En la línea de Rosemary´s Baby de 1968, esta película nos narra la lucha de una joven esposa en contra de una secta diabólica que le arrebata a su familia, no sólo en lo sentimental sino también en lo físico, al reemplazar al esposo por uno de ellos.

 

Jacqueline Bisset, hermosa en todo momento, encarna a Paula, esposa de Myles , un pianista frustrado que conoce a Duncan Ely, un viejo pianista en la cúspide de su éxito, al que una enfermedad degenerativa esta llevando a la tumba, y a la turgente hija de Ely, Roxanne.

Desde el primer momento, Paula desconfía de la generosidad de esta familia, de su interés morboso en Myles, pero éste, turbado por la ambición de lograr ser un mejor pianista y los cantos de sirena de la vida lujosa y lujuriosa que llevan sus anfitriones (la fiesta de navidad es casi una bacanal pagana, con figuras religiosas a modo de candelabro y un perro con máscara de hombre, terminado con un beso apasionado entre padre e hija que revela su profundo y oscuro lazo), decide no escuchar a su esposa y casi se entrega voluntariamente en sacrificio.

 

Una vez efectuado el ritual, las sospechas de Paula se transforman en angustia ante la pérdida de su única hija y el descubirmiento de asesinatos horribles en torno a la familia Ely. Pero decidida a no perder a su esposo, utiliza las mismas armas de su enemigo, y convoca al diablo para que le proporcione la manera de vencer.

 

Esta es una película de mujeres, los enfrentamiento entre Paula y Roxanne son los mejores diálogos de la cinta, y los hombre desfilan como simples marionetas en manos de esta dos femme fatales, que exhudan sensualidad a más no poder.

 

El atrezzo diabólico de la mansión de Ely se lleva un papel preponderante, mostrándola casi como un laberinto en el que Paula se va perdiendo poco a poco, puntuado por una banda sonora espeluznante, el Mephisto Waltz de Liszt que da título a la película, que es utilizado como recurso para mostrar la entrega de Myles a los adoradores y su consiguiente alejamiento de Paula.

 

Al igual que en El bebé de Rosemary, el diablo nunca es mostrado, aunque por la expresión de la cara de Paula, entre el miedo y el reconocimiento, uno puede intuir que siempre estuvo ahí, a la vista, o que no es tan terrible a la mente humana como la religión nos ha hecho creer.

 

El final, un extásis sexual que deja en duda la pureza que esperaríamos de una mujer que lucha contra el diablo para recuperar a su familia, alcanza un máximo de efectividad más allá de la sumisa entrega de Rosemary a su satánico hijo, por el contrario en esta cinta nos encontramos con toda la potencia infernal de una mujer que ha conseguido lo que quiere.