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estabolsanoesunjuguete

las muñecas de Bellmer

las muñecas de Bellmer

El fotografo alemán Hans Bellmer en la decáda de 1930, realizó una serie de fotografías sobre maniquíes articulados que él mismo construía, recreando el erotismo de la sumisión y la desarticulación, aunque según leí en un principio sus muñecas mostraban más una tendencia política en contra del fascismo que un apego al surrealismo.

Maldiciòn

Maldiciòn

Te perseguiré por los siglos de los siglos.

No dejaré piedra sin remover
ni mis ojos horizontes sin mirar.

Donde quiera que mi voz hable
llegará sin perdón a tu oído
y mis pasos estarán siempre
dentro del laberinto que tracen los tuyos.

Se sucederán millones de amaneceres y de ocasos
Resucitarán los muertos que volverán a morir
y allí donde tú estés:
Polvo, luna, nada, te he de encontrar.

María Mercedes Carranza.


De amor y desamor y otros poemas.
editorial Norma, S.A., Santa Fe de Bogotá, 1995.

cocteau

cocteau

hurgando en el directorio de google, dí con www.lecturasdebolsillo.com.ar, de donde extraigo lo que sigue:
El gesto de la muerte.
Jean Cocteau.
Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, me gustaría estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la muerte y le pregunta:
-Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.
Jean Cocteau
Le Grand Écart

Ghost World

Ghost World

A la espera de poder verme la película Ghost World, en dvd pirata, por supuesto, ya que en Cartagena  no la rotaron en cines, y de la que he leído muy buenas críticas, le doy  una ojeada al cómic, en inglés, que comparten desde Katarsis.

 

 

 

PD. 2013:

Resubo el archivo, el cómic está en español en cbr:

Ghost World.

poema de jaime sabines

poema de jaime sabines

en www.sololiteratura.com

diario semanario y poemas en prosa

La tarde de domingo es quieta



LA TARDE DEL DOMINGO ES QUIETA en la ciudad evacuada. A la orilla de las carreteras la gente planta su diversión afanosamente. Hasta este «contacto con la naturaleza» se toma con trabajo, y los carros se amontonan promiscuamente, lo mismo que las gentes que se quedaron en los cines, en los toros y en otros espectáculos. Nadie busca, en verdad, la soledad, y nadie sabría qué hacer con ella. «Es bueno tomar el aire limpio de tales horas»: este espíritu gregario sólo da recetas para vivir.



Igual que la borrachera de los sábados, las visitas a las casas de amor y hasta las maneras del coito, se estereotipan. La vida moderna es la vida del horario y de la mediocridad ordenada. Dios baja a la tierra los domingos por la mañana a las horas de misa.



Pero esta tarde es quieta y libre. El inmenso cielo gris, inmóvil, iluminado, se extiende sobre las casas de los hombres. Y uno sabe, recónditamente, que es perdonado.

Cómo se comenta un texto fílmico

La imposibilidad de volver atrás para comprobar si tal o cual visión, tal o cual elemento sonoro fueron ciertos o sólo una ilusión producida por el fluir temporal en el espacio de unas imágenes y de unos sonidos. La magia y fascinación del fenómeno cinematográfico se basaron, desde un principio, en esta imposibilidad técnica de congelar el tiempo, es decir, de hacer presente y simultáneo lo que sólo existía como sucesividad.
(...)
En el caso de un film, el espectador no sería un punto de llegada, sino una especie de coautor, es decir, un elemto activo en el proceso de construcción de ese nuevo tipo de significado que hemos denominado sentido.
(...)
Posteiormente, dicho sentido puede ser acptado como tal por otros espectadores y pasar a formar parte del horizonte general de convenciones espectatoriales. Esa codificación a posteriori convierte el sentido en significado.
(...)
Un comentario es una crítica no sometida ni al criterio de actualidad ni  a las funciones institucionales de evaluar y/o promover.

Ramón Carmona.
Cómo se comenta un texto fílmico.
Ediciones Cátedra, S.A., Madrid, 1991.

monigote

monigote

de vez en cuando
siento la necesidad de derrumbarme
y de estar solo,
a escondidas de mi propio corazón
que late asustado,
oculto de mi propia voz
que no cesa de repetirme
que deje de quejarme
y acepte lo que tengo,
que tome mi vida
y la estreche con fuerza
para que el viento
no arrebate
jirones de piel o de tela
a ese alfeñique,
mitad bufón
mitad espantapájaros
que navega a la deriva....

La guerra de las galaxias

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,
pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias
improbables, difusas. Acaso en mi cerebro
tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar,
pero pasó. Las cosas importantes que pasan
parecen no pasar. Una chica venía
del país de la muerte a jugar en tu sueño
contigo: era tu novia, la que se fue de viaje
por el cielo, y volvía para no abandonarte
nunca más. Sonreía como una aprición
surgida de las páginas d euna novela gótica
y, a la vez, como un hada d elos hermanos Grimm.
Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia
Organa, para ser más precisos. Un nombre
que sonaba a romance galáctico, a balada
espacial, a cantar de gesta del futuro.
Un nombre que sabía a chicle americano
y a bolsa de patatas fritas en el descanso
de una doble sesión de cine, y a caricias
desmañadas, y a celos, y a  promesas de amor.
Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,
pero, sé que ocurrió. Y sé que a la princesa
Leia irán dirigidas mis últimas palabras
cuando la luz se apague, y que repetiré
su nombre en mi agonía, como si ella tuviese
un nombre, antes de hundirme en la ncohe total.
11 de julio de 2004

Luis Alberto de Cuenca.


Revista Coleccionistas de cine # 23, 2004, pág 20.

sàbado por la tarde

sàbado por la tarde

la inquietud por un destino que parece reacio a ofrecerse, mis dedos lastimados, los bolsillos rotos por un interminable divagar en busca de respuestas, en busca de un lugar.
Las tareas diarias, agotan las pocas fuerzas de las que puedo disponer y me alejan de lo esencial, la pregunta por el paraíso, la vuelta a la niñez, qué irán a presentar hoy en la tele...
Las horas se precipitan al abismo interior de un espíritu insaciable, de un sino desolado, y siempre las mismas canciones aturdiendo las tardes de los sábados, cansando a los vecinos que no entienden qué es el rock n" roll..."

(Imagen de Israel Zzepda en www.galleriadante.com/artists/zzepda.htm)

una vida sin sentido

una vida sin sentido

en Los Simpsons me dicen que puedo disfutar de una vida sin sentido, que puedo embarcarme en un incansable sopor en el que el vacío es la única respuesta, un paraíso de estupor presidido por un dios senil.
Y trato de convencerme de que es así, pero algo en mi interiors se agita y se rebela, tal vez un apetito mal saciado de sedición o quizás se trate de que deseo ver otro capítulo de la serie y nada más..

el camino

el camino

el hombre que no logra llegar hasta el juez, viaje de ida, flujo...
el mensajero imperial que no alcanza a llevar el mensaje al último súbdito del reino, a tí que esperas la respuesta, viaje de regreso, reflujo...
pero en otra parte Kafka dice que no hay camino...

Lo que se viò

Lo que se viò

Un par de pelìculas este fin de semana:
The final cut, dirigida por Omar Naim.

Una pelìcula que a mi parecer se pierde en sus propios planteamientos, ¿la tecnologìa es buena o es mala?, no la compren si no les gusta, dice Robin Williams y a eso parece reducirse todo, ya que el guiòn se esfuma en la redenciòn demasiado floja de los fantasmas de Alan Hackman (R. Williams), sin que este apenas haga algùn sacrificio por excorcisarlos ( conectar su propio implante y hurgar en su cerebro para descubrir que todo es una mala pasada de su subconciente, hubiese sido menos arriesgado ir a un psicoanalista o algo...)
Personas que se implantan chips para recordar, cuando la memoria , si nos hemos de atener a Borges, se compone de omisiones y olvidos que van construyendo recuerdos. Màs informaciòn que asimilar como si no fuera suficiente con toda la que hay flotando en el ambiente, paraìsos audiovisuales, lo que ves es lo ùnico que merece ser recordado de tus seres queridos, porque sòlo la imagen legitimiza.

Ray, dirigida por Taylor Hackford, protgonizada por Jamie Foxx, como el mùsico Ray Charles.
Cuando de biografìas de artistas se trata el cine muchas veces parece complacerse en escàndalos y excentricidades y no en el biografiado mismo, en lo que era como persona, que en ùltima instancia es lo que nos interesa en una biografìa, todo lo demàs es prensa rosa .
Por esta vez, tal vez por tratarse de un mùsico obtuvimos ambos lados de la moneda, la parte artistìca, creativa de Ray Charles y su desarrollo como persona, sus temores, sus adicciones.
Todo acompañado de una banda sonora gratificante, que muestra las diversas etapas del mùsico, desde que asimilaba el estilo de otros artistas hasta que encontrò su propia voz, un estilo que perdurò en el tiempo.

El fin de Robinson Crusoe

El fin de Robinson Crusoe

-¡Se encontraba allí...!Allí exactamente, ¿se dan cuenta?, en alta mar cerca de la Trinidad, a 9° 22" de latitud norte. ¡No hay error posible!

El borracho golpeaba con su dedo mugriento un trozo de mapa, manchado de grasa y cada una de sus apasionadas afirmaciones provocaba la risa de los pescadores y los dockers, que rodeaban nuestra mesa.
Era conocido. Gozaba de un estatuto privilegiado.Era como si formara parte dekl folklore local. Le habíamos invitado a que bebiese un trago con nosotros para oír de su propia voz áspera algunas de sus historias. Su aventura era ejemplar y también lastimosa, como suele suceder.
Cuarenta años antes desapareció en el mar, como tantos otros.
Su nombre fue inscrito entonces en el interior de la iglesia, junto a los de sus compañeros de tripulación. Luego se le había olvidado.
Pero no hasta el punto de no reconocerle, cuando al cabo de veintidós años reapareció un día, hirsuto y vehemente, acompañado de un negro.La historia que con cualquier pretexto desembuchaba era de las que dejan con la boca abierta: único superviviente del naufragio de su barco, habría permanecido solitario en una isla poblada sólo de cabaras y papagayos, sin contar con ese negro al que había, según decía, salvado de una tribu de canívales. Al final les había recogido una goleta inglesa y él había regresado, después de haber tenido tiempo suficiente como para ganar una pequeña fortuna gracias a traficar con toda clase de mercancías; negocio lucrativo y fácil en los Caribes por aquellos tiempos.
Todo el mundo había celebrado su regreso. Se había casado con una joven, que podría ser su hija y la vida cotidiana y vulgar parecía haber tapado aquél paréntesis raro e incomprensible, repleto de un verdor lujurioso y de trinos de pájaros, que se abrió en su pasado por un capricho del destino.
Parecía, es verdad, porque, amedida que pasaban los años, era como si un fermento sordo fuera royendo desde dentro la vida familiar de Robinson. Viernes, su criado, fue el primero en sucumbir. Tras algunos meses de conducta irreprochable, comenzó a beber, al principio con discreción y después de un modo escandaloso. Luego vino el asunto de las dos muchachas embarazadas, que fueron recogidas por el hospicio del Santo Espíritu y que dieron a luz casi al mismo tiempo a dos bebés mestizos, que se parecían muchísimo entre sí. ¿Aquél doble crimen carecía de firma?
Pero Robinson puso un celo desmedido en defender a Viernes. ¿Por qué no le despedía? ¿Qué secreto- tal vez inconfesable- le ataba a aquél negro?
Pero acabaron desapareciendo ciertas sumas de importancia de casa de uno de sus vecinosy, antes incluso de que se despertara cualquier sospecha, Viernes desapareció.
-¡Imbécil!-comentó Robinson-. Si quería dinero para largarse, no tenía más que pedírmelo.
Y añadió no sin cierta imprudencia.
-Y además sé perfectamente a dónde se ha marchado.
La víctima del robo se agarró a aquella frase y exigió que, o bien Robinson le devolviera el dinero, o si no que le entregara al ladrón, y Robinson tras una pequeña resistencia, terminó pagando.
Pero a partir de aquél día s e le vió frecuentemente arrastrándose por los muelles o en los garitos del puerto, cada vez más encerrado en sí mismo y repitiendo de tanto en cuando:-Ha vuelto allí...sí. Estoy seguro...¡Ese golfo está allí en este momento!
Porque lo cierto es que se hallaba unido a Viernes por un secreto que no podía contarse y ese secreto era una manchita verde, que , cuando regresó, hizo que un cartógrafo del puerto añadiera sobre el azul óceano del Caribe. Aquella isla, después de todo, era su juventud, su hermosa aventura, su epléndido y solitario jardín...¿Qué esperaba bajo aquél cielo lluvioso, en aquella villa apestosa, entre aquellos negociantes y aquellos jubilados?
Su joven esposa que poseía la inteligencia
que da la intuición, fue la primera en adivinar su extraña y mortal nostalgia.
-Lo que pasa es que te aburres; me doy perfecta cuenta. ¡Vamos! ¡Confiesa que la añoras!
-¿Yo? ¿Estás loca...? ¿A quién añoro...qué es lo que añoro?
-Tu isla desierta...¡está claro! Y sé que es lo que te impide largarte mañana mismo...¿lo sé perfectamente!...¿Soy yo!
El protestó dando grandes voces, pero cuanto más gritaba, más segura estaba ella de tener razón.
Le amaba con ternura y nunca había sabido negarle nada. Murió. Y entonces él vendió su casa y fletó un velero rumbo al Caribe.
Pasaron unos cuantos años más. Y volvieron a olvidarse de él.
Pero cuando regresó de nuevo, parecía todavía más cambiado que tras su primer viaje.
Había hecho la travesía como pinche a bordo de un viejo carguero. Y era un hombre envejecido, destrozado, medio anulado por el alcohol.
Lo que dijo despertó la hilaridad general. ¡Inencontrable...! Su isla había resultado inencontrable y eso a pesar de los meses de encarnizada búsqueda.
Se había agotado en aquella vana exploración con una rabia desesperada, gastando sus fuerzas y su dinero para volver a dar con aquella tierra de dicha y libertad, que parecía haberse hundido para siempre en el mar.
-¡Y sin embargo tiene que estar alli_ repetía aquella tarde una vez más, golpeando con el dedo sobre el mapa.
En ese momento un viejo timonel se apartó de los demás y se acercó a darle un golpecito en el hombro.
-¡Quieres que te diga algo Robinson? Seguro que tu isla desierta está siempre en el mismo sitio. E incluso puedo asegurarte que tú ya la has encontrado otra vez...
-¡Encontrado otra vez?- a Robinson le faltaba el aliento-. Pero yo te digo que...
-Que sí, que la has vuelto a encontrar...¡Puede que hayas pasado diez veces delante de ella! Pero no la has reconocido.
-¡No la he reconocido...?
-No...porque tu isla ha hecho lo mismo que tú: envejecer.
¡Te dás cuenta...?Las flores se hacen frutos y los frutos madera y la madera verde madera muerta. En los trópicos las cosa van muy deprisa. ¡Y tú? ¿Mírate en un espejo, idiota!¡Y dime si tu isla hubiera podido reconocerte cuando pasaste ante ella?
Robinson no se miró en un espejo; el consejo era superfluo. Paseó un rostro tan triste y tan huraño sobre todos aquellos hombres, uno a uno, que la oleada de risas que hasta ese momento iba creciendo, se cortó en seco y en la tasca se hizo de pronto un enorme silencio.

MICHEL TOURNIER.
Tomado de El Urogallo, editorial Alfaguara.

arte erótico

arte erótico

dando tumbos en la red encontré esta página que ofrece una amplia muestra de arte erótico de todos los tiempos, acompañada de artículos como "
Sobre kinky y blisfull de Norbert Guthier" a cargo de Carlos Barbarito, en el que se discute como el contexto mismo va ejerciendo los límites entre lo que es erótico y lo que sobrepasa los límites profilácticos para entrar en terreno de la pornografía más descarnada:
"" Otros establecen límites entre "erotismo" y "pornografía". Este límite no es,
si vemos la historia del arte, el mismo, su reubicación a lo largo de la
historia obedece a los entornos sociales.""
Y cita a Passolinni:
""Tomemos un escena de laboratorio. Una
cámara, un hombre, una mujer. El director está frente a la acostumbrada
elección: ¿qué incluir y qué excluir? Hace veinte años (Pasolini se refiere a
los 50) el director habría incluido una serie de actos apasionados y
notablemente sensuales, hasta terminar en un largo beso. Hace diez años (ahora
habla de los 60) el director habría "incluido" mucho más: después del primer
beso habría llegado el momento en que las piernas, y casi completamente, los
senos de la mujer, fuesen descubiertos, añadiendo un segundo beso claramente
precedente del coito. Hoy (habla de los 70) el director puede "incluir" mucho
más: puede incluir el mismo coito (aunque falseado por los actores) y desde
luego el desnudo completo.

Cada director, entonces, hizo una elección: ¿qué mostrar y qué ocultar? Pero
la elección no es sino la ocupación del espacio que el contexto social y
político le concedía. Pasolini, en este mismo texto, habla de su decisión de
ir más allá de lo permitido y representar el sexo en detalle. No le fue fácil,
al contrario, aumentar todavía más, esas son sus palabras, las posibilidades
de lo representable. Es decir, llevar el fenómeno fuera del "área de
permisibilidad" donde lo erótico queda confinado - o, lo que es lo mismo,
inmovilizado, domesticado y consumido - para, entre otras cosas, tratar de
recuperar una realidad física que el consumo desrealizó. No habría llegado,
afirma Pasolini, al fondo de la representación de la realidad corpórea si no
hubiera representado el momento corpóreo por definición.

Desde entonces pasaron treinta años. El "área de permisibilidad" se extendió
pero no con ello lo erótico se mueve libremente. Por el contrario, el proceso
de desrealización del cuerpo continuó sin tregua y sus efectos, ya percibidos
en días de Pasolini, nacidos de la duplicidad de pretender ser sexualmente
libre y, al mismo tiempo, conformista, son la neurosis, la insatisfacción y la
infelicidad. ¿Qué decir de nuestro país, de su sociedad, que desde hace
décadas vive inmersa en la cultura del consumo y, en los últimos años sobre
todo, no dispone con frecuencia de lo mínimo admisible? ""

La disponibilidad de imágenes y el deseo voyeurista que impera actualmente nos colocan en la posibilidad de consumir cuerpos en todo momento, canibalizando la visión, pero descorporizando el cuerpo mismo , la mirada como tal:
"bajo el rótulo de
la "liberación" muchas veces aparece una comercialización, más o menos oculta,
que no hace sino confirmar aquello contra lo que sostiene combatir. El
desarrollo de la sociedad de consumo aceleró el proceso y "provocación" y
"transgresión" son objeto de comercio, de manipulación comercial, y, se sabe,
con ello triunfa el concepto de "la naturaleza humana como mercancía" y Eros
debe emprender la retirada. Un modo de conjuro sobre una fuerza antigua y
profunda, es decir, como sostenía Pasolini, se muestra enteramente a un hombre
y a una mujer por fuera pero se evita que se lean sus almas. "

Y establece fuerte conclusiones:
"Me parece que la tarea del artista sigue siendo, y creo hoy más que nunca, la
transformación en realidad del cuerpo, la descomercialización de sus
relaciones, desesperado recurso antes de que el último lugar donde todavía se
refugia el hombre acabe por ceder señorío a una máscara, una patética sombra. "

Todo esto y más en www.anakarsis.com/eroticon/home"

Poemas de Jaime Sabines

Poemas de Jaime Sabines

Horal

El mar se mide por olas,
El cielo por alas,
Nosotros por lágrimas.

El aire descansa en las hojas,
El agua en los ojos,
Nosotros en nada.

Parece que sales y soles,
Nosotros y nada...

Lento, amargo animal
Que soy, que he sido,
Amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
Que en la primera generación del hombre pedía a Dios.

Amargo como esos minerales amargos
Que en las noches de exacta soledad
-maldita y arruinada soledad
sin uno mismo-
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.

Amargo como esa voz amarga
Prenatal, presubstancial, que dijo
Nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
Que murió nuestra muerte,
Y que en todo momento descubrimos.

Amargo desde dentro,
Desde lo que no soy,
-mi piel como mi lengua-
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.

Lento desde hace siglos,
Remoto - nada hay detrás -,
Lejano, lejos, desconocido.

Lento, amargo animal
Que soy, que he sido.

LOS AMOROSOS

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se estan yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre- ¡ que bueno !-
han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.

En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

Los he visto en el cine,
Frente a los teatros,
En los tranvías y en los parques,
Los dedos y los ojos apretados.
Las muchachas ofrecen en las salas oscuras
Sus senos a las manos
Y abren la boca a la caricia húmeda
Y separan los muslos para invisibles sátiros.
Los he visto quererse anticipadamente, adivinando
El goce que los vestidos cubren, el engaño
De la palabra tierna que desea,
El uno al otro extraño.
Es la flor que florece
En el día más largo,
El corazón que espera,
El que tiembla lo mismo que un ciego en un presagio.

Esa niña que hoy vi tenía catorce años,
a su lado sus padres le miraban la risa
Igual que si ella se la hubiera robado.

Los he visto a menudo
- a ellos, a los enamorados-
en las aceras, sobre la yerba, bajo un árbol,
encontrarse en la carne,
sellarse con los labios.
Y he visto el cielo negro
En el que no hay ni pájaros,
Y estructuras de acero
Y casa pobres, patios,
Lugares olvidados.
Y ellos, constantes, tiemblan
Se ponen en sus manos,
y el amor se sonríe, los mueve , les enseña,
igual que un viejo abuelo desengañado.

El fabricante de almas

El fabricante de almas

El siguiente relato de René Rebetez está tomado de la página de la revista Ojo
de Agua Número 25, de 2000, www.revistaojodeagua.com

De Cuentos de amor, terror y otros misterios Colombia

Una vez más acepte mi cordial agradecimiento,
mi querido y viejo amigo.
Ojalá hubiera en el mundo
mas autómatas como usted.

Carta de Charles Darwin a Tomás Huxley.

La imagen del Amigo
está colocada en el espejo del corazón
Siempre que voltees a mirarlo,
Allí lo podrás ver.

De un poeta anónimo Urdu.

El expreso que conecta a la ciudad de Ankara con Estambul se deslizaba en la noche silenciosamente. En el compartimento que me había tocado en suerte apenas se notaba el movimiento del tren y recostado en dirección a la ventanilla miraba distraídamente hacia la oscuridad exterior, iluminada a trechos por las amarillentas luces de alguna granja. Vencido por el sueño, el libro que había estado leyendo, una edición turca del Masnevi la obra cumbre de JALALUDIN RUMI, se deslizó de entre mis manos y cayó silenciosamente al suelo del vagón.

Cuando me apresté a recogerlo, en medio del sopor que me inundaba pude ver que había quedado abierto en una página donde se podía leer como epígrafe el aparte de uno de los poemas más significativos del autor:

En la amplitud de la Tierra de Dios
¿ Por qué te has dormido en una prisión?

No alcancé a recoger el libro, porque alguien se me adelantó. Casi había olvidado al pasajero que estaba sentado frente a mí: a primera vista era un hombre común y corriente, el típico turco del centro del país, de estatura mediana, tez oscura, espeso bigote y nariz prominente sobre la cual brillaban unos ojos de impenetrable negrura. Vestía formalmente de traje y corbata y las puntas del cuello de su camisa habían sido ostensiblemente mal planchadas. Sobre el hirsuto cabello y sin lograr cubrirlo totalmente, un gorro turco de fieltro coronaba el conjunto. Llevaba consigo un portafolio Samsonite y había acomodado en el compartimento de equipajes un abultado maletín, todo lo cual le daba un sospechoso aspecto de vendedor ambulante.

Las manos nudosas del hombre, a todas luces provinciano, tomaron el libro y en lugar de regresármelo inmediatamente le dio vuelta para leer. Impuesto del epígrafe y del título, me lo extendió obsequiosamente dirigiéndose a mí en un inglés gutural:

- Veo que gusta de la buena lectura, caballero. Mevlana es nuestro poeta más grande (1)....

Asentí dando las gracias brevemente, temiendo que mi compañero de viaje intentara aprovechar la oportunidad para entablar conversación. El sueño se había despabilado, así que intenté sumirme en la lectura nuevamente, pero evidenciando su propósito de socializar, el hombre continuó diciendo:

- También veo que JALALUDIN RUMI , Mevlana , lo ha hecho despertar. Su pequeño gran poema sobre el sueño ha venido muy al caso. Estaba usted a punto de roncar como un bendito. !Ahora ya no podrá usted dormir!

Debió parecerle muy gracioso lo que dijo porque soltó una estruendosa carcajada en tanto que palmoteaba como un niño. Luego, recobrando la compostura y atusándose el bigote agregó seriamente:

- Le ruego disculpe la intrusión. Mi nombre es MEHMET YAVUZ, oriundo de Konia y soy comerciante de profesión.

No me había equivocado. Dentro de un momento el hombre intentaría venderme algo. Sin embargo la mención de Konia despertó algo mi curiosidad. Era esa, casualmente, la ciudad donde había pasado la mayoría de su vida JALALUDIN RUMI quien había nacido en la provincia persa de Khorasán, hoy Afganistán, en el mes de septiembre de 1.207. Desde muy niño el futuro poeta y filósofo fue trasladado a Konia por su padre, quien huía con toda su familia de una persecución local y también de las hordas invasoras de GENGHIS KHAN, hasta que finalmente encontró protección en Turquía bajo la égida de la dinastía de los Selyudides.
Así que allí, en Konia, el poeta había compuesto el MASNEVI , impartido su enseñanza y compartido con su maestro y amigo, el misterioso SHAMS de Tabriz. La añeja ciudad se convirtió en un centro de peregrinaje y en la legendaria sede tradicional de los MEVLEVI , la orden de los llamados derviches giratorios que el mismo RUMI había fundado en el siglo XIII. Hoy en día sus integrantes sólo están autorizados por el gobierno turco para efectuar cada año una representación pública de la ceremonia del Sema, como se denomina la danza de los MEVLEVI , ya que a principios de este siglo KEMAL ATATURK la había proscrito, en su inútil afán de occidentalizar a Turquía y barrer de su geografía toda expresión tradicional.

- Las casualidades no existen, estimado amigo, -dijo el turco adivinando mis pensamientos-. No es el azar lo que ha hecho que yo viaje en este tren rumbo a Estambul, como usted también lo hace, ni que esté sentado enfrente suyo, ni que el libro que usted lee haya caído de sus manos en un momento de inconsciencia, ni que haya quedado abierto precisamente en esa página. Alguna vez MEVALANA dijo refiriéndose a la forma en que impartía su sabiduría: Las personas acuden a mí y yo las amo. A fin de que puedan comprender, les doy poesía. Siglos después de su desaparición, el numen del Maestro sigue cumpliendo su misión. Todo está unido por hilos invisibles, estimado señor, sólo que no podemos ver el principio ni el fin de cada uno de ellos, ni el origen ni el destino de las cosas, ignorando por lo tanto su verdadera utilidad.

Estaba seguro de que el hombre iba derecho a venderme algo. Sólo que ya se perfilaba como uno de esos singulares magos, merolicos o culebreros de feria cuya mercancía suelen ser unguentos y panaceas, yerbas, chochos y brebajes para curar desde la impotencia hasta la tuberculosis galopante, aromoterapias para los malos humores y placebos de colores para vivir mejor. Así que suspiré en espera de lo peor. Pero nuevamente el hombre se me adelantó:

- Con el perdón suyo, caballero, puedo ver que su mente está llena de prejuicios hacia mí. Sin embargo recuerde que el hábito no hace al monje sino a quien lo mira. En efecto, como yo mismo se lo he dicho, soy un comerciante y usted se pregunta qué puedo vender. Cuando lo descubra, a lo mejor usted mismo va a rogarme que le venda algo del material que trafico. La vida está de sorpresas, mi estimado señor.

Comencé a sentirme incómodo. La forma de expresarse del señor MEHMET YAVUZ era algo pedante y por los tiempos que corren, la palabra "tráfico" podía implicar cosas relacionadas con la droga. Por mi mente pasaron en rápida secuencia las imágenes del Expreso de Oriente y las pavorosas prisiones turcas. Lo más recomendable era cortar por lo sano antes de verme envuelto en algo que desconocía. Así que anuncié en un tono cuya inflexión no dejaba lugar a dudas:

- Lamento mucho, señor MEHMET , pero me temo que no necesito nada de usted. Si me lo permite, regresaré a mi libro.

Dicho lo cual, intenté de nuevo enfrascarme en la lectura. Inútilmente. La curiosidad rondaba en mi cabeza sin dejarme concentrar. El estado de sueño y la inexistencia del azar no eran temas que abordara un ignorante. Y la referencia que el turco había hecho acerca del hábito, del monje y de quien lo mira, podía ocultar más que un banal doble sentido. Además, el hombre parecía leer mis pensamientos y hasta lograba adelantarse a ellos. En ese mismo instante, yo sabía que él sabía lo que estaba pensando.

- Todo es previsible, mi estimado señor. Pero especialmente en un hombre como usted. Sus reacciones obedecen a un cierto tipo de estandarización, responden a lo que usted denomina sus valores y que yo llamaría su programa. Usted es lo que en occidente se llama un hombre culto. Lo cual para nosotros quiere decir que tiene ciertos prejuicios sólidamente establecidos y que reacciona ante los estímulos exteriores maquinalmente, como una computadora previsible.

Y en efecto, como si estuviera contestando a una pregunta mía agregó:

- Conozco la inquietud que expresó el doctor TOMÁS HUXLEY con relación a lo que él llamaba "la máquina biológica". En realidad ni él ni su asociado el señor DARWIN se equivocaban en aseverar que el hombre es solamente un aparato sin voluntad propia, un androide manejado a control remoto por muchas cosas, entre ellas la herencia genética, el medio ambiente y la química del carbono. La teoría de la evolución de las especies es una prueba palpable de ello: el ser humano es prisionero de un destino prefabricado de antemano por sus ácidos nucleicos... lo que no supieron ver es que hay una forma de salir de esa prisión y que el hombre puede ser dueño de su propio destino.

- No vaya tan rápido, mi estimado señor MEHMET ,- le interrumpí. El asunto no es tan fácil. Una simple máquina no puede ser genial. Se requiere una gran dosis de creatividad para ser un gran artista, un músico o un escritor, por ejemplo. Y a decir verdad, para ser usted un comerciante, no lo hace nada mal con la filosofía, pero todavía le hace falta recorrer mucho camino...

- Gracias por su indulgencia. Enseguida se echa de ver que es usted un académico. Yo en cambio no tengo ningún diploma que exhibir. Sin embargo, creo que lo que usted anota respecto a la genialidad de los intelectuales y los artistas no corresponde para nada a la realidad. Si bien es cierto que las máquinas, hasta el momento, carecen de la inspiración necesaria para escribir por su propia cuenta obras maestras de la música o la literatura, no es menos cierto que lo mismo sucede con el común de los mortales. Lo que usted sostiene implica una discriminación, quiere decir que la mayoría de los hombres nunca han escrito una novela ni compuesto una sonata y sin embargo se toman por humanos.

El cinismo del turco pasaba de la raya. Sin quererlo me había involucrado en una absurda discusión con el desconocido. Pensé que lo mejor sería hacer caso omiso de lo que decía y tratar de volver a la lectura de mi libro. Pero algo en mi forma de ser me lo impidió. Diríase que aquel hombre sabía cuales resortes mover en mi interior para llevarme a donde él quería, porque me sorprendí respondiendo en un tono de voz ligeramente alterado:

- Nunca he dicho semejante cosa. Jamás he discriminado a nadie, me precio de ser un liberal y un demócrata.

- Pues francamente hablando, no lo parece. Usted considera a los artistas y a los intelectuales como una élite, piensa que son una clase separada de los demás seres humanos. Me imagino que también considerará seres superiores a los científicos y seguramente a los políticos. Pero una vez más. La inmensa mayoría de las personas nunca han sido presidentes, ministros, ni siquiera.

- Ergo, la posesión de una inteligencia superior implica una superioridad sobre los demás. ¿Y cuáles son sus parámetros para medir la inteligencia de los hombres? ¿ Cree realmente que BEETHOVEN o GOETHE fueron más inteligentes que el jardinero de su casa o el peluquero de la esquina? Seguramente usted gana más dinero y es más famoso que su secretaria. ¿Pero es por eso más inteligente que ella?

Sin darme tiempo a interrumpido, el hombre continuó:

- Nosotros creemos que no hay ninguna desigualdad real entre los seres humanos. La única distinción que hacemos es aceptar que hay hombres que permanecen dormidos toda la vida y unos pocos que han logrado despertar. y este despertar depende íntegramente de su voluntad. Las otras diferencias se deben simplemente a una variedad de programaciones. Pero esto no implica ninguna distinción esencial. Por el contrario, significa una espantosa estandarización. En realidad, no hay ninguna diferencia entre usted y el hombre que recoge la basura, ambos obedecen a programas distintos, eso es todo.
- Me abstuve de preguntarle a quién se refería cuando hablaba de nosotros y de preguntarle qué era eso de hombres dormidos y hombres despiertos. Evitando verme envuelto en una discusión emocional, preferí señalar, en tono neutro:

- Entonces digamos que unos programas son mejores que otros...

- En absoluto. Ese en un error de apreciación. Las diferencias económicas, sociales y culturales son apenas archivos diferentes que pertenecen al mismo directorio general: el de hombres-máquinas, esclavos de un determinismo total, que sueñan la ilusión de vivir en libertad.

- ¿ y qué decir de las inteligencias frustradas por motivos de orden social y económico? Este mundo está lleno de violinistas que trabajan como ascensoristas y de estupendos ascensoristas que tocan horrendamente el violín. Algunos tienen muy mala suerte...

El hombre pareció enojarse seriamente. Sobreactuando, como buen meridional, dio un puñetazo sobre el portafolio en tanto que vociferaba:

-¡Por todos los demonios! La palabra suerte debería ser borrada de los diccionarios. La gente sigue achacando a la mala o buena suerte lo que sólo atañe a su propia responsabilidad. No hay nada que obedezca a la casualidad, ni siquiera este encuentro aparentemente fortuito. Todo obedece a un programa trazado de antemano.

- Su contradicción es muy obvia -, le atajé. Por un lado habla de responsabilidad y por el otro de un determinismo absoluto. ¿Cómo pueden la libertad y la esclavitud ir de la mano?

- Nunca dejarán de hacerlo, pedazo de tonto.

Mi indignada reacción ante su falta de respeto se vio inhibida porque la entonación del hombre tuvo una inflexión inesperada: había adoptado un tono casi paternal y su voz tenía ahora una modulación persuasiva. Así que me contuve y el hombre continuó diciendo:

- Así como el día y la noche no pueden separarse, la vida no puede existir sin la muerte ni la libertad sin la cárcel. A eso ustedes lo llaman dialéctica, pero en la práctica sólo quieren quedarse con el lado bueno o con el lado malo de las cosas. Eso es vivir fuera de la realidad. La vida, en esta dimensión, está literalmente hecha de contradicciones, pero no es buena ni es mala, solamente es.

No agregué nada por considerarlo inútil. Tampoco intenté proseguir la lectura, simplemente volví a contemplar la noche a través de la ventanilla. Estaba ansioso por llegar a Estambul. Una vez terminada mi labor en la universidad me había prometido unos días maravillosos en esa ciudad de las mil y una noches, pletórica de historia y de misterio. y aunque parezca tonto, uno de mis más grandes deseos, aparte de volver a la catedral de Santa Sofía y visitar el Topkapi, antiguo palacio de sultanes que guarda entre sus vetustos muros maravillosas joyas, era tomar un largo baño en el Cagaloglu, el hamami (2) más antiguo del mundo, que se encuentra a unas pocas cuadras de la Mezquita Azul. Construido en mármol blanco durante el Imperio Romano, sus enhiestas cúpulas y extraordinarios relieves abrigan un escenario tan evocador y misterioso que ha sido escogido varias veces como locación cinematográfica.

A partir de ahí estos pensamientos míos dieron pábulo a toda una secuencia de hechos imaginarios y mi mente. viajó hacia un pasado remoto en donde bellas huríes danzaban en el serrallo del Topkaki, con el maravilloso paisaje de un atardecer sobre las aguas del Bósforo, como telón de fondo. La bailarina más bella tenía las facciones y el cuerpo de una mujer que por ese entonces se adueñaba frecuentemente de mis pensamientos. Las imágenes que siguieron se encadenaron una tras otras a gran velocidad y como sucede siempre en estos casos, perdí la noción del tiempo mientras navegaba con la imaginación.

Esta vez el silencio me sacó del ensueño. Ante mi sorpresa, el otro ocupante del compartimento no había interrumpido mis divagaciones. En cambio pude advertir que me miraba de soslayo, con una expresión intensa que subrayaba en su rostro una sonrisa burlona.

- Parece usted muy divertido observándome, señor Yavuz . ¿No tiene otra cosa que hacer?

–Nada mejor, estimado amigo. El espectáculo del sueño ajeno siempre me ha embargado. Es muy interesante observar a un individuo que carece de existencia real. Cuando usted sueña despierto no está en ninguna parte. El pasado ha muerto, el futuro no ha nacido y el presente está agonizando. Sin embargo ese presente que muere y nace a cada instante es lo único que tenemos a nuestra disposición. ¿En dónde estaba usted entonces? En la nada absoluta. Aunque su cuerpo estaba ahí sentado, usted estaba ausente. No existía, simplemente soñaba. A esto se refiere Rumi cuando pregunta: ¿Por qué te has dormido en una prisión?

Habíamos retornado al principio de la conversación. Era Rumi quien había dado pie para que comenzara y era Rumi quien volvía a reanudarla. El turco, a quien ahora miraba con más respeto, sabía atar cabos. Es bien sabido que los poetas sufíes se expresan en diferentes niveles: bajo la constelación de orgías, vino y mujeres del Rubayata de Omar Khayam , por ejemplo, se esconden significados ocultos que atañen a conocimientos que son proverbialmente perseguidos por racionalistas y fundamentalistas de toda laya. Yo había oído antes en alguna parte y leído entre líneas también, que algunas escuelas filosóficas orientales sostenían que la vida es sueño, como lo había enunciado obviamente también Calderón de la Barca entre nosotros. El famoso cuento chino de Chuang Tzú quien soñó ser una mariposa y al despertar no supo ya si era Tzú quien había soñado ser una mariposa o si era una mariposa que había soñado ser Tzú , ilustra a la perfección el gran interrogante que algunos hombres de excepción se han planteado con relación a su consciencia. Era el mimo dilema que ahora abordaba, en forma muy pragmática, un comerciante turco de quién sabe qué cosa, en un vagón del tren expreso a Estambul. Sin embargo mi arraigada formación cartesiana sólo me llevó a decir:

– Pienso luego existo... expresó un gran filósofo, mi estimado Mehmet .

– Pamplinas -dijo el turco. Yo más bien diría: pienso luego sueño que existo - agregó mientras me dirigía una mirada singularmente intensa. Una absurda idea me asaltó: evidentemente ese hombre quería comunicarme algo inexpresable en palabras e intentaba fijarlo por otros medios en mi corazón . Luego agregó, como quien no quiere la cosa:

– Debo serle sincero, mi estimado amigo. En realidad soy un comerciante y por lo tanto un vendedor. Yo vendo lo que produzco: soy un fabricante de almas.

Aquello llegaba a extremos de presunción inesperados. Todo lo que había dicho el turco hasta ahora sonaba muy extraño, pero razonable. Ahora esta declaración espontánea de insania evidenciaba una mente esquizofrénica.

– Como de costumbre, usted pensará muy mal de mí y decidirá que estoy loco, distinguido profesor.

– Su voz sonó cansada, algo lejana, como de alguien aburrido de repetir una historia que ha narrado muchas veces.

– Cuando alguien no entiende algo, resuelve que ese algo no es verdad. No estoy loco, estimado amigo. Lo que sucede es que todo lo que yo digo contradice una programación que usted tiene entasada en su disco duro desde hace mucho tiempo. Pero esa información es espuria, no pertenece a su programa original. Le ruego que me escuche detenidamente aunque mis palabras causen automáticamente en usted una reacción natural de rechazo.

– Había subrayado la palabra automáticamente con una entonación muy especial. Carraspeó aclarándose la garganta y luego continuó diciendo:

– Cuando se dice, ante el atroz espectáculo de las guerras, los desastres ecológicos y otras calamidades ocasionadas por los hombres, cuando se dice, repito, que esta es una humanidad desalmada no es un eufemismo, es una aserción literal. Los hombres, estimado profesor, no tienen alma. y si alguien quiere una yo puedo fabricársela.

Mi risa no pareció molestar le. El turco me había hecho pasar por muchos estados emocionales y ahora me estaba divirtiendo genuinamente. Según su forma de ver, una máquina biológica también podía reír automáticamente, así mi jolgorio carecía de importancia.
– Ustedes han sido convencidos de que el alma (algo que nadie sabe a ciencia cierta qué demonios es) viene incorporada al ser humano desde su nacimiento. Nada más falso. El hombre no viene completo a este mundo. Procedente de las capas más bajas de la naturaleza, en su evolución biológica ha llegado a adquirir la forma humana, pero está lejos de ser un hombre concluido, Insan Camil , "un hombre perfecto", como dicen los musulmanes. Esa es precisamente la misión que debe cumplir todo proyecto de hombre recién llegado a este planeta, perfeccionarse a sí mismo. Es algo que debe lograr por un esfuerzo continuado de su voluntad. y en ese esfuerzo radica la única posibilidad que tiene de ser realmente dueño de sus actos y de su destino. Yo solamente me limito a introducir en un proyecto de hombre la semilla del despertar. Lo demás es cosa suya.

– Acto seguido pareció perder interés en la conversación, echó un vistazo a un antiguo reloj de bolsillo que sacó de las profundidades de su chaqueta y procedió a extraer de su maletín un paquete que abrió cuidadosamente. Contenía un gran sándwich de pescado ahumado y queso fresco. Con un ademán me insinuó que podía compartido conmigo, pero ante mi negativa procedió a devorado concienzudamente. Yo había enmudecido. Los filósofos naturales tienen la virtud de no respetar ningún tabú, pensé para mis adentros. Sin embargo, las extrañas ideas del turco rondaban en mi cabeza y la desazón causada por su intensa mirada persistía causándome una inquietud extraordinaria.

Un poco para evitar el espectáculo gastronómico y también porque el apetito del turco había despertado el mío, decidí que un cambio de ambiente me vendría muy bien así que después de desearle un buen provecho salí del compartimento en busca del vagón restaurante.

Una vez allí encontré sitio en una mesa vacía y me acomodé nuevamente al lado de la ventanilla. Ordené al mesero antipastos turcos acompañados de una botella de Rasé d’ Anjou y procedí a mirar en torno mío. El vagón restaurante estaba casi vacío, eran pasadas las diez de la noche e imaginé que la mayoría de los pasajeros ya habrían cenado. No pude localizar ninguna mujer bonita, que es lo primero que automáticamente suele capturar mi atención en los lugares públicos y observé apenas a dos parejas jugando a las cartas y constaté que no había nadie digno de interés. Así que procedí a consumir las viandas, al mismo tiempo que degustaba el estupendo vino.

Como es inevitable al comer solo, mi imaginación comenzó a vagar otra vez. Así que al terminar la comida, no supe en dónde había estado realmente todo ese tiempo. Ante mí tenía los platos vacíos y en la copa restaba algo de vino. Si bien podía recordar vagamente algunos momentos de presencia, cuando había llamado al mesero para pedirle algo y otros en que mis sentidos me habían sacado de mis pensamientos, por primera vez en la vida constataba que había comido mecánicamente sin que a ciencia cierta pudiera haber dicho dónde había estado mi conciencia mientras lo hacía. Comprobé que ese era mi estado habitual. y no pude menos que reconocer que había pasado la mayor parte de mi vida en esa lamentable condición de enajenación y ausencia de mí mismo.

Me invadió la certeza de ser un robot con apariencia humana y me encontré como un extraño dentro de mi propio cuerpo .

Experimenté cierta dificultad para moverme y algo en mí comprendió que había hecho parcialmente conscientes algunos mecanismos servomotores de mi organismo y la reacción que esto producía era de una cierta torpeza mezclada con asombro. Podía verme a mí mismo como un androide que pugnaba por ser hombre.

A mi alrededor constaté que las personas estaban evidentemente dormidas a la realidad y percibí que actuaban como sonámbulos. Uno de los hombres que estaban jugando cartas se enfureció por algún motivo baladí y con el rostro enrojecido por la cólera tiró los naipes y manoteó sobre la mesa, rompiendo un vaso. Luego se levantó y en actitud soberbia, abandonó el vagón: era la patética imagen de un muñeco de carne. No se veían mejor los que quedaron, las sonrisillas nerviosas y las grotescas actitudes que tomaron eran la representación de una tragicomedia barata. Se diría que todos traían puesta alguna máscara.

La certeza vívida y punzante de que somos marionetas movidas por hilos invisibles, me acompaña desde entonces. Comprendí que el vendedor ambulante era una especie de derviche trashumante (3). Me había "vendido" la idea del despertar y en alguna forma me había conducido a vivenciar el constante estado de ensueño en el que había estado sumido desde siempre.

Entendí entonces por qué es imposible liberar a un prisionero que no sabe que está preso, o despertar a un durmiente que sueña que está despierto.

En ese preciso instante supe por qué Darwin había sido un enfermo crónico de melancolía. Con excepción de su amigo Tomás Huxley , nadie antes que él había observado tan detenidamente el condicionamiento esclavizante al que nos tiene sometidos la llamada evolución de las especies, en cuyo desarrollo y resultados consecuentes nuestra conciencia no interviene para nada. La visión de esa tenebrosa prisión debió causar en él las crisis depresivas que lo atormentaron hasta el día de su muerte.

Por un momento creí ver reflejado en el cristal de la ventanilla del tren el rostro burlón de Mehmet Yavuz y sentí su mirada de acero clavada en mis ojos. Di la vuelta, pensando que aquel era un auténtico reflejo pero no había nadie tras de mí. De repente supe que mi compañero de viaje conocía el secreto de la liberación y sentí la imperiosa necesidad de hacer al señor Mehmet Yavuz partícipe de mi extraña experiencia y plantearle mil preguntas. Me paré corno un resorte, dejé unas cuantas liras turcas sobre la mesa y salí corriendo torpemente en busca suya.

Cuando abrí la puerta del compartimento lo encontré vacío. El derviche no estaba, su portafolio y el maletín habían desaparecido. Comprendí que nunca lo volvería a ver. Yo quedaba entre dos aguas, siendo testigo de mis sueños y tratando de despertar al mismo tiempo. Ahora me encontraba solo ante la ignota tarea de fabricarme un alma. Del libro colocado sobre mi asiento sobresalía un trozo de papel. Me apresuré a abrirlo en la página marcada. Hallé subrayado este poema en donde se canta el más grande anhelo al que un ser humano puede aspirar.

No soy de agua o de fuego
Ni del viento que aturde mi cabeza
No soy de la tierra cerámica marcada
Yo me río de todos ellos.

1. Mevlana, ‘Nuestro Maestro”. En el Medio Oriente Jalaludin Rumi es conocido por el apelativo de Mevlana.

2. Baño de vapor.

3. Derviche, del persa “darwih”, pobre. Se refiere a los sabios mendigos itinerantes que impartían su conocimiento en los lugares que visitaban.

Poema ser

Poema ser

Poema ser

ser un semáforo bajo la lluvia
ser un rayo sobre un pararrayo
ser un papagayo
ser un aviso luminoso a las 6 de la tarde
ser un revólver y una bala
un enemigo peligroso
un día cualquiera en la hoja del almanaque
unos hilos de lluvia sólida
un poco de frío
un edificio mojado de 14 pisos bajo la lluvia
el cielo hace su propia revolución
los hombres se esconden
de miedo
en los recintos cerrados
en los aleros
en los escampavías
ser la velocidad de un automóvil
ser el comandante de la revolución celeste
ser una golondrina retardada en el imperio de la lluvia
los hilos telegráficos destilan gotas
ser la terraza en el firmamento
el transeúnte que no puede llegar tarde a su trabajo
la novia que va para una cita de amor
la motocicleta estacionada en la mitad de la calle
ser la basura que corre
los vidrios resfriados
el calor dominado
ser como mi mujer que me invita al lecho por su cuenta
ser un instante en compañía de otro instante cualquiera
ser una carta abierta
un telegrama sintético con una mala noticia
el pedal de un dentista
un arroyo que pasa sin inmutarse
por las hojas que lleva a la desembocadura
una sumadora de besos
una restadora de deudas
una multiplicadora de instintos bajos
una divisora de penas
ser el premio mayor de la lotería
un florero con anémonas y gladiolos
una flor de saúco
una hoja de verbena
un pistilo-estambrado
una declaración de guerra
un armisticio de paz
una revolución debelada
un muerto
un vivo
unas ganas de orinar
ser como mi mujer que no piensa
luego existe
ser una y otra vez
indefinidamente
yo mismo
gonzaloarango

La venganza de los Sith

La  venganza de los Sith

Acabo de ver el tan esperado Episodio 3 de La guerra de las galaxias, titulado La venganza de los Sith, con el cual queda sellada esta nueva trilogía, y develados los inicios del Imperio Galáctico y, ante todo, la transformación del joven Anakim Skywalker en el oscuro Lord Vader.
Ajeno a mí el próposito de buscar exégesis fuera de los límites de lo cinematográfico, ayer antes de entrar a ver la película, ojeaba revistas en una librería y descubrí un artículo en Le Monde Diplomatique en español, que a simple vista- dejo constancia de que NO ALCANCÉ A LEERLO-establecía paralelos entre las peripecias políticas de la cinta y la política internacional de Estados Unidos.
Considero que esta es la mejor de las tres películas de la nueva trilogía, centrada más en los conflictos emocionales y externos de los personajes que en las peripecias, los viajes y la develación de asombrosos paisajes, aderezado con espectaculares combates con espadas de luz.
La caída de Anakim en el lado oscuro de la fuerza está sembrada de la ambivalencia emocional que uno podría esperar en el descensus at inferos de cualquier héroe mitológico, por un lado el insaciable deseo perfectamente humano de no perder a Patme igual que perdió a su madre, temor y culpa cocinandose a fuego lento, y el sobrehumano deseo de poder que anhela alcanzar y que termina por consumirlo, literalmente, hasta transformarse en el pesadillesco ser conocido como Darth Vader, con una fuerte visualización del conflicto en una luna de fuego derretido y lavas ardientes, cual el alma en llamas del protagonista.
De igual manera la resolución del conflicto político que da paso al Imperio se encuentra limpiamente delineado, la pelea entre el maestro Yoda y el Emperador en la sala del Senado y el consiguiente destrozo de la misma, atisban al nacimiento de un nuevo orden que delege todo el poder en un solo individuo, aunque ,si no recuerdo mal la primer trilogía, ese es un conflicto que el emperador nunca podrá balancear del todo a su favor y uno de los motivos de la cración de La estrella de la muerte, el planetoide arma a cargo de Darth Vader.
A diferencia de otros héroes como Indiana Jones, Anakim no se detiene ante los poderes que no puede controlar, no los teme, sino que se entrega a ellos de una manera desmesurada. Me recuerda a esos obsesivos personajes de Balzac que se destruyen a sí mismos y todo alrededor por una obsesión, en aras de una única idea que los aleja de cualquier contacto con los simples humanos que arrastramos un destino que nos sobrepasa o que ni siquiera tratamos de entender.Pienso que ese mismo deseo de superar un destino, de inscribir una finalidad, una continuidad en la vida-alejado de la, en cierto modo, fría inmortalidad borgiana- es la clave del cambio de Anakim, la desesperación y el furor con el que se lanza en contra de todo lo que cree y ama, cual héroe trágico enceguecido arrasando consigo mismo al igual que con el dragón que piensa destruir, sin notar que héroe y monstruo son uno solo.
Creo que aún me encuentro demasiado asombrado por la película para ver sus fallos, y si no los encuentro, mejor todavía.
Tercer eslabón que permite engarzar toda la cadena, casi que condensa toda la imaginería de George Lucas, paisajes que dejan sin aliento, seres maravillosos, pasiones desbordadas y lumínicas batallas, todo HACE MUCHO TIEMPO, EN UNA GALAXIA MUY LEJANA........

paranoica fierita

paranoica fierita

El siguiente texto lo disfruté en la edición en papel de la revista Número, numero no sé qué, y luego lo fusilé de la página web de la misma, porque por supuesto nunca compré la revista, la leí en el estante de una librería y allí mismo la dejé, violada pero sin señas aparentes:

Para Fito Paéz de Paranoica Fierita.
Texto y fotografías de Sandro Romero Rey
Una fan de Fito Páez
escribe sobre sus experiencias, amores y desdichas a través
de la voz de Sandro Romero, escritor, dramaturgo y amante de la música
(...) Furiosa, me encerraba en las tardes en mi cuarto, desconectaba el teléfono y me quedaba como boba viendo las carátulas de los discos de Fito e imaginándome barbaridades. Hasta risa me daba ver a Fito encartado con mis nalgas, sudando la gota gorda, con la voz tembleque, como cuando canta. Miraba y miraba sus carátulas y combinaba esa consoladora sensación que va entre la felicidad y la tristeza. Eso me hacía plena. Chéveres las carátulas de Fito. Ideas así estaban en mi cabeza, cuando se vino el asunto de Cecilia Roth y mi vida se fue a pique. A mí no me importaba que el bobo ese se hubiera enamorado de Joaquín Sabina y hubiese sacado el maldito álbum de la sal y la pimienta. Yo sabía desde un principio que eso iba a terminar mal y mal terminó. Lo que no podía soportar era la lamida de culo a la actricita de mediopelo de la que se enamoró, cantándole a ella que «duerme bien acompañada, porque a menudo la acompaño yo»; muy chistosito, eso no se le hace a nadie, Fito Páez, la libertad tiene sus límites y a mí me respetás, te perdono tus delírium trémens y tus lluvias de semen y tus borracheras con el poeta madrileño. Pero no me soporto tu romance con esa bruja que te va a dejar mal parado. Lloré una semana entera. Mi papá entró una noche a mi cuarto y me preguntó que qué me pasaba y me tocó echarle una mentira de tres pisos, pero no me resistí a la tentación de decirle que la razón de mis tormentos se llamaba Cecilia Roth. «Ah», me dijo. «Debe ser parienta de Boris Roth». Y se fue a dormir. ¿Boris Roth? ¿Qué quiso decir con eso? No, no me consolaron tus palabras, papá. Por el contrario. Fui a regañadientes a ver Martín (Hache), por pura solidaridad con Fito, pero no quise dar ningún comentario al respecto y no quise repetirla. A veces la veo en video en mi casa, pero me muerdo la palma de las manos para no insultar a la que sabemos. No la voy a volver a nombrar. Mil dólares al que pronuncie la palabra Cecilia. Mil dólares. Y aparte. Mi reconciliación fue a ojo cerrado, un añito antes de que se acabara el milenio, con la venida al mundo de Abre, su mejor disco. Al fin sacó una carátula bonita, al fin una obra maestra, al fin me daba la cara y me miraba frente a frente. Me sentí orgullosa de tener en mi vida a un hombre como Fito Páez. Nunca fui tan feliz como en el lanzamiento de Abre. Allí me di cuenta de mi dimensión de esposa. Además, ahora lo pienso, la razón por la que me metí al coro de la Universidad de los Andes era porque yo quería ser Fabiana Cantilo. Yo soy afinadísima, a pesar de mí misma. Hago segundas voces porque en mi casa cantaba a los gritos, con mi papá en el acordeón. Y a mí me divertía hacer variaciones con la boca abierta, sin saber que, algún día, iba a ser la corista del flaco que ya amaba. Pero bueno, se me están atravesando los cables. Sería bueno revisar los archivos de la oficina de Fito, porque el famoso concierto de las cinco canciones fue después del concierto de Abre. Y lo sé, porque a Abre, también en el Palacio de los Deportes, fui sin Chiqui. Allí estuve, no me lo van a creer, con el director del coro de la universidad, que por esos asuntos del destino comenzó a aletearme con segundas intenciones. Yo me dejé llevar. Él trataba de que yo leyera a un tal Hölderlin y yo, muy tímida, le insistía en que oyéramos los discos de Fito Páez juntos. Para mi sorpresa, el hombrecito —muy comprensivo él— quedó impresionado con los arreglos de Euforia y me dijo, en secreto, que ese muchacho podía llegar a ser un clásico. Yo me acosté con él, no voy a decir mentiras. Si Fito se acostaba con mil dólares, por qué yo no iba a acostarme con mi maestro. Y fue rico. Los hombres de cuarenta años hacen unos esfuerzos sobrenaturales para que uno sea feliz. Y lo consiguen, no voy a decir que no.
Lo que pasaba era que yo no quería felicidad por aquellos días, sino canciones. El director del coro me sorprendió con las boletas de Abre y, como marido y mujer, entramos triunfantes al Palacio. ¡Ja! «Me imagino la cara de ira del pobre Fito Páez cuando me vea», pensé. Nos hicimos adelante, muy adelante. El director del coro, al que yo llamaba «el profesor literario», encendió su pipa y se quedó a prudente distancia, para observar el fenómeno. Cuando se apagaron las luces y los chiflidos atacaron los tímpanos, a mí se me volvió a correr la teja. Me olvidé de todo y de todos, me olvidé del profesor literario, de Chiqui, de los amaneceres azules. Todos los músicos estaban vestidos de blanco y negro y el señor Páez estaba de rojo muy intenso. Se había cortado el pelo y se veía más reposado, más satisfecho con él mismo. Comenzaron con Abre, la canción que abre Abre. Y otra vez la sorpresa, porque todas las bogotanas arrechas del público ya se sabían cada uno de los suspiros del álbum. Me hice la digna y no canté ni una sola palabra. Pero Fito me arrastró, no puedo evitarlo. Al final ya estaba yo azotando el piso con mis patadas de protesta y berreando las letras, como la niña de El exorcista. Todo el mundo me abrió campo, la poseída y el profesor literario se hizo el loco, me imagino; no lo volví a ver. Cuando Fito tomó su guitarrita y me dedicó Al lado del camino, pues otra vez caí rendida en sus brazos, aunque yo no estaba de acuerdo con muchas de sus palabras y la canción me parecía demasiado dylanesca.
El maldito se las trae, supo atacarme por donde más me gusta, por mi lado más flaco, nuestro cuarto de hora, hermosura; abrí los brazos hacia él como una virgen de pueblo y lo perdoné, mientras meneaba la cabeza de un lado para el otro, «la noche entre el whisky y la coca», lo que quieras, Fito Páez, aquí está tu magdalena sangrante, cuando quieras nos desnudamos y le subimos el volumen a Desierto, para que llueva arena sobre nuestra piel, para que el pelo nos sepa a guitarras, es sólo una cuestión de actitud, el Palacio de los Deportes entero aplaudió mi decisión y yo di discretas venias, sin querer aprovecharme de las circunstancias, vos sos el protagonista, Fito, eso lo tengo muy claro, pero hay que poner los puntos sobre las íes, no te podés pasar la vida entera en tu torre de cristal, acá abajo los mortales sudamos y botamos lágrimas y nos sentimos afectados cuando te portás mal, ya tuviste tu merecido, pero se te abona a la cuenta de Villa d’Este el hecho de que hayas regresado a Bogotá y me hayas dedicado unas canciones de desagravio, yo esas cosas las tengo en cuenta. Creo que nunca he sido más feliz que la noche de Abre. Ese día entendí que a los conciertos de rock hay que ir sola, sin ningún perro que te ladre. El profesor literario lo aceptó y se retiró en el momento en que Fito empezó a repasar su repertorio de viejos temas. Supongo que golpeó su pipa contra el tacón de los zapatos y se retiró, se fue a su casa y se desintegró oyendo a gritos el Réquiem de Fauré. Yo no quise volver al coro, pero él me siguió llamando. Creo que le costaba mucho trabajo el hecho de aceptar que yo lo cambiase por Fito Páez. A ratos pienso que quería que le devolviera la plata de la boleta del concierto. Eso para él representaba un gran esfuerzo económico y los discos de música clásica estaban carísimos. Pero me hice la boba, ni más faltaba. Volvamos más bien al Palacio de los Deportes, porque Fito no se fue tan rápido, qué va, lo mejor estaba por venir, lo mejor fue cuando cantó La casa desaparecida y yo se la recité de memoria. Bueno, esa historia ya la conté en algún otro momento y no pienso desgastarme repitiéndola. Aunque mi cima, mi entrada al cielo de Fito Páez ocurrió con La despedida, que el imbécil ese me cantó con terceras intenciones. Con tales actitudes no estoy de acuerdo, así no se trata a una niña de mi condición. Yo sé que andás muy subidito porque Phil Ramone te está parando bolas, pero yo te conocí primero, me muero de la pena, Phil Ramone que haga cola, porque en el principio no había nada, hasta que llegué yo. Pero Fito, por Dios, te insisto en que el disco me encantó, no te hagás el mártir, si hay que llevarse uno de tus álbumes al averno pues yo me llevaré éste, de eso no te quepa la menor duda. Cuando terminó el concierto, me tiré en el piso con los brazos abiertos y los ojos cerrados, mientras el público desocupaba el coliseo. Sentí los pasos de bisontes que se iban alejando y me dio un ataque de risa de sólo pensar que Adolfito se iba a bajar del escenario y me iba a besar sin contemplaciones en mitad de la pista. Pero, por supuesto, eso no sucede nunca, ni en las películas que tanto le gustan al caballero. Entre otras, creo que soy la única defensora de sus filmes, incluso La balada de Donna Helena, de la cual me considero su única espectadora colombiana. Y bueno, ya que tocamos el tema: lo que no tiene perdón de nadie es cómo trataron Vidas privadas en tu adorada Argentina. ¿Quién te mandó nacer en ese país de envidiosos? Yo prefiero mil veces tu opera prima antes que el Martín (Hache) ese. Pero claro, al caído caerle; aquí en Colombia se dice «dar papaya», el undécimo mandamiento. Fito Páez, se te vinieron encima, por mucha Cecilia Roth (¡mil dólares!) y mucho Gael García que les pusieses por delante, te iban a acabar y te acabaron. A mí me pareció muy buena, Fito, esa historia de Edipo en el cono sur, tragedia griega convertida en elegía a los desaparecidos, muy bonita, muy conmovedora. Y no se siente tu mano, es lo más interesante. Nadie me va a decir que el director de Vidas privadas es el mismo que escribió Rey sol. Si no fuera por Cecilia Roth, uno no sabría que el hombre de mis pesadillas es el mismo que dirige películas comprometidas y le canta a la Buena estrella. Pero sale, nos estamos desviando.
Después del concierto de Abre, se selló mi buena fortuna. Yo sabía que no podía ponerme a pelear contra Fito Páez porque Fito Páez iba a seguir allí, cuidándome, dándome canciones, sonriendo pasito y moviendo su cabeza como muñeco de ventrílocuo. Terminé la universidad con todos los honores y me dio cierta tristeza, el día de mi grado, ver al profesor literario dirigiendo el himno nacional de la república de Colombia con las manos temblorosas, porque sabía que yo andaba por allí, con toga y birrete, mirándolo con pesar. Ese día Chiqui volvió a cruzarse en mi camino. Después entendí que empujado por mis papás, porque era el único hombre que me habían conocido y era el único al que le tenían confianza. Nos fuimos a celebrar, él y yo, tras la champañita de rigor en mi casa. Bebimos como cosacos y terminamos borrachos en el Hotel Babilonia, en el cuarto en el que siempre se queda Fito Páez. Eso a Chiqui no le importaba. Al contrario. Creo que le fascinaba la idea del ménage à trois con mi marido argentino. Volvimos a nuestras andanzas y yo volví a recuperar su confianza. La verdad es que Chiqui, con el correr de los años, tenía toda la infraestructura para convertirse en un mal necesario. Como yo no envejezco, porque soy un personaje literario, Chiqui también se podía dar el lujo de permanecer cejijunto y despistado, como en los tiempos en que lo vi por primera vez. Chiqui le tenía una explicación a todo y entendía mi comportamiento con una lista de términos reveladores, los cuales iban desde la ausencia de la figura paterna hasta el síndrome de Ulises, que nunca me quiso explicar. Yo supuse que me llamaba así por el canto de las sirenas, pero Chiqui me acabó con su comentario: «No sea tan simplista, señorita». Me estampilló un beso en la mejilla y asunto cerrado. La crisis volvió a atacarme los occipitales cuando se publicó El diablo de tu corazón, el disco sencillo con Fito y su barbita de adolescente en la carátula. La canción, idéntica a El amor después del amor, me puso a bailar encima de las mesas. Pero cuando salió el álbum y me tocó soportarme el culito de su hijo, la peluca de Billy Preston y el amarillo pollito del fondo, salí a la calle gritando a los cuatro vientos que ese disco era una estafa. El peor de Fito Páez. Y me negué a oírlo. Pero eran celos, no voy a negarlo. Yo no me aguanto a su niñito. Para colmo, según me cuentan en las revistas, dizque el Martincito ese es in-so-por-ta-ble. Pero volvió la noticia, se repitió el acontecimiento y se corrió la bola del regreso de Fito para promocionar su Rey sol. Entonces me tocó tragarme mis palabras y aprenderme las canciones, porque no hay nada peor que llegar a un estadio sin saber lo que se está cantando: es como llegar al cine veinte minutos después de empezada una película: todo es muy bonito, pero no se entiende nada. De nuevo, me tocó morderme el codo de la ira. El álbum me encantó y dos días antes andaba por las calles de Bogotá con una luz de leche sobre mi cuerpo y tarareando Dale loca y Vale, la canción que le hizo a Charly García, luego de que éste se tirase de un noveno piso. Pero pasó lo que no tenía que pasar. En aquellos días de libertad incondicional, me dio por abusar de la botella, y el día del Rey sol me sentí Luis XIV y me bebí, antes del concierto, tres botellas de vino. El vino me entró por el camino del inca y, a la hora de partir, se me fueron las luces. Chiqui insiste en consolarme con el cuento de que me había llevado al concierto. Me pinta con lujo de detalles la entrada triunfal al Palacio de los Deportes, los aplausos que recibimos, las muecas de complacencia de Fito Páez semibarbado. Aunque no tengo ninguna conciencia de lo que pasó esa noche, me imagino que lloré, sobre todo con Lleva, que me pone sentimental. Pero eso de las borracheras no se lo recomiendo a nadie. Y esa noche las consecuencias fueron nefastas. Amnesia trémens. Yo le pido a Chiqui que no me cuente muchas cosas de ese día, porque puedo entrar en una depresión profunda. Sin embargo, Chiqui insiste en reírse e inventarse anécdotas, recordarme que me subí al escenario y canté Cable a tierra en el micrófono y que Fito me dio las gracias con un beso en la mejilla. Pura paja. Pero ahora la gente me mira por la calle más de la cuenta y yo he empezado a dudarlo. ¿Y qué tal que sea verdad? ¿Qué tal que me esté volviendo el hazmerreír del barrio por culpa de mis excesos alcohólicos? Creo que olvidarme por completo del concierto del Rey sol me hizo tomar una decisión radical: me fui a vivir con Chiqui a un apartamento en Chapinero. Mis papás no dijeron nada, pero me despidieron con lágrimas, como si me fuera a vivir a la Luna. En Chapinero tuve días de pesada calma y de hormigas debajo de la falda. Me dediqué a escribir una tesis infinita sobre la legislación cinematográfica en Colombia, más para dilatar el tiempo que por convicción de abogada. Pero mi cabeza ya estaba en otra parte. Creo que el concierto de las cinco canciones fue por aquellos días y luego vino la noticia de la independencia de Fito, de su separación de Warner y de Cecilia. Fito Se exilia. Reí a carcajadas y no opiné más sobre el asunto. Meses después me llegó por contravía Naturaleza sangre y una vez más el tiempo me dio la razón. Yo ya estaba lejos de sorprenderme. Ya sabía que cualquier cosa que escupiese ese cretino iba a ser una obra maestra. Y su nuevo disco lo corroboraba a leguas. Cuando Chiqui llegó al apartamento con la cajita rojiblancoynegra, con la carita de mártir del pobre Fito, barba de jesucristosuperestrella y goticas escarlatas cayendo sobre el cartón, supe que me iban a revolcar las entrañas otra vez. Y me las revolcaron de principio a fin. Chiqui no pudo decir ni mu, porque la dicha saltaba a la vista, con el aliciente de ser un disco de argentino despechado, esto es, que no reconoce su derrota, pero se le cuela por los bordes, se le siente en cada dejo, en cada gemido, en cada rincón de sus teclados. Una semana después, Chiqui llegó con las boletas del concierto. Le di las gracias de todo corazón, pero le dije que prefería ir sola. Que tenía que ir sola y él debería entender muy bien las razones. Chiqui, que le encanta agachar la cabeza, dijo que sí, que claro, que por supuesto. Pero llegó, perrito faldero, a la hora menos indicada, a vigilarme la espalda. El escenario era en forma de T y Fito apareció en la horizontal, frente a su teclado, o sea que lo tuve todo el tiempo en mis narices. Arrancó con Nuevo, que es una canción compuesta para arrancar un concierto y yo grité como si me estuvieran torturando. Quiubo, mijo, por qué se demoró tanto. Fue tal mi emoción, que Chiqui se me acercó por detrás y me cargó en los hombros. O sea que el pobre Fito tuvo que soportarme todo el tiempo en sus narices, nunca lo había tenido tan cerca. Siguió con Salir al sol, que a mí me había parecido un poco mamertoide, una canción compuesta como para que se volviera el himno de la República Argentina, una vez que Fito Páez fuese proclamado presidente. Pero bueno, al hombre se le perdona, hay que entender que se la pasa en Cuba, «hoy elegís un país, podés cambiar este gris, ahora o no lo hacés más» y yo brincaba, la cancioneta sonaba fantástico en directo, «yo no me banco el dolor, que me cargan en la espalda» y Chiqui también brincaba con el dolor que le cargaban en su espalda. Y aquí vino la tapa del chico de la tapa. «He escogido a Bogotá para la grabación de mi próximo vídeo», dijo Fito. «Ustedes me van a perdonar si repito esta canción una vez más, pero creo que es por una causa noble», agregó, palabras más, palabras menos. Claro, Fito, claro que te damos permiso, no te preocupés, estás en tu casa, Bogotá, del putas, Bogotá. La canción era, cómo no, Volver a mí, como si no hubiese salido nunca de él mismo, ay, Fito, cuándo vas a cambiar, te he dicho treinta mil veces que no seas exagerado, «tenías que fallarme así, no es fácil hacerme sufrir»; cuando la cámara estaba detrás de mi cantante y su lente estaba frente a mí, yo moví los brazos como un náufrago e hice todas las señales posibles, qué tal que salga en MTV, qué tal que salga celebrando la canción de mi marido, esto no me lo va a creer nadie. Chiqui se empeñaba en saltar para que yo fuese el centro del clip, para que borrara la presencia de Fito Páez con mi entrega, para que el mundo entero supiera dónde quieren de verdad a los miserables. La primera toma salió aceptable, aunque un poco más acelerada que la versión del disco, porque Vadalá se empeñó en meterle impaciencia al bajo y, bueno, a Fito no es sino que le digan «corré» y Fito correrá toda la noche, eso lo sabemos. Pero volvamos, volvamos. Fito se acomodó en su silla y comenzó su viaje al pasado con Giros, la pausa que refresca, los viejos destellos de mis paseos latinoamericanos, mis besos bellos en la memoria; gracias, señor Páez, por su comprensión. Más adelante, quise quebrarle la clavícula a Chiqui y lo conseguí sin problemas, porque la orquesta se largó con El diablo de tu corazón y el diablo de mi corazón estaba haciendo de las suyas, dientes afilados, cola de azufre y charco de satisfacción entre mis piernas, Chiqui dijo «¡auch!» y trató de tirarme al piso, pero yo me le aferré a su melena y permanecí firme, como Polifemo, de un solo ojo. Qué fiesta la de Fito Páez. Bogotá estaba en su bolsillo y al muchacho le dio risa cuando me miró, flaca, qué haces, bajate de esa nube que aquí estoy sho, sho sé muy bien quién sos vos y esta noche me la vas a pagar, ¿me oíste? Claro que te oí, miserable, pero cumplí con tus obligaciones y ponete a cantar, a cantar te trajimos y cantar es lo que tenés que hacer, boludo, cogé tu guitarrita de palo y cantá Bello abril que me pone retrechera y me hago la difícil, me vuelvo Fonzi, «dios santo, qué bello abril», me acuerdo del día de tu cumpleaños, Fito, me acuerdo no sé por qué, no tiene nada que ver, pero el día de tu cumpleaños es el día de mis mejores recuerdos, oigo tus obras completas y ahora puedo terminar con Bello abril porque me vuelvo como una mata de nervios y a mí los nervios me fascinan. «¿Puedo descansar?», me preguntó Chiqui y yo le dije que sí, que no había problema. Además seguiste con El centro de tu corazón y allí uno puede bailar en el piso con los ojos cerrados. Qué cantidad de corazones hay en tu repertorio, Fito, parecés hijo de Rod Stewart. Cuando volviste a tu territorio automático y te arrojaste al precipicio de Cadáver exquisito mi alma dijo «aquí fue Troya» y Troya fue. Troya fue el Palacio de los Deportes y yo la yegua de Troya.
Volví a treparme en los hombros del alucinado Chiqui y los dos coreamos el salmo de Fito para que supiera que lo que él escribe en sus periqueras no pasa en vano. Lo repetiremos una y otra vez como las mentes pasadas, como las mentes pesadas. Aplausos, ovaciones, después de cada canción. ¿No se cansa la gente de aplaudir? Siempre lo mismo: canción, aplausos, chiflidos, ovación. Canción, aplausos, chiflidos, ovación. ¿Por qué no se quedan callados? Dejen a Fito hacer su trabajo en silencio, él no necesita de nosotros. Mierda. Presentí entonces, por la carita de yonofuí, que el señor de mis anillos se iba a lanzar sin salvavidas con La despedida. Y, por supuesto, La despedida cantó y yo la adiviné, porque yo soy la narradora de esta historia y puedo adivinarlo todo, todopoderosa. Lloré de risa con La despedida. Yo creo que Fito se molestó un poco con mis carcajadas, porque interrumpió la canción y la empató con Los buenos tiempos de Charly, que no creo que estuviera en el programa. Fito, ¿qué es eso? ¿Por qué me hacés esas cosas? Está bien, está bien, gatita, no sigo, te mando ésta más bien, ¿te la sabés? Pero... ¿vos me creés imbécil, Fito? Esa es El amor después del amor, que se la sabe hasta el profesor literario, no tehagás el cretino. Pero claro, te la bailo también. Lo que me toqués, yo te lo bailo. Descarga final, aguacero final. Fin de la primera parte. Un respirito, para que el respetable se sienta a gusto con 11 y 6 que, si no la canta, le incendian el piano. Yo debo confesar que no le había parado muchas bolas a la letra y, ahora que me la explican, pues como que acepto muy bien que es la prehistoria de El chico de la tapa. Y, of course, my horse, siguió El chico de la tapa, con su mundo hecho de hijos de puta y su frenética embestida para equilibrar de nuevo las energías. Vos sos un duro, Adolfito, te las sabés todas. Una vez con los pedales bien puestos, volviste a tu nuevo álbum y te arriesgaste con Música para camaleones, título que ya había visto en la biblioteca de mis papás, años atrás. Me entró como un sustico de que el concierto se fuera a acabar, porque ese es el tema que cierra el disco; «hay un tren que va directo al centro del amor», qué dicha tener el tren de Fito Páez adentro, Chiqui lo sintió en su cabeza y me dijo «pilas, que aquí estoy yo» y me contuve, no quise expresar más mis emociones, porque pailas, porque una ya no puede tener vida privada, se las pillan todas. Fito notó que me había dado un nosequé ante la sospecha de su partida, así que con Vadalá se puso a cantar Tus regalos deberían de llegar, con su «de» que no me cabe, y Te vi, que es como un susurro para espantar malos fantasmas, y She’s mine, que me sabe a recuerdos sin cara y bueno. No me acuerdo de más. Vadalá volvió a su sitio, yo salté al piso y me preparé. Pero Fito, por favor, ¿qué es eso de seguir el concierto con Brillante sobre el mic? Ya sé que te sentís el más brillante sobre el mic, pero esa canción no me la restregués en la cara, que vos sabés que me estás mandando mensajitos en clave Morse y no te puedo cantar la tabla en público. Esperate que terminés y nos veremos las carátulas. ¡Ay, Fito, vos no tenés arreglo! Me dañaste la noche. No. Y no la vas a arreglar con esa versión rasgada de Tumbas de la gloria, a mí no me comprás con tus himnos, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, te podés ir arrodillando, porque me estás empezando a insultar, no se meta, Chiqui, que esto no es con usted, es un problema entre Fito Páez y yo, no me den cuerda, porque comienzo a contar verdades, camine vámonos, me dijiste, Chiqui, pero yo de aquí no me muevo, me quedé fija, estática, hierática, mirando a los ojos de Fito Páez, mordiéndome los labios cuando cantó Circo beat y se puso como inseguro, cambió de tema, le tocó aferrarse a «Tercer mundo» para no caerse de la tarima, de la T, de la T de cobre en la que estaba parado, estatua de bronce. Yo estaba echando chispas de la piedra y, mientras más le daba al teclado, más rabia me daba. Cuando cogió la guitarra y me dedicó Ciudad de pobres corazones no aguanté más. Me subí de nuevo en los hombros de Chiqui y le mostré los dedos corazones de mis dos manos al imbécil de Fito Páez, estás jugando conmigo, ¿no? Pues vas a ver lo que puede hacer una mujer herida. Sí, muy bonito y muy juicioso, cantando Mariposa tecknicolor, pero no quiero oírte más las mismas putas canciones de siempre, no quiero que me estafés con el mismo sonsonete, no me aguanto más tu farsa, ya te las perdoné todas, pero esto sí ya es el colmo, mirame a los ojos, mirame a los ojos o no respondo. ¡Fito! ¡Fito! Que no cantés Naturaleza sangre, que sin Charly esa canción es como huevo sin sal, sin sal ni pimienta, ¿te la pillás, te la pillás? Quién te manda a mandarme mensajitos por debajo de la mesa, yo me doy cuenta de todo, yo soy muy inteligente, me he leído todos los libros del mundo, he oído todos los discos del mundo y te conozco, mosco, el mundo está hecho de hijos de puta y no voy a morir de amor. Está bien, te doy permiso de terminar, podés cantar A rodar mi vida, pero a la salida nos vemos. Ah. ¿Te da miedo? ¿Que vas a repetir Volver a mí? ¿Para el video? Pues repetila, pero no te vas a librar de lo que te voy a decir, ¿me oíste? ¿Que qué? ¿Que la vas a cantar por tercera vez? ¡Gallina! ¡Pues ahora me cago en tu video! Mirá: esa histérica que está detrás tuyo, esa soy yo, la princesa de Chapinero, el almohadón de plumas, la reina de sus progenitores, la bodeguita del medio, la sombra de una duda, la barca sin pescador. No te vas a quedar a vivir en ese escenario, Fito, no creás que te las perdono todas con esa versioncita desganada de Dar es dar, a mí me respetás. Son años, ¿me oíste? Años y años de perdonarte una y otra vez, pero ahora las cosas son a otro precio. ¿Fito? ¡Fito! ¡Para dónde vas! Para dónde vas, ¡maricón! Pues claro que dedicarle el concierto a Fernando Vallejo sólo es cosa de maricas, qué mas querés que piense, vení dame la cara, que no quiero ponerte en problemas. Está bien. Está bien. Ya vas a ver. ¡No! ¡No me detengan! No me encierren en el círculo de baba, canten todo lo que quieran pero me puedo escapar en el convertible de Thelma y Louise, joder al que se me atraviese, llover sobre mojado, despertar a Walt Disney, cantarles salsa, tango y guaguancó, samba de mi esperanza, clavarme tres agujas, viejo mundo, soy la peor sílfide, la mejor esclava, a mí no me van a sacar del estadio a patadas, que los divierta su madre, no ven que me las sé todas, ¿dónde se ha visto que miento? Tengo la prueba reina, el sable chino, yo vengo a ofrecer mi corazón, no tomen decisiones apresuradas, que por aquí, por las cloacas, rondan Narciso y Quasimodo y yo tengo la sombra de Narciso y la envidia de Quasimodo, nada más preciado para mí, me tomaron por los hombros y me sacaron a gritos, que le digan a Fito Páez que me mire a la cara, que no sea correcaminos, que no se haga el rosarino en Budapest, que yo tengo derecho a que me miren, Vadalá, ¿a dónde hemos llegado? Bailando hasta que se vaya la noche, me escupieron en la cara y me dejaron un ojo morado, chao, hasta luego, buenas noches, pompa bye bye, así quedé, como el manto de la Verónica, como un pétalo de sal y pimienta, yo no quiero nada del mundo real, a mí que me esculquen, van a dejarme partir, porque yo soy lo que el viento nunca se llevó, la Scarlett O’Hara de los pobres, el brillo del rey Sol, la que se enreda en su propia enredadera, hay gentes así y si Fito Páez los mandó por mí, sus razones tendrá, pero es un cobarde, porque me dedica trescientas canciones y luego se hace la loca, luego me da la espalda y se dedica a tener hijos. ¿Que me vaya? ¿Que me vaya? Pues, si es a las patadas, me voy. No importa. Yo tengo paciencia y en algún momento, cuando menos lo piensen, voy a aparecer detrás de Fito Páez, en el video de sus sueños allá en Bogotádelputasbogotá, allá donde no se duerme porque siempre hay una cuchilla, un polvo, un cuello, un vaso y una cama para terminar las melodías.
Todo sucedió muy rápido. Cuando llegamos al apartamento, Chiqui se sirvió un trago y yo, sin pensarlo dos veces, lo saqué de circulación. Naturaleza sangre. Por suerte había renovado mi visa europea, ahora está muy difícil entrar a España. No le di tiempo a nadie para reaccionar. Llegué a Barajas bien dormida, la ventaja de volar de noche. Poco a poco me fui instalando y a la semana ya andaba cantando por las calles. En Madrid me dijeron que Sabina estaba muy enfermo y que había dejado el tabaco y el alcohol. Ni me preocupé por visitarlo, él sabrá cavar su propia tumba. Supe de la gira de Fito gracias a una de sus cuñadas. La policía como que anda pisándome los talones, pero yo sé muy bien hacer mis jugarretas. Ahora estoy aquí en Barcelona, esperando el concierto del Razzmatazz. No se ha vendido muy bien. Fito: la gente entra en cámara lenta, desconfiada. Ni sombras con lo que pasaba en Bogotá, cuando yo te llevaba, cinco, siete, diez mil personas. Eso nunca me lo vas a agradecer. Veamos: ésta es la única puerta por la que podés entrar, así que no hay posibilidad de escape. Lo siento, Fito, pero nadie puede, ni nadie quiere, vivir, vivir sin amor.

Magia Negra Great rock city.

Magia Negra  Great rock city.

En lo alto de la Casa Blanca ondea la bandera de las estrellas y las barras negras. Un soldado de chocolate, uniformado de azul y quepis rojo, sopla voluptuosamente en el dorado interior de una trompeta.
La ciudad sureña despierta a los acordes del blues. Los muchachos de brea y miembros largos ríen, con una risa blandamente ronca, y las muchachas de aceite ríen también descubriendo el teclado de los dientes. La embetunada multitud sale de las casas y los edificios, y se vuelca como un alegre río de petróleo en la calle mayor. Van tomados de las manos, vistiendo breves túnicas que dejan al descubierto los muslos largos y los pechos enhiestos. Todos son negros. Se desplazan, no caminan, con esa cadencia que los blancos nunca pudieron imitar.
La multitud emerge de todos los rincones de la ciudad, para asistir a una gran conmemoración.
El anciano consejero está de pie, en medio de la plaza principal, los brazos abiertos emergiendo de los blancos pliegues de la túnica y la mirada blanda posada en el extraño y doloroso pasado blanco de los negros.
La trompeta ha enmudecido, en tanto que los tambores desgranan un ritmo lento. Los tamborileros que rodean al anciano forman una inmensa medialuna, las bocas entreabiertas, las manos acariciando los cueros tensos, cientos de pares de manos negras y de voces balbucientes. La multitud espera y su silencio se ha convertido en un murmullo. Los negros brazos alados caen del cielo, despacio, como nubes de tormenta y la voz cascada del anciano musita las primeras palabras del ritual.
—Ebuo bwalu kemai wa namu...
—Oh, hijo de mi madre, un milagro ha sucedido...
La multitud hace eco a las viejas palabras del dialecto congolés y poco a poco, imperceptiblemente, se mece al ritmo de los tambores. El consejero emite ahora roncos sonidos que se convierten en palabras. El rito es muy lento y las voces bajas, susurrantes.
La trompeta desgarra repentinamente el murmullo de tambores y de voces. Es una melodía tensa y melancólica, como los viejos aires de la edad antigua de los negros. Transmite una tristeza profunda que penetra en los poros y los abre, sangrando sin dolor. Una tristeza sensual se mece ahora como una inmensa hamaca en la plaza mayor de Great Rock City.
El anciano balbucea, la multitud corea en un rugido apagado sus palabras, la trompeta horada el aire con un grito de angustia y el ritual tiene lugar aquí y en todas las ciudades a esta misma hora y en poco tiempo los negros bailarán y las palabras y los gestos y la música entretejerán los hilos de una historia que se recuerda cada año desde hace más de un milenio. La oscura y sudorosa multitud se fraccionará en grupos, en parejas, como obsidiana que se rompe en largos filamentos negros, en hileras retorcidas por el ritmo, y bailarán en el estilo de los antiguos tiempos una coreografía que narra su verdadera historia, como un libro viviente que nunca pudo ser quemado por ninguna inquisición.
Los dignatarios brujos harán su entrada en las plazas públicas, coronados de plumas irisadas, solamente ellos vestidos de túnica escarlata, haciendo alarde de su singular sabiduría, poblando el aire de las ciudades de una brisa cálida preñada de ruidos y estridencias.
Una vez más, como sucede cada año durante esta celebración, crecerá yerba fresca y verde bajo los pies descalzos sobre el pavimento de las calles, las lianas bordarán un manto que sofocará los blancos edificios y brotarán orquídeas y parásitas multicolores de los ojos, las orejas y las bocas de las viejas estatuas.
La última historia será contada y vivida nuevamente, los brujos más jóvenes mirarán el sacrificio de Joe Bradley, alias Babún, y otros harán el papel de sus verdugos, con espantosas máscaras lívidas adheridas a la oscura piel, en remembranza de la cerúlea epidermis de los blancos. Y sobre sus cabezas ondeará un penacho dorado y lacio, en remembranza también de las cabelleras lacias y doradas de los antiguos amos.
Los brujos viejos, a su vez, ceñidos por las túnicas de púrpura, los babalaos de la era del Color, los Autores de la Dicha y la Desgracia —que siempre viven juntas— lo observarán todo apaciblemente desde sus pedestales, pues al fin y al cabo fueron ellos, como encarnación de sus ancestros, los autores del Gran Cambio, aunque esto nadie lo sabe a ciencia cierta, porque todo comenzó realmente cuando las mujeres blancas comenzaron a entregarse a la negritud y cuando el “African look”, como una sombra del futuro, llegó para quedarse entre los blancos de manera definitiva. Por ese entonces —lo recuerdo muy bien— algún profeta anónimo dibujó un gigantesco grafito futurista que decía: “Dios es negra”, seguramente a sabiendas de que Dios siempre ha tomado la forma, el color y el sexo que le impone el porvenir.
II
Lo que narran los brujos sucedió hace tiempo en Little Rock City, que así llamábase entonces la que hoy se denomina Great Rock, en memoria de la gran venganza de los babalaos.
Entonces, tal como hoy, la calle central amodorrada de verano atravesaba la pequeña ciudad como un lento helminto blanco. Los edificios eran blancos también, como lo siguen siendo ahora, y gruesas cintas blancas señalaban sobre el negro pavimento las señales de tránsito. Aquella tarde el sol caía a plomo sobre la blanca ciudad del sur, que antes había sido aséptica y silenciosa como un gran hospital, como lo eran entonces casi todas las ciudades norteamericanas.
Aquella tarde de hace tanto tiempo, una mancha de color irrumpió súbitamente en la calle solitaria, se escurrió bajo la luz intensa adosándose a las paredes sombreadas, evitando caminar sobre las blancas señales, tratando de pasar inadvertida. Joe Bradley —más conocido como Babún— era el hombre más rápido de la ciudad y en ese momento se desplazaba con el trote largo y elástico de su raza, y sin saberlo, sus pies convertían el pavimento en suave yerba; a su paso la calle se inundó de colores y rítmicos sonidos, y su roja sangre lo impulsó hacia delante como un combustible de octanaje muy puro. Porque Babún tenía fama de ser lo que llaman en Cuba un babalao, o un oungham en Haití, un hombre de poder, lo que la gente del común entre nosotros llama un brujo. Lo cierto es que era un hombre de respeto para los de su raza y odiado por los del Klan. Pero ahora el sudor formaba arroyos en el negro muro de su frente, cayendo en diminutas cascadas por su rostro, esparciéndose por los pómulos separados y salientes. Sus ojos estaban abiertos como grandes platos angustiados y su lengua lubricaba febrilmente los labios de orquídea.
Babún respiraba con regularidad de máquina, como una bruñida “diesel” negra escapando calle arriba, en su vertiginosa huida.
La calle despertó bajo el aullar repentino de los neumáticos. Los que perseguían a Bradley eran tres vehículos deportivos, bajos y largos, devorando la distancia que los separaba de su presa, atestados de hombres blancos de cabezas doradas empujando hasta el fondo los aceleradores, dejando una estela de monóxido de carbono flotando tras de ellos.
Sabuesos metálicos refulgentes, sus cilindros jadeaban buscando al negro. Sonaron los cuernos de caza del lejano siglo XX y los jinetes vociferaron su himno blanco de odio. Chuck Corrigan, de la junta de mejoras públicas —distinguido miembro del partido republicano y presidente secreto del Klan—, iba al volante del primer auto, mascando un tabaco extinto, los ojos de un azul eléctrico horadando el espacio en busca de la presa de ojos negros palpitantes. Las aletas de su nariz eran como branquias y el sudor hacía lagunas en su camisa floreada.
En las noches de reunión del Klan, bajo la negra capucha cónica, sus meninges habían fabricado obsesivamente las secuencias de esta persecución fabricada por la odiosa retórica de sus inflamados discursos. El negro Bradley era odiado por ser el mejor deportista de Little Rock y ser líder de su comunidad. Como si esto fuera poco Babún tenía fama de brujo y de profesar antiguas religiones paganas en secreto, lo que aceleraba hasta el paroxismo el odio de algunos hacia él. Corrigan era el representante de ese odio y ahora ese mismo odio bombea en oleadas vertiginosas la sangre hasta su cara enrojecida y masca el tabaco con furia. Grita en el tropel de la cacería humana y su pie derecho espolea los 200 caballos que bufan dentro del motor del convertible anaranjado.
El negro escucha a sus espaldas el aullar de los neumáticos y el rugir de los tubos de escape. Sus ojos, como un par de perros extraviados, buscan una salida, un escondite. Su respiración acompasada se ha convertido en un violento jadear y las venas de sus sienes parecen estallar. Sus piernas se han vuelto de algodón y los músculos de su torso se contraen dolorosamente.
Está a punto de caer, como una mancha de aceite sobre el pavimento gris.
III
Esto es lo que ha venido narrando hasta ahora la ceremonia de la Gran Conmemoración, por boca del anciano consejero y el coro de los babalaos. De un momento a otro sobreviene el silencio. Los dedos color malva no percuten más los cueros; quedan tensos a pocos milímetros de las pieles de becerro. Los cuerpos de los danzantes ya no se estremecen, y todo el pueblo ha quedado estático en alguna precaria posición. Han detenido el tiempo. La ciudad es Babún a punto de caer, Babún jadeante, Babún violáceo, Babún a punto de ser arrollado, triturado, enquistado en el asfalto como grava humana.
La voz del consejero sisea como un chasquido en el silencio:
—Ngayi kwetu wa kwu mulengele mpatu...
—Regreso a mi lugar, allí donde crecen bellos árboles...
Los tambores recomienzan, la multitud repite: allí donde crecen bellos árboles —la multitud baila— donde el leopardo da caza a los espíritus del Calabar —la multitud corea las antiguas palabras africanas— donde el toque del conjuro llama a Tanze1 en ayuda de mi tribu —la trompeta lanza un grito agudo y persistente— llama a Tanze para que hagamos tambores de la piel de nuestros enemigos —la ciudad repite el mismo conjuro que pronunciara Joe Bradley, Babún, hace tanto, tanto tiempo, las palabras que él pronunciara en aquel preciso instante, antes de ser arrollado, realmente dichas quién sabe por quién, desde muy lejos, desde mucho antes que el mismo Babún existiera: llama a Tanze para que el conjuro caiga sobre ellos, para que sus hijos...
IV
Babún es alcanzado por el primer coche, el sabueso anaranjado que lo golpea de frente, enviando su cuerpo cinco metros adelante. Los coches restantes buscan el cuerpo aceitunado, los neumáticos pasan a muchas millas de velocidad sobre el cuerpo de Joe Bradley —alias Babún—, una y otra vez, deshaciendo sus largos muslos, triturando los anchos huesos del negro, reventando la caja del cráneo, esparciendo por doquier las rojas vísceras sangrantes. Rechinan los frenos, y como en las estúpidas series de televisión que ellos mismos inventaron, hacen cabriolas fúricas y vuelven a pasar sobre él; buscan con saña lo que queda de Babún y lo matan 50, muchas veces, hasta que de él no queda nada, sólo manchas y jirones sobre el pavimento.
Reviviendo ese momento, la multitud delira frenéticamente, las túnicas se desgarran, los cuerpos ruedan en trance por el suelo. Cada uno de ellos es Babún y sufre y se convulsiona con él en su agonía y aquello no cesa hasta que el trance es colectivo y la negra multitud yace postrada en un sueño poblado de extrañas deidades.
La magia hoy, como una vez todos los años, se enseñorea de la ciudad: los cuerpos yacen en la mullida yerba que acaba de nacer y sólo despertarán hasta más tarde, cuando sus mentes hayan vivido en sueños la última parte del ritual. Es el momento en que la vegetación exuberante se apodera de la ciudad. Las lianas reptan por las paredes de los edificios y hay mudos estallidos de color por todas partes.
V
Las Escrituras Negras dicen que Chuck Corrigan, poco tiempo después de haber asesinado a Babún, se encontraba paseando su opulenta figura en la sala de espera de la sección de maternidad del hospital de la que entonces se llamaba Little Rock City. Sus dientes triscan nerviosamente lo que queda de un tabaco apagado y maloliente. Su nerviosismo se debe a que su mujer, una gran rubia, casi albina, está pariendo el sexto retoño de los Corrigan.
No obstante, Chuck tiene más razones para estar nervioso; furiosamente aplasta por décima vez una orquídea que brota a cada rato de entre las baldosas. ¿Será cierto aquello de la maldición y del conjuro que los fuckin niggers dicen que arrojó el pinche Babún contra los blancos? Se ampara de su pañuelo y seca su frente sudorosa. Desde hace algunos días suceden cosas muy extrañas. Es para volverse loco, y piensa que se deben a la temperatura del verano sofocante los espejismos que le hacen ver endemoniadas plantas tropicales creciendo aquí y allá y en todas partes.
Va hacia la ventana y separa con mano febril la cortina vegetal que oculta la calle. Ve cómo afuera las palmeras han crecido embrujadamente rápido, obstruyendo el paso de los vehículos; no sabe si es su imaginación o una insensata realidad. Se retira de la ventana y tiene miedo de regresar a ella, porque entonces tal vez todo haya desaparecido. Las malditas plantas brotan, están ahí repentinamente y luego desaparecen y vuelven a surgir inesperadamente. Ayer creyó entrever una flor gigantesca y velluda, sembrada de asquerosas pecas, muy parecida a la que aparece en una de las láminas del libro de botánica que habla de esas plantas carnívoras que abundan en ciertas regiones del África. Tropieza, lanza un juramento y ve cómo su pie se ha enredado en una liana que avanza lentamente sobre el piso de la sala de espera hasta desaparecer por los largos corredores. Minutos más tarde no hay rastro de ella porque las baldosas se han cubierto repentinamente de un tapiz de flores rojas como amapolas diminutas. Su aroma es embriagante y alucinador.
Ahí viene la enfermera, abriéndose paso por entre la maleza que ha crecido en los corredores y se sorprende a sí mismo diciendo, para fingir indiferencia:
“¿No son lindas estas flores, señorita Liliane?”. Para preguntar después, en tono de forzada broma al observar el rostro aterrorizado de la mujer:
“No habrá sido niña esta vez, ¿verdad?”.
La enfermera baja la cabeza. Chuck comprende que ha acertado: se trata de una hembra. La enfermera no levanta la cabeza. Chuck arranca vigorosamente un lirio negro que acaba de surgir de la pared, diciendo:
“Quiero ver pronto a mi hija, condúzcame hasta allá inmediatamente”. Sigue a la enfermera muda y cabizbaja a través de los pasillos sembrados de musgo, hasta la salacuna. Es la número 23, dice la nurse, empecinada en no levantar cabeza, y Chuck Corrigan se dirige hacia la cuna azul.
En su interior hay un hermoso bebé negro que lo mira con ojos apacibles, muy abiertos.
Oye a lo lejos, entre la espesura, la voz de la enfermera:
“¡Mire usted las otras cunas, señor Corrigan... las otras cunas, por amor de Dios!”.
¡Todos son negros!
Y desde entonces, no hubo ya nunca más niños blancos jugando en las calles y en los parques de la ciudad. Ya no habría niños blancos, ni adolescentes blancos, ni adultos blancos.
Ningún blanco...
VI
La ceremonia ha terminado. La bulliciosa multitud de brea despierta de su sueño embrujado y se esparce por las calles. Es de noche y la música de jazz y de reggae desborda con la luz de todas las ventanas. Great Rock City ha llegado al final de una nueva conmemoración. Ha terminado el día en que, una vez por año, siempre en verano, la magia del Calabar convierte a la ciudad, durante algunas horas, en una espesa jungla de colores intensos. Pero hay quien dice que durante el invierno algunos han visto caer copos de una espesa, algodonada y negra nieve.

1. Tanze: Dios-pez de una antigua leyenda de Calabar, que dio origen a la sociedad mística del Abakúa.

*René Rebetez (Bogotá, 1933). Ha escrito, entre otros libros: Los ojos de la clepsidra (México, Editorial Pájaro Cascabel), La nueva prehistoria (México, Editorial Diana), Providencia (Bogotá, Editorial Antares) y Ellos lo llaman amanecer y otros relatos (Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1996).