Una vez vista la película The day after, la primera sensación que se advierte es la de alivio porque los sucesos narrados en el filme no se produjeron en la vida real, y porque el régimen de terror de la Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia llegó a su final.

Pero enseguida, me embargó la incertidumbre de cómo aquello que se narra me pareció trágico y sentimental por estar presentado en parametros de cine occidental, es decir en condiciones en las que yo como espetador me sentí identificado, y de cómo si aquello se hubiese narrado de una forma diferente no me hubiera parecido tan devastador, hablo por ejemplo de lo que puedo recordar de Hiroshima, mi amor, en la que la parte de la guerra es narrada de esa manera vanguardista y portmoderna que conlleva a la confusión, no pareciendome tan inhumana al final.

Si es melodrama al estilo hollywoodense, cala profundo; si es una peli francesa, intelectual y de culto, pierde emoción... Cosas del cine.

Sin embargo, lo que más me deja pensando es cómo pueden los gringos moralizar sobre algo que ellos hicieron. Las bombas reales sobre Hiroshima y Nagasaki debieron causar la misma, o quizás más, devastación que las ficiticas arrojadas sobre Lawrence y Kansas City, pero nunca los he visto rasgarse las vestiduras ni pedir perdón por lo ocurrido.

Y es aquí donde me pregunto por el fin de la historia predicado por Fukuyama. Los gringos decidieron finalizar la historia para no tener que responder por nada de lo que han hecho, ni por Japón, ni por Vietnam, ni por ninguna de las cochinadas que han hecho en America Latina; al no haber historia, no hay responsables, nadie tiene por qué excusarse de los derroches y las matanzas.

Al no existir historia, el pasado queda anulado. La pelea del siglo, la mejor película de la historia, son frases que he estado escuchando mucho últimamente; y en términos de boxeo, la gente no quedó muy satisfecha, y falta ver si el nuevo Mad Max resiste el paso del tiempo con la misma entereza que el anterior. Todo lo nuevo es mejor que lo anterior, así nadie tiene qe gastarse los sesos haciendo una revisión crítica de lo acaecido, enceguecidos por el nuevo espectáculo a proyectarse.

El fin de la historia no es más que la cesación, absoluta, del sentido crítico, bajo la homogeneización, total y fascista, de los gustos por la maquinaria del progreso neoliberal de occidente.

Así que, para qué hacer una crítica sobre la película de Nicholas Myer de 1983, si tarde que temprano harán un reboot más espectacular y más costoso, que me hará olvidar de aquella vieja versión que suscitó una inquietud y esta deslavazada reflexión.