron medio muerta a mi cama.
(...)
Vuelta a la vida, a la salud, comprendí la perversidad horrible de mi tía y de sus criminales compañeros, cuya lujuria habían enardecido mis torturas. Juré un odio mortal a aquellos miserables, y este odio, en mi venganza y en mi rabia, se lo guardé a todos los hombres. Siempre me sublevó la idea de soportar sus odiosas caricias. Jamás quise servir de vil juguete a sus deseos.
Mi naturaleza era ardiente; había que satisfacerla, y por instinto caí en el hábito, triste y enervador, del goce solitario, hasta que llegó el día en que me curé de él con las doctas lecciones de las hermanas del convento de la Redención. La fatal ciencia en que son ellas maestras me perdió para siempre.

Alfred de Musset
Dos noches de pasión

Islanada

Islanada!

Asì decidimos llamarla para que supiera nuestro modo de pensar, entendiera que no llegabamos en busca de oro, uranio, piedras preciosas, sino de un arcoiris tal vez escondido debajo de aquella roca caìda del cielo, y el cielo arriba, azul y sonriente, viendo còmo todos nosotros de la alegrìa que sentìamos, enterrabamos la cabeza en la arena.

Elmo Valencia.

Sombras

Sombras

¿De què reino de luz somos nosotros sombras que oscurecen la tierra desovada?

Henry Miller.

Fantasmas

Fantasmas

En otros tiempos muy antiguos sòlo habìa fantasmas. Es decir, al principio. Si hubo alguna vez un principio.

Henry Miller.

Big Sur y las naranjas de Hieronymus Bosch. Editorial Losada S.A., Buenos Aires, 1960.

Cinema calendario del corazòn abstracto mansiones

2.

con tus dedos crispados alargàndose y tambaleàndose como los ojos

la llama apela para estrechar

estàs tù allì bajo la manta

los almacenes escupen a los empleados al mediodìa

las calles les transporta

los timbres de los tranvìas cortan la frase fuerte.

15

Sobre las blancas cuerdas de la medianoche atrofiada

recibes impermeable lunàtico

ampolla mujer en caucho de verde por kilometros

el engranaje subterràneo del sentido tàctil.

 

Tristàn Tzara.

El domador de leones recuerda

mìrame y sè color

màs tarde

tu reìr como sol por liebres por camaleones

aprieta mi cuerpo entre dos lìneas anchas que el hambre sea claridad

duerme duerme ¿ves? somos pesados antìlope 

           azul sobre glaciar oreja en las piedras bellas fronteras oye la piedra

viejo pescador frìo grande con letra nueva aprender las muchachas de hilo de hierro y azùcar giran

            largamente los frascos son grandes como las sombrillas blancas oye rueda rueda roja

en las colonias

recuerdo olor de limpia farmacia vieja sirvienta

caballo verde y cereales

cuervo grita

flauta

equipaje corrales oscuros

muerde sierra ¿quieres?

horizontal ver.

Tristàn Tzara.

Poemas.Traducciòn, selecciòn y pròlogo Fernando Millàn.

Alberto Corazòn, editor, Madrid,1969.

 

 

Rocky Lunario

           ¡Ay!, destructores de los muros de vuestra casa

          que en un amargo reinar teníais puesto los ojos.

          Esquilo.

Rocky Lunario estaba impaciente porque su provisión de chicle se había terminado. (...)

Miró allá arriba la Tierra llena y su depósito de oxígeno se llenó de nostalgia al presentir los lugares más queridos que albergaba su detector de recuerdos (...) echó rabiosamente de menos la piscina, el sol, los largos muslos de las bañistas en el Privette Club de Fort Lauderdale, a dónde solía escaparse cada vez que le daban un respiro en el entrenamiento los lanzacohetes de la base. Después de muchos ensayos infructuosos la cosa había resultado y los relevos comenzaron inmediatamente. Cada hombre podía permanecer un año en la base lunar, y cuando llegó su turno ya estaban listas todas las instalaciones dispuestas para descubrir satélites extraños, explosiones atómicas en el ámbito terrestre, interceptores de cohetes piratas y la gigantesca plataforma de misiles, que debía estar siempre lista para entrar en acción y que había garantizado a su país supremacía total.

(...)

Sus deberes consistían primordialmente en pasar revista al inmenso tablero de control lunar, que daba los datos exactos sobre el funcionamiento de toda la instalación atómica... (...)

La luna entre Rocky Lunario y el hastío no era nueva, sin embargo.

(...)

Encaminó sus pasos, extrañamente ágiles bajo la envoltura de oso polar, hacia el ciclotrón que parecía una inmensa clepsidra tendida en el mar de  polvo blanquecino.

(...)

Al llegar  frente a la estrecha puerta de metal, accionó  con soltura el mecanismo disimulado que,  al mismo tiempo que desconectaba el sistema automático de defensa, abría la puerta blindada de esteatita. Pasó por el estrecho vestíbulo y subió a grandes brincos deportivos la escalera de caracol, hasta llegar al control de mando.

(...)

Se acomodó en el sillón central y se quitó los guantes y la escafandra (...) Sus dedos tamborilearon sobre las teclas del tablero de mando, que accionaban el lanzamiento de los proyectiles.

Al apretar la tecla central- la de potencia máxima- quedó asombrado al no escuchar ningún ruido. Dos segundos más tarde vio elevarse al silencioso misil.

Tardaría doce horas en llegar.

Del bolsillo trasero del pantalón sacó el cuaderno de tiras cómicas (...) y se dispuso a esperar el momento en que la Tierra fuera borrada del firmamento.

Renè Rebetez

 

Todos los muertos estàn ebrios

Todos los muertos estàn ebrios de lluvia vieja y sucia

en el extraño cementerio de Lofoten.

El reloj del dehielo hace sonar su tic-tac recòndito

en el corazòn de los pobres ataùdes de Lofoten.

 

Y gracias a los huecos abiertos por la negra primavera

loa cuervos se han cebado con la yerta carne de los hombres.

Y gracias al delgado viento con voz de niño

el sueño es dulce para los muertos de Lofoten.

 

Probablemente, yo no verè jamàs

ni el mar ni las tumbas de Lofoten,

y, sin embargo, siento en mì como si ya amara

aquèl lejano rincòn de tierra y todos sus dolores.

 

Y tù, oh desaparecido, tù, oh suicida, tù, amigo remoto

del extraño cementerio de Lofoten

-¡cuàn extraño y dulce suena este nombre en mi oìdo!-

verdaderamente, dime, ¿duermes, duermes? ¿Responde!

 

Tù, claro vino que llenas mi copa de plata,

podriìas contarme relatos màs encantadores,

historias màs divertidas o menos locas.

Dèjame ya en paz con los muertos de Lofoten.

 

Bienestar y calma. En el hogar, muy dulcemente,

el màs melancòlico de los meses arrastra su voz.

-¡Ah!, los muertos, incluso los muertos de Lofoten,

 los muertos, los muertos estàn en el fondo menos muertos que yo..

 

Oscar Vencelas de Lubicz-Milosz.

Poesìa francesa. Antologìa. Andrès Holguìn. Edicoines Guadarrama, Madrid, 1954.

Un arma de funcionamiento fàcil

Un arma de funcionamiento fàcil

1. Un arma de funcionamiento fàcil.

Pusieron un sabueso explosivo para que  lo siguiera en Nueva Delhi, programado con las feromonas y el color del pelo de Turner. Lo alcanzò en una calle llamada Chandni Chauk y se arrastrò hasta el BMW alquilado a travès de una selva de piernas desnudas y bronceadas y ruedas de taxis de tracciòn humana. El nùcleo del sabueso era un kilogramo de hexògeno recristalizado y TNT en escamas.

No lo viò venir. Lo ùltimo que viò de la India fue la fachada de yeso rosado de un lugar llamado Hotel Khush-Oil.

Como tenìa un buen agente, tenìa un buen contrato. Como tenìa un buen contrato, ya estaba en Singapur una hora despuès de la explosiòn. La mayor parte de èl, en todo caso. El cirujano holandès hizo algunas bromas: còmo un porcentaje indeterminado de Turner no habìa logrado salir de Palam International en aquel primer vuelo y hubo de pasar la noche allì en un cobertizo, en una cubeta de cultivo.

El holandès y su equipo necesitaron tres meses para volver a armar a Turner. Clonaron un metro cuadrado de piel, cultivada en planchas de colàgeno y polisacàridos de cartìlago de tiburòn. Compraron ojos y genitales en el mercado libre. Los ojos eran verdes.

Conde Cero.

William Gibson.

Ediciones Minotauro, Baecelona,1998.

Sueño

Sueño

A pròposito del sueño, aventura siniestra de todas las noches, se puede decir que los hombres se duermen diariamente con una audacia que resultarìa incomprensible si no supieramos que es la consecuencia de  la ignorancia del peligro.

Charles Baudelaire.

Buenos y malos poemas

Buenos y malos poemas

La inteligencia no ayuda en absoluto a escribir buenos poemas; sin embargo, puede impedir que uno escriba poemas malos.

Michel Houellebecq.

Michelle Ma Belle

De una a otra esquina de la avenida

para el abrazo

sandalias y yins desflecados

y una cruz egipcia sobre el pecho

bajo la lluvia

entre judìos

de los dos Testamentos

las torres se cubrieron

de flores y amuletos

de la buena suerte

en la jeta del esbirro

contra el cielo denso

oscuro

vi el relàmpago de sus ojos

y el delirio del aire

entretejiendo de nuevo

el mundo.

Fernando Arbelaez

Poemas de exilio

Colcultura, Bogotà, 1986.

Dios y la novela

Dios y la novela

Los hombres escriben ficciones porque estàn encarnados, porque son imperfectos. Un Dios no escribe novelas.

Ernesto Sàbato.

El escritor y sus fantasmas.

Este y más libros de Sábato en el enlace.

Ernesto Sábato: Sobre hèroes y tumbas.

Triunfo

Me gusta la gente fracasada (...). El Triunfo tiene siempre algo de vulgar y de horrible.

 

Borrador
Por desgracia, la vida la escribimos en borrador. Un escritor puede rehacer algo imperfecto o tirarlo a la basura. La vida, no: lo que se ha vivido no hay forma de arreglarlo, ni de limpiarlo, ni de tirarlo.


Mal
Uno no hace mal a la gente que le es indiferente.



Sueño
Pasajero suburbio de la Muerte, premonitorias regiones en que vamos haciendo el aprendizaje del gran sueño, pequeños y torpes balbuceos de la tenebrosa aventura definitiva, confusos borradores del enigmàtico texto final, con el transitorio infierno de las pesadillas. Y poseemos, y por eso, un poco de esa calidad de los resucitados y los fantasmas.


La nada...
...es a fin de cuentas la màs intachable forma de pereza.


Ernesto Sàbato.

Sobre hèroes y tumbas.

PD Resubo el archivo.

PD 2015: Subo un pack  con los siguientes títulos de Sábato:

Sabato Ernesto - El Escritor Y Sus Fantasmas

Sabato, Ernesto - España En Los Diarios De Mi Vejez

Sábato, Ernesto - Heterodoxia

Sabato, Ernesto - Muerte De Belgrano

Sabato,Ernesto - Abbadón el Exterminador

Sabato,Ernesto - Antes Del Fin

Sabato,Ernesto - El Túnel

Sabato,Ernesto - Ensayos ineditos

Sabato,Ernesto - Hombres Y Engranajes

Sabato,Ernesto - La Resistencia

Sabato,Ernesto - Nunca Mas

La metamorfosis

La metamorfosis

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto". Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo.

Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos. «¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas.

Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados – Samsa era viajante de comercio –, estaba colgado aquel cuadro, que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa” de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo.

La mirada de Gregor se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alfeizar de la ventana – le ponía muy melancólico.
 «¿Qué pasaría – pensó – si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?» Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado.

Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a balancear sobre la espalda.
Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido. «Dios mío!», pensó.
 «iQué profesión tan dura he elegido! Un día sí y otro también de viaje. Los esfuerzos profesionales son mucho mayores que en el mismo almacén de la ciudad, y además se me ha endosado este ajetreo de viajar, el estar al tanto de los empalmes de tren, la comida mala y a deshora, una relación humana constantemente cambiante, nunca duradera, que jamás llega a ser cordial.
¡Que se vaya todo al diablo!» Sintió sobre el vientre un leve picor, con la espalda se deslizó lentamente más cerca de la cabecera de la cama para poder levantar mejor la cabeza; se encontró con que la parte que le picaba estaba totalmente cubierta por unos pequeños puntos blancos, que no sabía a qué se debían, y quiso palpar esa parte con una pata, pero inmediatamente la retiró, porque el roce le producía escalofríos. Se deslizó de nuevo a su posición inicial.

 «Esto de levantarse pronto», pensó, «le hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir. Otros viajantes viven como pachás”. Si yo, por ejemplo, a lo largo de la mañana vuelvo a la pensión para pasar a limpio los pedidos que he conseguido, estos señores todavía están sentados tomando el desayuno.

 Eso podría intentar yo con mi jefe, en ese momento iría a parar a la calle. Quién sabe, por lo demás, si no sería lo mejor para mí. Si no tuviera que dominarme por mis padres, ya me habría despedido hace tiempo, me habría presentado ante el jefe y le habría dicho mi opinión con toda mi alma. ¡Se habría caído de la mesa! Sí que es una extraña costumbre la de sentarse sobre la mesa y, desde esa altura, hablar hacia abajo con el empleado que, además, por culpa de la sordera del jefe, tiene que acercarse mucho.

Bueno, la esperanza todavía no está perdida del todo; si alguna vez tengo el dinero suficiente para pagar las deudas que mis padres tienen con él – puedo tardar todavía entre cinco y seis años – lo hago con toda seguridad. Entonces habrá llegado el gran momento, ahora, por lo pronto, tengo que levantarme porque el tren sale a las cinco», y miró hacia el despertador que hacía tictac sobre el armario. «¡Dios del cielo!», pensó.

Franz Kafka.

Tomado de www.bibliotecasvirtuales.com

Jacques Prevert

En la esquina de una calle

 

Es mediodìa,todo està muy oscuro

y de repente rojo de vez en cuando

En la esquina de una calle que ya no existe

la muerte se pasea como en su casa.

 

A mì no me importa, espero el arcoiris

y el arcoiris es mi amante

El amor se oculta no importa dònde

el amor se encuentra no importa cuàndo

el amor se hace no importa còmo

el amor es màs joven que la muerte

aunque hayan visto la luz al mismo tiempo

En la esquina de una calle que ya no existe

que acaba de partir hace un instante

la muerte està al acecho, engaña.

 

A mì no me importa, yo espero a mi amante

estoy seguro de que hoy, para ella

en todo caso no serà su cliente.

Poesìa colombiana

Poemas de Piedad Bonnet.

Rito

En la noche desnuda, los amantes

cabalgan en la cresta d ela ola,

primarios e inocentes como àngeles.

Tiernas obscenidades, besos, gestos

-blandos gatos oscuros- van naciendo,

van arañando el àspero silencio.

Cada caricia es nueva, como la madrugada.

Como la madrugada,

eternamente se repite el rito

y con su pulso hace girar el mundo.

 

Pecado original

 

Has olvidado

aquel antiguo mar en que flotabas

entre el silencio y el latido; el agua

primera, sin memoria, dulce tumba

donde el ay no erizaba aùn sus mil  puntas.

Has olvidado

la voz que te expulsò del Paraìso.

 

-Sabemos de aquèl hùmedo tiempo con la fe

con que se dice una oraciòn. Y hay algo

en nuestro cotidiano desamparo

que se empecina en èl, que busca ansioso

su eternidad, su abrazo sin preguntas-

 

Pero no desfallezcas. Allà detràs de todo

hay otro mar (¿o el mismo?) que te espera.

¿Què corazòn me digo, latirà en su penumbra?

Ese animal triste. Editorial Norma S.A., Bogotà, 1996.

Poema de Roberto Juarroz

11.

Gastar por anticipado el tiempo de la muerte,

consumir el silencio del futuro

como una flor enterrada,

vivir a crèdito

de la eternidad imparcial que nos espera,

poner entre las mañanas y las tardes

algo màs digno de fe que el mediodìa

y aprender a pararse en las  palabras,

aunque estèn acostadas.

 

Tal vez asì la muerte dure menos,

la vida use otras puertas

y no se cansen tanto

los ojos que nos miran.

 

Poesìa Vertical, antologìa.

Colecciòn Los conjurados, Comùn Presencia editores, Bogotà, 2001.

Poesìa colombiana

Desconfianza

Llevo un animal agazapado en la espalda

Tus semejantes te causan daño

Desconfías de su larga lengua

de la  pulcra corbata de la risa entre dientes

Todos dicen estar en lo cierto.

Caballero impecable: una mosca posa en tu nariz.

Camino de lado a lado

No doy la cara a nadie

La sombra que me acompaña me agobia,

sólo deseo que el animal agazapado

salte de una vez por todas.

Eugenia Sanchez.

Pasar a través del manto lluvioso

            Yo camino extranjero

en una ciudad enemiga

            yo espío lo que hacen

bajo los árboles de concreto

            con frutas anaranjadas

alguien que  ha respirado

            toda la noche al lado mío

me llama

            esquivan sus palabras como serpientes

                        las dagas de agua

ahora

            casi huyendo

el cuerpo contraído por el frío nocturno

                        vuelvo

esa amada institutriz del tacto

                        me espera

para mi primera lección entre sus piernas.

Javier Naranjo (1956)

***

¿Qué dice el pronóstico del tiempo

para las vastas ciudades amuralladas de la carne?

                                   el corazón

está igual

fastidiado por haber arrendado su cuarto más recóndito

yo

                        estoy igual

            indemne como la bestia de humo

tras el más cruento combate

            esto no me hace diferente

este pobre contrabando de sed

                        no altera a nada

            ni a nadie

me escurro descarnado en medio de soles y lunas cenagosas.

 

Alguien que me espera

al otro lado del espejo

se robará mi rostro

y hombres extraños me nombrarán rey vitalicio

de la sombra

en un salón de espejos negros.

 

Seré entonces la cara que esconde el dado,

una moneda de cristal sin cara o más,

chófer a sueldo de un autobús de lejanías.

 

Se  me impondrá el oficio:

coleccionista de estrellas perdidas

en una selva virgen

Recolector de hojas secas

en un país imaginario,

fabricante de puentes invisibles,

violinista de la tristeza,

Extranjero.

Gabriel Jaime Franco (1956)

***

Va usted a verse en el espejo

Y de pronto se ve como usted es

Y no se había visto:

Pequeño

Mezquino

Feo hasta el miedo

Con los ojos saltando como pulgas

En su  mirada avara

 

De pronto se ve usted desnudo

Sin más defensa que la rabia

O el veneno.

 

Esclavo

Mi corazón  lo vendo por un beso. Mi honra por menos. Quién me lava la ira que me cubre? Qué párpados se mantendrán abiertos a la vista de mi pecho esclavo?

Alberto Vélez (1957)

***

Vivo  invadido

los que me cercan dicen parecérseme

susurrando desde el fondo del cráter

escarnecido que persevera

taladrados los huesos por filosas mandíbulas

Aparento estar vivo

arrastrando  cadenas : mudas campanas de la infancia

El vacío me llama:

            el de cada noche

el de cada palabra.

Busco perderme en el silencio del sótano

el canto me recupera haciéndome danzar

Es la guerra: agudos puñales

ebrios al contacto de la carne.

Carlos Enrique Vasquez. (1953)

***

Ilusión óptica

 

Nadie mejor que el leproso

conoce nuestra mala puntería

con su raído sombrero

nos hace creer que dimos en el blanco,

cada moneda es un dardo hacia su llaga.

Gustavo Adolfo Garcés. (1957)

Disidencia del limbo.

Selección y  nota: Juan Manuel Roca.

Editora Cosmos Ltda., Bogotá, 1981.

 

Arthur Rimbaud

Comedia de la sed

4. El pobre sueño

 

Quizá llegue la Noche

En que beba tranquilo

En alguna Ciudad antigua

Y muera más contento:

¡Pues soy paciente!

 

Si mi mal se resigna,

Si alguna vez tengo oro,

¿El Norte elegiré

O el País de las Viñas?...

-¡Ah! ¡Soñar es indigno

 

Porque es pura pérdida!

Y si vuelvo a ser

El viajero de antes,

Que ya nunca se abra para mí

La Taberna Verde.

 

Canción de la torre más alta.

Ociosa juventud

A todo sometida,

Por delicadeza

Perdí mi vida.

¡Ah! Que venga el tiempo

En que los corazones se ilusionen.

 

Me dije: olvida,

Y que no se te vea:

Y sin la promesa

De más altos gozos.

Que nadie te detenga,

Augusta retirada.

 

Tuve tal paciencia

Que por siempre olvido;

Grande, y florecida

De incienso y cizañas,

Al feroz zumbido

De cien cochinas moscas.

 

¡Ah, las mil viudeces

De un alma tan pobre

No tienen más imagen

Que Nuestra Señora!

¿Acaso se reza

A la Virgen María?

 

Ociosa juventud

A todo sometida,

Por delicadeza

Perdí mi vida.

¡Ah! Que venga el tiempo

En que los corazones se ilusionen.

Mayo 1872.

 

Realeza

Una mañana, en un pueblo muy tranquilo, un hombre y una mujer espléndidos, gritaban en la plaza pública: “¡Amigos míos, quiero que sea reina!” “¡Quiero ser reina!” Ella reía y temblaba. Él hablaba a los amigos de revelación, de prueba concluida. Desfallecían de emoción, el uno junto a la otra. Y en efecto, fueron reyes durante toda una mañana, en que los tapices carmesíes recobraron su brillo sobre las casas, y durante toda esa tarde, en que se internaron por los jardines de palmeras.

Hipotiposis saturninas, Ex Belmontel

¿Cuál es, entonces, este misterio impenetrable y oscuro?

¿Por qué sin proyectar su vela blanca,

                        Se hunde

Todo joven esquife regiamente

                                             Aparejado?

***

Derramemos el dolor de nuestros lacrimatorios-

………………………………………………………..

            El amor quiere vivir a expensas  de su hermana

La amistad  vive a expensas de su hermano.

 

Mi bohemia

(fantasía)

Me largaba, los puños en  los rotos bolsillos;

Mi paletó también se tornaba ideal;

¡Bajo el cielo iba, Musa!, y yo era tu vasallo;

¡Ah, ya! ¡Cuántos amores espléndidos soñé!

 

Mi único pantalón tenía un agujerote.

-Soñador Pulgarcito, diseminaba rimas

En  mi camino. La Osa Mayor era mi albergue.

-En el cielo: el frufrú dulce de mis estrellas,

 

Y yo las escuchaba, sentado en las cunetas,

En esas septembrinas noches en que sentía

Como un tónico en gotas, el rocío de mi frente;

 

¡En que, rimando en medio de las sombras fantásticas,

Como liras, tiraba yo  de elásticas cuerdas

De mis zapatos rotos, al corazón un pie alzado.

 

Los desiertos del amor

Estos escritos son de un hombre joven, muy joven, cuya vida se desarrolló en cualquier sitio; sin madre, sin país, indiferente a todo cuanto es conocido, muy inclinado a toda fuerza moral, como antes lo fueron muchos otros desdichados jóvenes. Pero él se sentía tan fastidiado y confundido, que no pudo sino encaminarse hacia la muerte con un pudor terrible y fatal. Sin haber amado a las mujeres -¡aunque lleno de sangre!-, abonó su alma y su corazón, que eran toda su fuerza, con extraños y tristes errores. De los sueños siguientes -¡sus amores!- que se acometieron en  diversas camas o calles, así como de su consecuencia  y fin, se desprenden tiernas consideraciones religiosas –quizás hagan recordar el sueño continuo de los mahometanos legendarios- valerosos a pesar de todo ¡y circuncisos!. Pero, siendo dueño de este estraño sufrimiento de una autoridad inquietante, debemos desear sinceramente que esa alma, extraviada en medio de todos nosotros y que al parecer quiere la muerte, experimente a partir de este instante verdaderos consuelos; y en digna se convierta!

Vidente

Por ahora me encrapulo lo más posible. ¿Por qué? Quiero ser poeta, y trato de volverme Vidente: usted no va a entender nada y yo apenas sabría explicárselo. Se trata de alcanzar lo desconocido mediante el desarreglo de todos los sentidos. Los sufrimientos que eso supone son enormes, pero hay que ser fuerte, haber nacido poeta, y yo me he reconocido poeta. No es culpa mía en modo alguno. Es erróneo decir “Yo pienso”; debería decirse: “Se me piensa” (…)

Yo es otro. ¡Tanto peor para la madera que se descubre violín, y al diablo los inconscientes que ergotizan acerca de las cosas que ignoran por completo!

(…)

Si los viejos imbéciles no hubiesen descubierto del Yo más que su falso significado, ahora no tendríamos que barrer esos millones de esqueletos que, ¡desde la inmensidad del tiempo!, han venido acumulando los productos de sus tuertas inteligencias, ¡proclamándose autores de ellos! (…) El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, íntegro; busca su alma, la inspecciona, la pone en acción, la conoce. Desde el momento que la conoce, debe cultivarla esto parece sencillo: en todo cerebro se cumple un desarrollo natural, hay tantos egoístas que se proclaman autores; ¡y tantos otros que se atribuyen su progreso intelectual! Pero de lo que se trata es de hacer monstruosa el alma: ¡a semejanza de los comprachicos, vaya! Imagínese a un hombre que se injertara y se cultivara verrugas en la cara.

Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente.

El Poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; él mismo busca y agota en sí todos los venenos, para sólo quedarse con sus quintaesencias.

Inefable tortura en que necesita toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, en que se convierta, entre todos, en el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito -¡y en el supremo sabio!- ¡porque alcanza lo desconocido! ¡Puesto que ha cultivado su alma, ya rica, más que nadie! Alcanza lo desconocido, y aunque enloquecido, acabará perdiendo la inteligencia de sus visiones, ¡ya las ha visto! ¡Que reviente en su salto hacia cosas inauditas o innombrables: ya vendrán otros horribles trabajadores; ¡comenzarán por los horizontes en que el otro se haya desplomado!

(…)Así pues, el poeta es realmente el ladrón de fuego.

Lleva el peso de la humanidad, de los animales incluso; deberá lograr que sus inversiones se sientan, se palpen, se escuchen; si lo que trae de allá tiene forma, él lo moldea; si es infinito, lo da infinito.

 

Nuestras nalgas no son las suyas. Muchas veces he visto

Gente desabrochada detrás de algún seto,

Y, en esos baños desenfadados donde la infancia se divierte, observaba el plano y el efecto de nuestro culo.

 

Más prieto, lívido en muchos casos, está dotado

De planos de gradación patentes que tapiza la estera

De los pelos; para ellas, únicamente florece

En la raya deliciosa el largo satén tupido.

 

Una pericia conmovedora y maravillosa

Como sólo se ve en los ángeles de los santos retablos

Imita a la mejilla donde la sonrisa se ahonda.

 

¡Oh! ¿Estar así, desnudos, buscar alegría y reposo,

La frente vuelta hacia su porción gloriosa,

Y, libres los dos, murmurar gemidos?

Arthur Rimbaud

Obra poética y correspondencia escogida. Universidad Nacional Autonoma de México, México, 1999.