NACIÓN | 2015/02/14 22:00


¿Cuándo empezó esta guerra?


El Gobierno pidió a intelectuales escribir sus tesis sobre la génesis de la guerra. SEMANA hace un análisis crítico para entender este informe.


¿Empezó esta guerra con La Violencia bipartidista?

Algunos como Alfredo Molano creen que sí. Otros, que esa fue una guerra civil muy diferente al conflicto actual.  ¿Empezó esta guerra con La Violencia bipartidista? Algunos como Alfredo Molano creen que sí. Otros, que esa fue una guerra civil muy diferente al conflicto actual.Tarde o temprano las guerras se acaban. Pero el debate sobre sus causas y consecuencias puede durar décadas. Setenta años después de terminada la II Guerra Mundial todavía hay controversia sobre si eran necesarios el bombardeo a Dresde, o la bomba de Hiroshima; o sobre el silencio de las mujeres violadas por los Aliados en un Berlín desolado y derrotado.
En Colombia se ha escrito mucho sobre La Violencia, y sobre el conflicto contemporáneo hay ya cientos de relatos escalofriantes y estudios serísimos. Hace dos años, por ejemplo, el Grupo de Memoria Histórica publicó el ¡Basta ya!, posiblemente el más exhaustivo informe sobre la degradación de la guerra en Colombia. Esta semana se conoció un nuevo documento elaborado por 12 reconocidos intelectuales del país que conforman la Comisión de Historia del Conflicto y sus Víctimas, cuyas reflexiones incidirán directamente en la Mesa de Conversaciones de La Habana.
Esta comisión nació luego de un intenso forcejeo entre las Farc y los delegados del gobierno en Cuba. Desde comienzos de 2013, la guerrilla había solicitado que se creara un mecanismo de esclarecimiento sobre las raíces del conflicto, pues consideraba que las versiones de la historia que circulan en libros y periódicos es injusta con ellos.
Luego de muchas rondas se acordó que esta comisión sería un grupo de apoyo para la discusión de los temas de víctimas y justicia, y que de ninguna manera tendría el alcance de una comisión de la verdad, dado que este tipo de mecanismo está pensado para el futuro, y debe incluir, obligatoriamente, la voz de las víctimas.
También se definió que la comisión recogería muchas visiones, sin pretender convertirlas en una historia oficial del conflicto. Se nombraron dos relatores de gran renombre para que hicieran la síntesis: Eduardo Pizarro, actual embajador en los Países Bajos; y el profesor Víctor Manuel Moncayo, exrector de la Universidad Nacional. Las visiones sobre el conflicto resultaron tan diferentes, que los relatores entregaron cada uno su propio resumen. No obstante hay puntos de coincidencia. 


La tierra sí es problema


Todos coinciden en que los conflictos agrarios que no se han resuelto están en el alma del conflicto. Las posiciones van desde la del reconocido investigador Darío Fajardo, quien dice que la estructura de gran propiedad agraria ha sido el telón de fondo de más de medio siglo de guerra, hasta la del escritor francés Daniel Pécaut que cree que los conflictos agrarios se han transformado en estos años, y que difieren según la región. A diferencia de lo que ha dicho el profesor británico James Robinson en recientes artículos en El Espectador, que han levantado polvareda entre la academia, la tierra resulta ser para los colombianos un tema crucial para la paz.
El segundo punto de coincidencia es el carácter político del conflicto y la guerrilla, aunque también hay matices. Mientras el sacerdote jesuita Javier Giraldo ve en la insurgencia la respuesta natural a un Estado opresor; el investigador Gustavo Duncan, autor de libros como Los Señores de la Guerra, encuentra que la guerrilla, si bien tiene un origen político, ha tenido mutaciones y se ha vinculado a empresas criminales como el narcotráfico y el secuestro.
El tercer punto común es que el narcotráfico tuvo una gran incidencia en la prolongación y degradación de la guerra. Algunos como el decano de Ciencia Política de la Universidad Eafit, Jorge Giraldo, pone mayor énfasis en la vinculación de las Farc con la economía cocalera mientras otros, como Jairo Estrada, ponen el acento en la macabra alianza de Estado y narcoparamilitares.
Un cuarto punto de coincidencia es que el posconflicto es clave, y que justamente el trabajo de estos intelectuales debe servir para iluminar la implementación de los acuerdos. Es decir, identificar las reformas que el país necesita.
¿Cómo diablos empezó todo?
Hay guerras en las que el principio es nítido. Un florero roto desató la guerra de Independencia, un tiro en Sarajevo marcó el inicio de la Gran Guerra, y el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán desencadenó La Violencia. Pero en el conflicto actual no hay florero ni primer disparo. Por eso es tan difícil decir cuándo y dónde empezó. Las interpretaciones van desde quienes creen que la guerra surgió como consecuencia del sistema capitalista hasta quienes aseguran que no tiene una sola causa, sino muchas.
Según Moncayo, el orden capitalista engendra conflictos sociales que en el caso colombiano adquirieron la forma de la insurgencia. Dadas las injusticias causadas por el sistema, el surgimiento de las guerrillas era inevitable. Esta visión, según Eduardo Pizarro, puede llevar a un callejón sin salida. Si el capitalismo lleva por dentro la semilla de la guerra, entonces la paz requiere acabar con el sistema, y eso no está en discusión en La Habana.
Otro grupo de intelectuales plantea que hay “fallas geológicas” en el Estado colombiano: la debilidad institucional, la precaria y a veces traumática presencia del Estado en el territorio; la desigualdad social; el problema agrario; la cultura sectaria que se ha expresado en la adhesión partidista antes que a un proyecto de Nación; la combinación de armas y urnas; y la privatización de la seguridad y la justicia; pero que a ninguna de ellas se le puede atribuir una causa directa ni única del conflicto.
En pocas palabras, mientras para unos el problema es el sistema, y por eso se requiere una revolución para que haya paz verdadera, para otros el problema son las instituciones y, por tanto, los males del país se pueden atacar con reformas. Hay que aclarar que aunque hay diferencias sobre el origen de la guerra hay consenso en que debe terminarse. De hecho, muchos señalan que esta ha resultado inútil, pues ha agravado la desigualdad, la concentración de la tierra y la injusticia.


El año cero


Sobre el año cero del comienzo del conflicto tampoco hay acuerdo. Hay quienes dicen que nació en los años treinta, cuando la fiebre capitalista llegó al país, surgieron sindicatos y movimientos de izquierda, y se frustró la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo. Es en esa década, según el profesor Sergio de Zubiría, cuando se traza el boceto del país del siglo XX. Al otro extremo están quienes como Jorge Giraldo piensan que la guerra contemporánea es de los años ochenta, con la irrupción del narcotráfico. Y quienes están en una posición intermedia, que encuentran esta guerra como una continuidad de La Violencia, azuzada por la Guerra Fría y las exclusiones del Frente Nacional, como Alfredo Molano.
Estas especulaciones tan abstractas y filosóficas tienen relación directa con asuntos prácticos que debe resolver la Mesa de Conversaciones de La Habana. Por ejemplo, desde cuándo se debe reparar a las víctimas. La Ley de Víctimas tomó como año 1985 para reparaciones administrativas, y 1993 para restitución de tierras. Si se impone la idea de que el conflicto comenzó en los años treinta, habría que reparar a casi todo el país. Lo mismo ocurre con la justicia. Una cosa es juzgar los grandes crímenes de los ochenta para acá, o pensar que para que haya paz hay que resolver hasta el crimen de Jorge Eliécer Gaitán. Ese sería otro callejón sin salida. Y en términos de una futura Comisión de la Verdad, pensar que se puede reescribir la historia no de tres décadas sino de un siglo es llevar al fracaso ese esfuerzo antes de que nazca. Esas son las consecuencias terrenales de estas disertaciones que muchos califican a la ligera como caprichos de las Farc.


Revisando la historia


Una de las mayores controversias que hay en el informe es sobre el Frente Nacional. Mientras para algunos este fue un pacto de elites, excluyente, que al repartirse el poder entre dos partidos alimentó a las guerrillas, otro grupo de intelectuales ha empezado a ver ciertas virtudes escondidas en este periodo. Por un lado el éxito que tuvo en su tarea de pacificar al país, pues fue la época con menor tasa de homicidios; por otra parte los intentos de reformas agraria y educativa, que cambiaron al país la cara de parroquia que tenía y pusieron las bases de la modernización. Varios, sin embargo, coinciden en que este pacto tuvo efectos nefastos: el estado de sitio y el haber pasado de un país divido entre liberales y conservadores, a uno con la lógica anticomunista de la Guerra Fría. También, que a la coalición liberal-conservadora se le deben el clientelismo y la abstención.
Valga la pena decir que hay por lo menos dos ponencias que ponen el acento en cierto tipo de conspiración internacional. La de Renán Vega que culpa a Estados Unidos del nacimiento y prolongación del conflicto, y la de Vicente Torrijos que cree que el surgimiento de las guerrillas se debió a la expansión del comunismo internacional y la revolución cubana. Ambos tienen argumentos a su favor. Nadie puede negar que Colombia ha sido excesivamente apegada a las doctrinas de Estados Unidos, y tampoco se puede desconocer la influencia que tuvo la Guerra Fría en el conflicto. Pero ambas se quedan cortas para explicar por qué el conflicto siguió a pesar de que el comunismo se vino al piso, o en medio de un mundo globalizado, donde ya no existe una dependencia de un solo país.


La prolongación 


El narcotráfico es a todas voces el principal culpable de que esta guerra haya durado tantos años. Primero, porque el narco permeó la política y las instituciones, como lo demuestran el proceso 8.000 y la parapolítica, y debilitó su legitimidad. Segundo, porque acentuó la ausencia del Estado en zonas de disputa de grupos armados, o su presencia solo fue represiva, como ocurrió con el Plan Colombia. Tercero, porque con la plata de la cocaína se financiaron tanto guerrilla como paramilitares.
Este punto es crítico, pues aunque el tema de las drogas ya fue discutido y acordado en La Habana, su implementación no depende solo de la buena voluntad de las partes. Ni siquiera de que las Farc se alejen del negocio y de que el gobierno deje de fumigar. El narcotráfico es un crimen transnacional, en el que Colombia tiene un porcentaje significativo, experiencia, y aunque suene irónico, una tecnología apropiada en esta materia. Basta ver los semisumergibles que pululan en la costa Pacífica hechos de manera casera. Si este es el mayor motor de reciclaje de la violencia, el país tiene un serio problema para garantizar que el posconflicto funcione de verdad.
Pero no solo de coca vive la guerra. Para un grupo importante de estos analistas, el conflicto duró más allá incluso de la Guerra Fría, por las políticas neoliberales que se aplicaron en la década del noventa y que dejaron el campo a la deriva, lo cual incentivó que los más marginados del país se fueran a sembrar coca, y se lanzaran en brazos del crimen organizado para ganarse la vida. En todo caso queda claro que los campesinos pobres han sido la carne de cañón de todos los grupos, fueran de derecha o de izquierda. Algunos analistas destacan que la guerra les arrebató la ciudadanía, que han sido los mayores protagonistas de este conflicto.
El otro problema que todos señalan es la precariedad del Estado y las instituciones para garantizar el pluralismo, evitar exterminios como el que vivió la Unión Patriótica, hacer justicia, y garantizar una democracia en las regiones donde las instituciones y el Estado fueron capturados por los paramilitares.


¿Quién tuvo la culpa?


Más que señalar responsables, los académicos resaltan las terribles consecuencias de esta larga guerra. El número de víctimas es de magnitud bíblica: casi 7 millones de personas, en una cuenta que no deja de crecer, y que es una verdadera catástrofe.
La democracia sufrió también pérdidas enormes. Miles de líderes fueron asesinados y eso tiene un costo alto, y aún no calculado, para el país; y la combinación de armas y urnas se convirtió en un mal generalizado. La falta de confianza de la gente en el Estado y entre las propias comunidades ha hecho que muchos definan a la democracia colombiana como un orangután con sacoleva. Un país atrapado en una guerra inútil que, como señala Pécaut, no hizo más que perpetuar y profundizar la desigualdad.
Finalmente, la otra herencia con la que tendrá que lidiar Colombia en adelante es un crimen organizado que aprovecha la debilidad del Estado, y que ha ganado experiencia y conocimiento en todas las formas de violencia. Y que puede ser la semilla de la próxima guerra, si no se hacen bien las cosas.


¿Esto tiene arreglo?


Cuentan que el martes pasado, cuando cada uno de los 14 intelectuales expuso ante la Mesa de Conversaciones de La Habana sus tesis sobre el conflicto, varios de ellos hablaron emocionados sobre lo que ese evento les significaba. Para casi todos, el país está frente a la oportunidad de empezar a resolver los grandes problemas que han hecho tan doloroso este conflicto.
Tienen claro que la paz no se consigue con la dejación de armas por parte de la guerrilla. Más bien que el acuerdo de paz es una oportunidad para enderezar el rumbo del país. De atacar las ‘fallas geológicas’ sobre las que se ha cimentado el Estado.
Quizás es pedirle demasiado a un acuerdo de paz. Hasta podría ser un riesgo creer que el posconflicto puede subsanar los males acumulados de un país y casi un siglo. Pero que una mesa de negociaciones entre enemigos acérrimos, que se han matado por décadas, intente mirar el pasado de manera crítica y conjunta, debe servir para algo.
No será fácil. Si alguna lección deja esta Comisión, es que Colombia es un país tan fragmentado que ni siquiera existe acuerdo en algo tan básico como dónde comenzó esta guerra o quién fue responsable de cada atrocidad. El país tendrá que lidiar por años, quizás por siempre, con esa diversidad de opiniones que a veces llega a ser polarización y hasta sectarismo. Pero sin armas. De eso se trata el proceso de paz de La Habana.

 

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