Cinco o seis kilómetros al sur de Lowestoft, la costa discurre en un arco amplio, ligeramente disminuido tierra adentro. Desde el sendero que conduce hasta allí por las dunas de hierba y los bajos acantilados, se ve la playa en la parte inferior, atravesada por bancos lisos de arena, en la que, a todas horas del día y de la noche y en todas las estaciones del año, de lo que me he podido cerciorar ya en diferentes ocasiones, hay todo tipo de refugios en forma de tienda de varillas y cordaje, lona y encerado. En una larga hilera y a una distancia bastante uniforme prolongan el curso de la orilla del mar. Es como si los últimos vestigios de un pueblo nómada se hubiesen asentado aquí, en el último confín de la tierra, a la espera del milagro que todos han anhelado desde siempre y que justifique a la postre todas sus privaciones y extravíos. Pero los que acampan bajo el cielo abierto no han venido, evidentemente, atravesando lejanos países y desiertos hasta alcanzar esta orilla, sino que se trata de gente de las cercanías, que, según una vieja costumbre, miran desde sus lugares de pesca hacia el mar en permanente transformación ante sus ojos. Su número, curiosamente, siempre se mantiene más o menos igual. Por cada pescador que se va pronto acude otro, de modo que la sociedad de pescadores adormecida durante el día y en vela por las noches no se modifica con el paso de los años, al menos en apariencia, que supuestamente retrocede más allá del recuerdo. Parece que sólo en raras ocasiones uno de los pescadores entra en contacto con su vecino, pues a pesar de que todos ellos estén mirando fijamente hacia el este y vean ascender en el horizonte el crepúsculo vespertino y el alba, y a pesar de que, según creo, a todos les conmuevan los mismos sentimientos inexplicables, cada uno de ellos está completamente solo y no tiene confianza más que consigo mismo y con sus pocos aparejos, con su pequeña navaja, por ejemplo, con su termo o con su pequeño transistor, del que se escapa un sonido áspero apenas audible, como si las piedras que ruedan hacia atrás con las olas hablaran entre ellas. No creo que estos hombres estén sentados a la orilla del mar durante días y noches enteras para, como afirman, no perderse el momento en que pasen las bacaladillas, suban las platijas o el bacalao nade en dirección hacia la costa, lo que creo es que sencillamente les gusta demorarse en un lugar en el que tienen el mundo tras de sí y ante ellos nada más que vacío. 

W G Sebald.

Los anillos de Saturno.

La novela como género literario es la más permeable a otras expresiones literarias, además de su afán de totalidad que la encumbró como el genero predominante en la modernidad, a pesar de los intentos de destrucción de las vanguardias.

Sábato proclamaba una novela total que describiera al hombre, lo contuviera en su angustia y lo expulsara libertado, en dicha búsqueda se tradujo a sí mismo en personaje literario; así, Sebald se plantea en personaje central de este "informe", pero contrario al argentino no pretende totalizar a un personaje sino a sí mismo, en tránsito por una tierra que parece autodevorarse o caer víctima de los apetitos cambiantes de sus habitantes.

Cuaderno de viaje, recuento de vida, apuntes de lectura, la heterogenea travesía de Sebald por el mundo, por la vida de escritores y personajes extraños, la descripcion de sí mismo que nos brinda, a ratos se me hizo tediosa pero en general es una lectura poco convencional, una novela alejada de afanes de best seller (los paisajes descritos no podían ser más anodinos y destartalados) y el testimonio de la odisea a ninguna parte que llevamos a cabo a diario.