Ya lo decían Radiohead hace años: The goverment, they don´t, they don´t speak for us...

 

A raíz del artículo publicado por la revista Semana: ¿Por qué tanto desánimo?, me permito unos apuntes:

La falta de confianza en las instituciones, empezando por el gobierno y terminando por los medios de comunicación, es un proceso que se ha estado gestando desde hace mucho tiempo, pero que solo ahora viene a hacerse visible, pienso que debido, en gran parte, a las redes sociales, las cuales nos dieron la oportunidad de expresar nuestras opiniones personales a tiempo completo, sin intermediarios ni dialógo -aceptemoslo, las redes generan más ruido blanco que dialogo real-, mostrándo una de las grietas más descorazonadora de la democracia occidental: ¿en realidad ellos hablan por nosotros? Una vez elegidos, por maquinarias políticas, más que por voto popular, no existe ningún mecanismo de control posterior; en el caso de la revocatoria por firmas, el mecanismo ha demostrado ser más una herramienta de la oposición politiquera que de control sobre los elegidos.

Los medios de comunicación al servicio del establishment han creado la opinión de que no existe otra alternativa a la democracia occidental, corrupta y corruptora, que no hay otro camino que el capitalismo avasallante y destructor; incluso cuando crean rebeldía, es una resitencia al servicio del poder imperante. Además de encumbrar como líderes a personajes sin ningún bagaje ideológico ni intelectual, que no crean consenso sino que dirimen escándalos de los que salen favorecidos, no construyen cultura sino tendencias.

Por supuesto, toda la culpa no es de los medios, ya que la izquierda o el pensamiento alternativo no han dado más de sí, no presentan propuestas viables, o siguen los mismos caminos que pretenden contender.

Esta falta de confianza en las organizaciones, en la sociedad, obtiene un reflejo negativo en el campo más díficil de definir que es el propio cuerpo, la creación de una identidad: al no poder ser parte de un cuerpo social que nos conecte, que nos incluya, intentamos hacer de nuestro propio yo nuestro campo político, pero hasta ahora inevitablemente hemos caído en la vanalización narcisita, la infantilización en el afán de ser entretenidos, como en una especie de onanismo virtual, que no permite o delega a un segundo plano, el análisis de cómo el poder se ejerce sobre nuestros cuerpos, de cómo la ideología permea nuestra corporeidad, haciendo casi imposible la disensión.