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Un 7 de junio de 1980, murió el escritor Henry Miller.

En mi adolescencia, entre los libros de un vecino descubrí una novela titulada Tropico de Capricornio; cuando empecé a leerlo, me fascinó el desparpajo, la blasfemia y la ironía que sobrevolaban el libro, amén de, por supuesto, las descripciones de los encuentros sexuales del protagonista.

Pero en tanto más leía a Miller, más me fue fascinando esa filosofía de vida de no darse jamás por derrotado, por más que la vida lo ahogara con su diario transcurrir, el sentimiento de que sólo el arte podría brindarle salvación, la convicción tan católica de que el sufrimiento no hace más que enseñarnos, la pasión por escribir pese y por encima de todo, y también esa visión de París tan cara a mi adolescencia de sentimientos de fuga y evasión.

Mucho más tarde descubriría el lirismo surreal que transita su narrativa, el poder de su voz en primera persona y lo que más me atraería de Miller, el hecho de hacer literatura con una vida simple, con una existencia cualquiera, fue un choque para mí, que creía que la literatura debía tratar de seres excepcionales y no de personas comunes y corrientes.

Comparto un paquete con varios de sus libros.